Autor Tema: Testimonios de soldados alemanes en el Gulag  (Leído 23606 veces)

Karl H. Guderian

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Testimonios de soldados alemanes en el Gulag

« en: 28 de Marzo de 2006, 23:40:32 pm »
Vamos a despejar dudas acerca de los campos de trabajo rusos o gulags, creo que está bien dar a conocer este tipo de cosas tan poco tratadas y conocidas por el público en general. Comienzo yo camaradas con una entrevista interesante, espero sus aportaciones entusiastas.

Entrevista a Johannes Bebak
Soldado de la Wehrmacht, fue hecho prisionero por el ejército rojo en la primavera del 45. En 1946 intentó fugarse del campo de trabajo siberiano de Ufaley. Mario Sporn y Lars Ole hablaron con él sobre su situación en el campo y de su fuga.

 
Johannes Bebak.
Soldado de la Wehrmacht.

ZDF: ¿Cómo eran las condiciones en el campo de Ufaley en 1946, cuando usted ingresó?

Johannes Bebak: Cuando llegué al campo, el tifus estaba totalmente extendido. Cada noche morían 4 ó 5 hombres. Asumíamos que el siguiente podía ser uno mismo. Nuestros barracones estaban algo elevados, y se accedía a ellos por medio de una escalera de madera. Por las noches, cuando se sacaba afuera a los que habían fallecido, se podía oír el ruido de sus cabezas golpeando contra los peldaños de la escalera: bum, bum, bum. Esto nos hizo tomar la decisión: si queríamos sobrevivir, debíamos fugarnos del campo.

ZDF: ¿Cómo consiguieron huir del campo?

Johannes Bebak: Planeamos la fuga con todo detalle. Un camarada que trabajaba en la cocina, un brigadier, otro compañero y yo formábamos el grupo. El brigadier nos reunió en un grupo, para que trabajásemos juntos. El camarada de la cocina consiguió reunir algo de comida. Noche tras noche, excavamos un agujero por debajo de la valla, y finalmente nos arrastramos a través de él.

 
Advertencia del Tifus.
La principal causa de muerte en los campos soviéticos.

ZDF: Usted y sus camaradas se fugaron en invierno. ¿No tenían miedo a congelarse?

Johannes Bebak: Claro. Una noche nos cobijamos en una cueva. Por la noche, tuve la sensación, como si un animal me hubiera tocado. Al despertarme sobresaltado, me di cuenta, de que no podía ver a mis camaradas. La nieve los había sepultado. Gracias a que ese animal me despertó, seguramente era un lobo, pude desenterrar de la nieve a mis camaradas.

ZDF: Aparte del frío, había muchos peligros, como ser reconocido como un prisionero fugado y ser capturado de nuevo...

Johannes Bebak: Cuando en el campo hablábamos de la fuga, decíamos: quien salga de aquí, no tendrá ninguna oportunidad de llegar a casa. Quien tenga que cruzar los Urales, que están vigilados, lo tendrá muy difícil. Si lo consigue, fracasará cuando llegue al Volga. Y quien lo consiga aún deberá llegar a Moscú.

ZDF: De hecho, dos de sus colegas fueron atrapados en los Urales. ¿Iban la mayoría del tiempo a pie?

Johannes Bebak: Avanzábamos a pie solo algunos kilómetros cada día. Decidimos probar suerte. Como nuestras ropas eran parecidas a las de camionero, nos atrevimos a salir a la carretera. Paramos un camión, y como mi compañero, Josef Guscahl, hablaba bien ruso, dijo: “Towarisch, poswenitje nam!” “¿puede llevarnos un trecho? Viajábamos con nuestro camión, pero tuvimos una avería.” Así pudimos avanzar.

ZDF: ¿Cómo consiguieron llegar a Moscú? En la frontera de la ciudad había controles.

Johannes Bebak: Viajamos en un camión en dirección a Moscú, y cuando quedaban unos 15 km, pasamos ante una caserna. Allí había 10 rusos con sus uniformes que también querían ir a Moscú. Los soldados subieron al camión. Como los soldados viajaban con nosotros no tuvimos que pasar ningún control.

ZDF: Recorrieron 3.000 km durante tres meses sin ser capturados. ¿Qué sucedió para que su fuga fracasara?

Johannes Bebak: Cuando llegamos a Wjasma, me dirigí a un colmado para conseguir algo de comida. Como no conseguí nada, me fui al restaurante de la estación, que tenía una puerta con pivote. Al abrir la puerta choqué contra un soldado y la puerta me golpeó la cabeza. Cuando vi el uniforme, me asusté y dije: “Iswenitje”, algo así como “disculpe Usted”. Cometí un gran error. Debía haber dicho “Tú, idiota, ¿dónde has dejado la cabeza?”, o algo parecido en el lenguaje coloquial que utilizaban los rusos. Pero ese “Iswenitje” alertó al soldado y dijo “He, tui woina plenni?”, “¿Eres un prisionero de guerra?”

Negarlo no sirvió de nada. El soldado apresó al fugado. Bebak fue condenado a 25 años de trabajos forzados. Por suerte, cuatro años después pudo volver a Alemania.

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« última modificación: 29 de Marzo de 2006, 23:31:57 pm por Karl H. Guderian »

Graf

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Re: Testimonios de soldados alemanes en el Gulag

« Respuesta #1 en: 29 de Marzo de 2006, 16:17:47 pm »
Que intersante trabajo... ¿Como lo has obtenido?... ¿Tienes más?

Karl H. Guderian

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Re: Testimonios de soldados alemanes en el Gulag

« Respuesta #2 en: 29 de Marzo de 2006, 21:35:34 pm »
Tengo más Graf, y estoy encantado de ir mostrando este material, pero espero que alguien me tienda un cable. Esto es material que he ido encontrando en revistas libros y algunas webs.

Después del ataque a Stalingrado (I parte)
El destino de los prisioneros de guerra.

El 2 de febrero de 1943 la última unidad alemana capituló oficialmente en Stalingrado. Más de 90.000 soldados fueron a parar al cautiverio.

Durante un mes, el sexto ejército intentó en vano, conquistar Stalingrado. Entonces llegó la ofensiva del ejército rojo. Le siguió el final de una batalla cruel. Miles murieron en el campo de batalla, y más de 90.000 acabaron en el cautiverio. Enfermos, hambrientos y con principios de congelación, la mayoría apenas tenía posibilidades de sobrevivir.

 Su destino: muerte o cautiverio. La mortandad fue muy alta. Sólo 6.000 sobrevivirían en el cautiverio. El miedo y la desesperación reinaban.

En busca de huellas.
¿Dónde están los que no volvieron? Frontal21 se puso en marcha en la búsqueda de huellas en el sur de Volvogrado. En 1943, cientos de prisioneros del campo de Beketowka fueron enterrados. En la actualidad se ha edificado una urbanización sobre las fosas comunes. El viento y la lluvia han removido el suelo en muchos lugares. Encontramos restos de cráneos, huesos, dientes... por todas partes hay restos. Para los vecinos, es una vista horrorosa, nos cuenta Alexej, que tiene su casa aquí.

Alexej: “Es horrible. Los niños juegan con los huesos. No es bnueno. Pueden coger infecciones. Sólo una vez al año, viene gente de Moscú que recoge los huesos y los entrega, creo, a una organización de Alemania. Pero no lo sé seguro.”

Montaña de cadáveres.
Nos encontramos sobre los restos de innumerables soldados alemanes desconocidos. Nadie sabré como se llaman y quienes eran. Aquí están los restos de la montaña de cuerpos de 1943. El profesor de la Academia de Derecho del ministerio de interior ruso, Alexander Epifanow, nos ha guiado hasta aquí.
 
Octavilla rusa.
"Soldados alemanes, dejaos aconsejar.
Gritad a los rusos desde lejos:
Sdajus, towarisch, ne strelajte.
Quiere decir, para que todos los sepais:
Me rindo camarada, no dispares."

Una octavilla soviética, prometía a los alemanes por entonces, una buena vida en el cautiverio: una mentira. El profesor Epifanow ha reunido bastante material de la gran batalla y ha expuesto objetos de los antiguos campos soviéticos. Es la primera vez que permite que una televisión alemana haga tomas.

Epifanow ha estado ocupado toda su vida con la batalla y el destino de los prisioneros. Junto con antiguos soldados alemanes, ha escrito un libro con documentación sobre la tragedia de los prisioneros alemanes: “Casi toda la información sobre los prisioneros estaba vetada. Es una especie de tabú. Y por eso, en Alemania había poca información al respecto. Sólo los supervivientes podían contar la verdad. Pero sus recuerdos estaban casi siempre fragmentados. Por eso decidí hacer una investigación con todo detalle sobre estos acontecimientos y documentarme sobre la realidad y el cautiverio de esos prisioneros. Y en la búsqueda he encontrado conocidos de los soldados aquí, en Volvogrado.
 
Después del ataque a Stalingrado (II parte)

Viajamos a Dubowka, a dos horas de coche, en el norte de Volvogrado. Por el camino nos detenemos en la tristemente famosa fábrica de tractores, el centro de la lucha en octubre de 1942. Regimientos enteros se desangraron en la nave industrial. Por aquel entonces, en la fábrica, en vez de tractores se fabricaban tanques. Los trabajadores iban de la fábrica al campo de batalla. Quien caía prisionero en la fábrica de tractores, era conducido a Dubowka. Muchos no llegaron. Los cuerpos de guardia hacía procesos muy cortos. Al que no se podía mantener de pie se le disparaba. Unos 10.000 hombres fueron encerrados en Dubowka bajo pésimas condiciones.

Horst Zank se acuerda de ello:”El shock llegó, cuando fuimos guiados a un sótano bajo la tierra, donde también había soldados alemanes heridos. Allí, en aquel sótano, debí permanecer cuatro semanas. Nunca vimos la luz del sol. Sólo la veían los muertos que cada día eran sacadas de allí a rastras por las escaleras. La alimentación consistía en pequeñas porciones de pan y sopa aguada.” Éramos 30 en ese sótano. Sólo tres salimos de allí con vida.

Los recuerdos duelen.
Nos ponemos de nuevo en marcha, y bajo la nieve, al lado de un convento, encontramos una nueva fosa común. Dónde hoy rezan monjas, antes había un hospital militar para prisioneros alemanes. Anna Iwanowa trabajó aquí para la administración, llevando la cuenta de los que fallecían, aproximadamente 50 cada día.

El marido de Anna, un soldado ruso, perdió la vida en Stalingrado. No tuvo ninguna tumba. Anna recibió la orden de tratar correctamente a los alemanes. Pero ella lo hizo por compasión. Anna Iwanowa Jewsifejewa: “Los recuerdos duelen. Mataron a tantos rusos... incluso niños. Mi propio hijo, una niña, fue herida en Stalingrado. Murió aquí, en Dubowka. Sólo tenía un mes. ¿Cómo debería describir mi sentimientos? No podía dejar vencer a mi rabia. Los prisioneros estaban enfermos y completamente desamparados.” Los amargos recuerdos hacen mella en la mujer ciega de 85 años, incluso 60 años después.

La madre patria es cruel.
Volvemos a Volvogrado a través de tierras devastadas. Los soldados alemanes tuvieron que soportar un terrible destino. A los rusos enviados a esos campos aún les iba peor. Millones murieron, fueron asesinados. Quién sobrevivía, era deportado como “cobarde” a los Gulags de Stalin. La victoriosa madre patria fue cruel con sus hijos. Stalingrado después de la batalla: La mayoría de soldados alemanes murieron en las primeras semanas. Llegaron a los campos totalmente debilitados y casi muertos de hambre. Los rusos no estaban preparados ante tamaña avalancha de seres humanos. No había alimentos de reserva, apenas medicinas y escaso combustible. Para la mayoría de prisioneros, ésa fue su sentencia de muerte. El tifus acabó también por propagarse.

El capitán médico Udo Baudler acabó en el cautiverio en febrero de 1943. Los heridos, de los que él se ocupaba, los mataban los victoriosos rusos. Él fue a parara al campo de Beketowka, en la actualidad una autoescuela. Los soldados alemanes se apretujaban en el bunker, por aquel entonces. 

Baudler se acuerda de la muerte, del silencio noche tras noche. “Ésa era la pregunta de la supervivencia: ¿Si se sobrevive, se recibe algún tipo de alimento?” Y esos camaradas morían en silencio. Y era así, cuando uno se levantaba por la mañana, notaba que el camarada de al lado, ya estaba muerto.

Compasión con los prisioneros.
Anna Alexejewna Taroruchina, debía por aquel entonces proveer a los prisionero con medicinas. La, por aquel entonces, auxiliar médico enfermó de tifus.

Su marido murió en 1943. Cayó durante un ataque alemán. Su hijo fue herido por la metralla de una bomba. Anna Alexejewna Taroruchina: “Aunque mi vida quedó totalmente destrozada, aún sentía compasión por los prisioneros. Estaban tan desamparados... No eran los responsables de esa guerra. Ellos me respetaban y yo me ocupé bien de ellos.”

El destino en una época de muerte. La plaza central hoy, y hace 60 años. Esta semana han dsespertado de nuevo los recuerdos en Volvogrado. En el cementerio de los soldados alemanes yacen más de 20.000 caídos. Sólo una cruz los recuerda.

Fuente: ZDF Politik und Zeitgeschehen.
 
 
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« última modificación: 29 de Marzo de 2006, 23:30:58 pm por Karl H. Guderian »

Desconectado Ernst Barkmann

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Re: Testimonios de soldados alemanes en el Gulag

« Respuesta #3 en: 29 de Marzo de 2006, 22:58:19 pm »
Sí no es obra tuya tienes de poner la fuente, en este caso, la web de donde lo has sacado.

Karl H. Guderian

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Re: Testimonios de soldados alemanes en el Gulag

« Respuesta #4 en: 29 de Marzo de 2006, 23:27:13 pm »
 http://weltkrieg.forum.ijijiji.com/tema-15-weltkrieg.html

Perdonad camaradas, así más correcto, es de un foro, es que esto de poner esta fuente se me ha pasado, disculpas.

Al respecto de este tema hay un libro buenísimo, muy viejo, pues ni siquiera lleva ISBN ;), que se titula, "El médico de Stalingrado", es una joya de la lucha de estos hombres en el gulag, si lo podeís conseguir os gustará leerlo. Trataré de conseguiros más información. Os meteré algún estracto. ;)
« última modificación: 29 de Marzo de 2006, 23:30:04 pm por Karl H. Guderian »

Graf

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Re: Testimonios de soldados alemanes en el Gulag

« Respuesta #5 en: 30 de Marzo de 2006, 03:11:04 am »
Me apena mucho tener que decir esto Karl pero no me queda otro remedio. Esos mensajes que has ido colgando se corresponden con un material que un buen amigo mio (Ex-participe del foro, pero que ahora tiene muchos compromisos), recopila y traduce del aleman. Por lo tanto no has podido encontrarlo ni en libros o revistas. Solo esta en foros donde el lo pública. De manera que te pido dos cosas:

1. Edita tus mensajes y pon de manera clara y precisa su fuente, de manera que no quede duda alguna acerca de su origen o autoria.

2. Espero que en el futuro no te olvides más de colocar siempre tus fuentes de manera clara. No tengo ningún motivo para dudar de tu buena fe, de manera que creo en que ha sido un error. (Aunque para ser sincero, esa mención a libros y revistas me hace dudar). En todo caso, si ha sido un simple error deberas ser más cuidadoso en el futuro, si ha sido algo más deberias disculparte.

Tus aportes son valorados y lo seran más en la medida en que cites siempre tus fuentes cunado el mensaje no sea de tu autoria, eso ayuda a tu credibilidad como forista y a la reputación del foro.

Saludos. Graf.

P.D. Debido a estos incidentes voy a dictar una normativa sobre las citas.

Karl H. Guderian

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Re: Testimonios de soldados alemanes en el Gulag

« Respuesta #6 en: 30 de Marzo de 2006, 14:07:47 pm »
Pido disculpas otra vez, sinceramente, no conocía esto, soy nuevo en esto de los foros, internet y tal, pido disculpas al autor original del artículo y a todos los que se puedan sentir ofendidos, no he actuado de mala fe.

Lo siento. Prometo que no volverá a pasar y vuelvo una vez más a pedir disculpas.

PD. Me parece bien Graf que informes acerca de la normativa de las citaciones.
« última modificación: 30 de Marzo de 2006, 14:15:47 pm por Karl H. Guderian »

Graf

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Re: Testimonios de soldados alemanes en el Gulag

« Respuesta #7 en: 30 de Marzo de 2006, 15:10:30 pm »
Muy bien solucionado entonces, pero no olvides editar los mensajes. Un abrazo y sigamos adelante.  ;)

Karl H. Guderian

  • Visitante

Re: Testimonios de soldados alemanes en el Gulag

« Respuesta #8 en: 30 de Marzo de 2006, 16:44:43 pm »
Aquí va un testimonio de un médico apresado con el VI Ejército en Stalingrado, es realmente estremecedor. Espero que os guste. ;D

Hoy todo sabe nuevamente a sopa de coles.

El barracón, la habitación estrecha, la cama, las guerreras y los gorros forrados de pieles, los guantes, los cubiertos de hojalata, los calcetines mil veces zurcidos... ¡Todo, todo! Incluso las primaveras delante de la ventana de la habitación número 3, la de nuestro capitán médico, el doctor Von Sellnow. ¿De donde provienen esas primaveras? Nadie lo sabe. Han surgido en el estrecho antepecho de la ventana, frente a la infinita llanura del Volga. El viento de Stalingrado agita sus corolas. Muchas veces nos acercamos a esas flores, y las acariciamos, pensando en las primaveras de la patria... Hay tantas en Alemania, que ésas nos parecen un pedazo del terruño, desterrado como nosotros, transplantado y, sin embargo, vivo... ¡Dios mío, qué curioso vuelo toman a veces los pensamientos cuando se añora la patria!

El capitán médico se mueve a mis espaldas, pisando el entarimado fuertemente, como si quisiera clavar en él los pies, que rematan sus piernas cortas y robustas. Su rostro largo, de frente despejada, traiciona su perplejidad y un insondable temor.

-   ¡Esto es una pocilga, Schulteiss! – exclama golpeando el tabique con el puño, furioso - . ¡Una pocilga y no una enfermería! ¡No hay una medicina, ni una jeringa, ni un instrumento! Ni tan siquiera un escalpelo... ¿Con que hemos de trabajar? ¿Con qué tenemos que operar? Dos o tres trapos sucios en lugar de vendajes; cuatro pinzas oxidadas, con las cuales seguramente Iván despabilaba las velas, y que Pelz recogió de la basura... Eso es casi cuanto hay en esta pretendida enfermería.

“Recuerde lo que le digo Schulteiss – prosigue sin dejar de moverse -. En las condiciones en que nuestros hombres trabajan aquí, no nos faltarán enfermedades y accidentes. Habrá fracturas, afecciones crónicas, ictericias... Y la distrofia, como tan bonitamente se dice, cuando alguien está a punto de reventar de hambre...”

“¡Pero no me callaré! – grita plantándose ante mí - . ¡Removeré cielo y tierra, gritaré negativas categóricas, abofetearé a esa medicucha rusa! “Vosotros los alemanes”, se ha burlado, “soís genios, y no necesitaís ni medicamentos ni instrumentos costosos. El genio se contenta con improvisar”. ¡Esto es lo que me ha dicho esta carroña! Y tenemos que callar, soportarlo todo, por que somos condenados, proscritos y carecemos de derechos. ¡Pero no jugaré a ser médico así!

Llaman a la puerta.
 
-   ¡Adelante! – grita Sellnow.

-   Perdone doctor – dice el enfermo Pelz - . Pero el número 4583 está muy mal... Sufre terriblemente, y el opio no le produce ya efecto alguno.

-   ¡Ya estamos! – exclama Sellnow -. Desde el principio dije que esta forma dilatoria de tratar una apendicitis era una burrada. ¡En bonita situación nos encontramos ahora!

-   ¿Cree que el apéndice se ha perforado? -  pregunto asustado.

-   ¿Qué otra cosa puede imaginarse? Claro que es una perforación. Hay que operar a ese hombre de inmediato, Schulteiss – añade golpeándose con el puño la frente – Pero ¿con que? Ni siquiera tenemos un mal bisturí.

Pero pronto aparece el jefe de los médicos, el doctor Fritz Böhler. Su rostro largo, estrecho, lleva claramente impreso el sello del cautiverio.

-   Prepara al paciente para la operación, Pelz – dice dulcemente.

Pelz le mira asombrado sin pronunciar palabra.

-   ¿Con que piensa operar, señor comandante médico? – pregunta Sellnow, sin ni siquiera tratar de disimular la ironía en su voz.

-   Con un cuchillo naturalmente, Sellnow – contesta Böhler sin desconcertarse.

-   ¿Con que cuchillo? – dice después de hacer un gesto que debía significar: “Se está volviendo completamente loco”.

Böhler se lleva la mano al bolsillo y saca de él una navaja corriente, de dos hojas.

-   Un camarada me la ha dado – dice sonriendo - , logró sustraerla al cacheo de los rusos.

Recorremos el pasillo, pasando ante las tres grandes habitaciones donde yacen setenta enfermos y heridos; y también ante las otras tres, donde reina la doctora rusa Alexandra Kasalinskaya. Sellnow me da un codazo.

-   ¿Quién ayudará a Böhler? – pregunta en voz baja.

-   Usted, supongo.

-   No tengo la menor gana de hacerlo, Schulteiss. ¡Extraer un apéndice con una navaja de bolsillo! Si alguna vez tengo ocasión de contar esto en Alemania, me tomarían por un charlatán mentiroso. Prefiero que le ayude usted; yo administraré la anestesia.

-   Pero... tengo muy poca experiencia. Y seguramente será algo muy difícil.

-   Desde luego, y también muy largo y penoso.

Entramos en el “quirófano”, habitación bastante grande, en la que hay una mesa cubierta con un trapo blanco. El paciente 4583 está allí. Emil Pelz le habla cariñosamente. Al vernos, se acerca a nosotros y habla en voz baja.

-   Pulso muy débil y bastante rápido, entre 120 y 140. La cosa no se presenta muy bien.

El doctor Pelz se deshace de su abrigo y comienza a lavarse las manos en un cubo.

-   Ponga un saco en el suelo, o lo que encuentre, bajo el costado derecho del enfermo. Limpie la zona operatoria y no olvide afeitarla.

Sellnow se aproxima al paciente y tantea prudentemente con ambas manos el lado derecho del vientre. El hombre gime inmediatamente. Sellnow se interrumpe, dirige unas palabras de aliento al desgraciado, y se apresta a lavarse las manos.

-   Ayudaré yo – dice furioso - . Encárguese usted de la narcosis.

Pelz ha colocado en un pote de agua, que hierve sobre un infiernillo de petróleo, los instrumentos de los que podemos disponer. Observo un par de pinzas, dos pedazos de alambre curvados que servirán de separadores, y la navaja de bolsillo.

Luego me acerco a Pelz que ha limpiado la zona operatoria, rodeándola después con viejo algodón de rama.

-   ¿No tenemos ni catgut, ni seda para coser? – le pregunto.

-   No se inquiete doctor – contesta sonriendo -. Ya me he encargado de eso. Le he robado el chal de seda a Bacha, la mujer de la cocina, y lo he deshilachado. Ahora poseemos por lo menos de dos kilómetros de magnífico hilo de seda. He puesto a hervir la cantidad necesaria para la operación.

En ese momento entra la comandante médico rusa, Kasalinsskaya, fumando un cigarrillo turco.

-   ¿Qué viene a hacer usted aquí? – grita Sellnow, avanzando hacia ella - . ¡Fumar en un quirófano! ¿Está usted loca?

La doctora le mira con altivez y arroja el cigarrillo al balde destinado a recibir los paños sangrantes. Con su mano pequeña aparta al capitán médico de en medio y se dirige hacia Böhler, que está dando instrucciones a Pelz sobre la forma de sujetar al paciente con viejas correas.

Kasalinsskaya mira al enfermo y hace un gesto de asentimiento.

-   Apendicitis – dice.

Me podría parecer bella si pudiera olvidar que esa mujer recorre los campamentos cada semana, para arrojar a los hombres hacia los bosques, las canteras, las minas o las obras en construcción en Stalingrado, con la simple expresión: “¡Apto!”, cuando mueren de hambre y de agotamiento, cuando los forúnculos les cubren el cuerpo y la fiebre los estremece... “Vosotros habéis destruido Stalingrado, pulverizado la hermosa ciudad del Volga... Reconstruidla ahora... Con vuestros huesos si es preciso. Con vuestra sangre, con vuestro último suspiro...”

-   ¿Están listos los instrumentos? – pregunta Böhler.

-   El mango se ha separado de la hoja, por los efectos del agua hirviendo.

-   Poco importa. Sin la madera la esterilización será mejor. Naturalmente, en la medida en que pueda hablarse de esterilización – añade con triste sonrisa.

Llama a Sellnow que sigue lavándose.

-   ¿Preparado Sellnow? – Y después se dirige a mi - : Principie la anestesia, Shultheiss.

Mientras abro nuestro precioso frasco de éter y cojo la mascara, hecha con hilo y tiras de muselina, Böhler dirige unas palabras de aliento al paciente.

-   Tranquilícese amigo mío. Le sacaremos de esta. Dentro de quince días volverá a estar en el dique.

-   Respire profunda y regularmente – le digo una vez puesta la mascara – Cuente en sentido inverso empezando por cien.

La rusa me arrebata el bote de éter, afirmando que quiere participar.

El paciente ha dejado de contar. Bruscamente se agita, se le envara el cuerpo. El incidente dura sólo unos segundos. El enfermo respira con calma.

Böhler ha cogido ya el cuchillo, apoya la mano izquierda sobre el vientre y hace rápidamente la escisión. Mientras, Sellnow abre los labios de la herida con los separadores de alambre, el cirujano seca la sangre.

-   Las pinzas – pide Böhler.

Me sobresalto. Le alargo una, que él maneja con prudencia para separar el peritoneo de los intestinos, cediéndola después a Sellnow. Coloca la segunda a unos dos centímetros de la primera. Sellnow las eleva ligeramente y Böhler hunde suavemente el cuchillo. El peritoneo se abre bruscamente. Un pus verdoso, nauseabundo, llena la cavidad que distinguimos.

Todos sabemos lo que significa. Es una inflamación del peritoneo, por lo menos en la región del apéndice, y partiendo de este. El cirujano, que hasta el momento había permanecido tranquilo, empieza a tensarse. Con una cuchara corriente saca el pus; después tapona la cavidad lo mejor posible, con trapos humedos.

Sellnow mete las manos en el corte para desprender el órgano vermiforme, el apéndice, que está terriblemente hinchado y perforado en varias zonas.

-   Ponga el hierro al rojo – dice Böhler a Pelz.

Levanta el apéndice con la mano izquierda, coloca una pinza, y Sellnow hace un ligamento con seda. Böhler secciona el organo y lo arroja al balde.

Pelz ofrece el hierro al rojo con unas pinzas. Böhler lo coge protegido por un trapo, y lo hunde en la base de la sección. El aire se impregna de holor a carne quemada. Evidentemente, se tendría que haber esterilizado esa base con un termocauterio u otro medio de desinfección, pero no disponíamos de ello.

Me estremezco cuando oigo gritar al cirujano a Kasalinsskaya:

-   ¡Quite la mascara! ¿Quiere matar al paciente?

Entonces me doy cuenta de que la herida se amorataba. La rusa le ha dado demasiado éter; el paciente corre el riesgo de axfisiarse. El pulso era de menos de 160 pulsaciones.

-   Quítele el frasco a esa mujer – me dice Sellnow - . Continúe usted la anestesia. Nada razonable puede esperarse de estos mostruos.

Cumplo lo ordenado, la rusa me cede los artilugios sin protestar y se marcha tambaleándose por la operación, sin poder aguantar más.

Los dos cirujanos observan, sin poder intervenir. Entretanto debe dejarse que la naturaleza obre, y esperar que el enfermo se recupere por sí mismo. Pelz y yo practicamos la respiración artificial. Tenemos suerte. Los labios y el rostro amoratados y pálido recuperan el color, y el pulso se calma.

-   Creo que puede usted continuar, señor comandante médico – digo.

-   Las sondas – pide Böhler.

Pelz se acerca con un pote, en cuyo fondo aparecen algunos tenues tubos, de material artificial. Son antiguos cables de aislamiento eléctrico, que el mañoso Böhler ha convertido en sondas.

Acaba de colocar dos, cuando la rusa entra precipitadamente y me alarga un paquete.

-   ¡Tome esto! ¡Es bueno para el peritoneo! – grita. Luego corre nuevamente hacia la puerta, se vuelve y añade -: Ustedes no lo han merecido.

He vuelto a colocar la mascara y a coger el anestésico. Con estupefacción miro el paquete que sostengo en la mano izquierda. “Penicillin”, leo en él, junto a instrucciones en inglés para su uso. Evidentemente se trata de un preparado estadounidense.

-   ¿Qué sucede? – pregunta Böhler.

-   Es penicilina en polvo – contesto -, claramente destinada al tratamiento local de las inflamaciones del peritoneo durante las operaciones..

-   Ah, esa famosa penicilina. Abra el paquete, Pelz. ¿Lástima que no sepamos nada de ella!

Deja que Sellnow vierta abundantemente el polvo en la abertura, y después la cierra, cosiéndola con la seda extraída del chal de la mujer de la cocina, y con imperdibles afirma las dos sondas que salen del vientre.

La operación ha durado apenas media hora. La suerte del paciente queda en manos de Dios.

Fuente: "El médico de Stalingrado" de Heinz Konsalik :D

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Re: Testimonios de soldados alemanes en el Gulag

« Respuesta #9 en: 23 de Octubre de 2007, 10:30:43 am »
Intersantes relatos, he estado mirando las paginas que citas tambien, me gustaria saber mas de ese tal Otto Rinas que consiguió llegar desde Siberia a Berlin. Al parecer tiene un libro llamado "Von Sibirien bis an die Spree" (de Siberia hasta el Spree,... rio de Berlin).
« última modificación: 24 de Octubre de 2007, 00:51:09 am por Armia Krajowa »

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Re: Testimonios de soldados alemanes en el Gulag

« Respuesta #10 en: 17 de Septiembre de 2010, 06:26:41 am »
En este enlace hay una extensa y muy interesante entrevista a un prisionero alemán que regresó para contarlo.

   http://books.google.cl/books?id=iUoEAAAAMBAJ&pg=PA78&dq=prisoner+stalingrad&lr=&as_brr=1&as_pt=MAGAZINES&cd=1#v=onepage&q=prisoner%20stalingrad&f=false

                                                                   Saludos...

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Re: Testimonios de soldados alemanes en el Gulag

« Respuesta #11 en: 17 de Septiembre de 2010, 17:24:34 pm »
Leed el libro Tan lejos como los pies me lleven , de Josef Martin Bauer , narra la aventura de Clemens Forell, un soldado alemán que cayó prisionero de los rusos durante la segunda guerra mundial y fue a parar a uno de los campos de trabajo siberianos. En este libro se recoge el relato de su huida a través de la inmensidad de la estepa siberiana, en un viaje de 14.000 kilómetros en una denodada lucha por la supervivencia.

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Re: Testimonios de soldados alemanes en el Gulag

« Respuesta #12 en: 17 de Septiembre de 2010, 21:07:41 pm »
Leed el libro Tan lejos como los pies me lleven , de Josef Martin Bauer , narra la aventura de Clemens Forell, un soldado alemán que cayó prisionero de los rusos durante la segunda guerra mundial y fue a parar a uno de los campos de trabajo siberianos.

La película también está bastante bien..por lo menos a mi me gustó  #@1. No tuvo suerte ni nada el ''amigo'' Forell  #@27 #@27.

saludos

Desconectado josmar

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Re: Testimonios de soldados alemanes en el Gulag

« Respuesta #13 en: 17 de Septiembre de 2010, 23:31:13 pm »
¿...La película, lleva el mismo título que el libro...?

Desconectado gaffer

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Re: Testimonios de soldados alemanes en el Gulag

« Respuesta #14 en: 17 de Septiembre de 2010, 23:42:27 pm »
¿...La película, lleva el mismo título que el libro...?

Muy parecido...aquí se tituló: ''hasta donde los pies me lleven''. Pal caso de Tauste , como decimos por aquí  #@2.


saludos

 

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