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Brutus

Iniciado por Nonsei, 27 de junio de 2007, 19:36:54 pm

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Nonsei

27 de junio de 2007, 19:36:54 pm Ultima modificación: 11 de julio de 2007, 13:54:05 pm por Nonsei
Roman Czerniawski era un capitán de aviación polaco que huyó a Francia tras la derrota de Polonia para seguir combatiendo a los alemanes. Cuando Francia fue también derrotada organizó un grupo clandestino de resistencia al que llamó Interallié. El grupo formado por Czerniawski, que utilizaba el nombre de Coronel Achard, se convirtió en una de las más importantes redes de espionaje aliadas en Francia, pero acabó siendo infiltrada por agentes de Abwehr. Uno de los casos más extraños fue el de una viuda muy atractiva, según se cuenta, que se llamaba Mathilde Carré, que fue reclutada por Czerniawski, y que al ser descubierta por los alemanes y detenida al parecer se enamoró de su interrogador, un agente del Abwehr llamado Hugo Bleicher, que la convirtió en agente doble. Traicionado por Carré, Czerniawski fue detenido por los alemanes en noviembre de 1941. Bleicher le ofreció un trato: se convertiría en agente del Abwehr a cambio de salvar su vida y la de 63 compañeros suyos. Czerniawski aceptó, y en julio de 1942 el Abwehr organizó una falsa fuga de la carcel donde estaba preso y le ayudó a llegar a Inglaterra a través de España.

Cuando llegó a Inglaterra, en el mes de octubre, Czerniawski se entregó a los británicos y se ofreció a trabajar para ellos. Fue asignado al Comité XX, el grupo encargado del control de los agentes dobles. Su nombre en clave fue a partir de entonces Brutus. Su condición de oficial de aviación permitía a los británicos buscarle un buen destino ficticio que lo convirtiese en un agente muy valioso para los alemanes, y por tanto también para ellos. A comienzos de 1944 Brutus fue destinado ficticiamente como oficial de enlace entre la RAF y el FUSAG (el Primer Grupo de Ejércitos de los Estados Unidos, el ejército fantasma mandado por George Patton que supuestamente iba a desembarcar en Calais). Las informaciones que Brutus envió en los meses anteriores al Día D le convirtieron en una fuente muy creíble para los alemanes, algo que los ingleses podían confirmar por medio de Ultra, la descodificación de las comunicaciones cifradas alemanas. Su intervención más importante en la guerra fue el mismo día D, el 6 de junio de 1944, cuando informó por radio a la central parisina del Abwehr de que en el FUSAG sorprendentemente no había ninguna actividad, a pesar de haber recibido ya noticias del comienzo de la invasión, con la conclusión de que el ataque en Normandía lo estaba llevando a cabo una fuerza independiente de la que supuestamente iba a realizar el asalto principal a través del paso de Calais. Los alemanes llegaron a la conclusión de que el desembarco en Normandía, si bien estaba siendo llevado a cabo por una fuerza considerable, era un ataque de diversión para distraer duerzas del norte, donde se iba a lllevar a cabo el ataque principal.

Sin llegar a tener la importancia de Garbo, Brutus fue una pieza clave en la Operación Fortitude, el complejo plan para engañar a los alemanes sobre los auténticos puntos de desembarco aliados y mantener una amenaza sobre el paso de Calais y Noruega, incluso hasta semanas después de los desembarcos en Normandía.

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Tengo que rectificar: el coronel Achard y Czerniawski eran dos personas distintas. El nombre que utilizaba Czerniawski era Armand, mientras que el teniente coronel Marcel Achard era un antiguo oficial de la inteligencia francesa que se unió más tarde al grupo y se convirtió en uno de sus líderes. Carré traicionó a Czerniawski y le entregó a los alemanes, pero se negó a hacer lo mismo con Achard.

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Dejando un poco de lado a Brutus, esta es la extraña historia de Mathilde Carré, tal como se cuenta en el libro Enigmas y misterios de la 2ª Guerra Mundial, de Jesús Hernández:

La joven Mathilde, aunque era de origen francés, vivía en un pequeño pueblo del sur de Argelia. Allí llevaba una vida monótona y aburrida junto a su marido, un oficial del ejército francés, con el que se había casado recientemente. Al estallar la guerra, Mathilde vio la oportunidad de irse a vivir a París, aprovechando que en ese momento se requerían enfermeras en la capital. Se despidió de su marido, que moriría más tarde en el campo de batalla, y abandonó Argelia. Cuando llegó a la Ciudad de la Luz se quedó maravillada por los monumentos, las gentes, los cafés... Todo era muy diferente de lo que había visto en su humilde aldea norteafricana.

Durante la imparable ofensiva alemana sobre territorio francés, Mathilde fue un ejemplo de abnegación y sacrificio en el cuidado de los soldados heridos. Al ser derrotado su país, pasó a la zona no ocupada y siguió atendiendo a los que necesitaban de su ayuda. Uno de estos pacientes era un polaco llamado Roman Czerniawski, un apellido que ella no podía pronunciar, por lo que optó por llamarle simplemente Armand. El polaco había sido capturado por los alemanes pero había conseguido evadirse. Ella le ayudó a recuperarse de sus heridas y nació entre ellos una gran amistad; él la bautizó como «mi gata», por su mirada felina y quién sabe si por su astucia, apodo con el que a partir de entonces sería conocida. Armand se sinceró con ella y le expuso su proyecto de crear una red de espionaje para combatir a los alemanes, que unos meses antes habían aplastado su país. Mathilde aceptó entusiasmada colaborar en ese plan. Su labor consistía en poner en contacto a todos los que pasaban a formar parte de ese grupo de la Resistencia, de un lado y otro de la línea de ocupación en la que Francia estaba dividida. Teniendo en cuenta que casi todos los miembros eran simples aficionados, la incorporación más importante fue la del teniente coronel Marcel Achard, un auténtico experto en el mundo del espionaje y que tenía como principal cometido permanecer en contacto con los británicos. Esa red, al principio, alcanzó unos éxitos extraordinarios y pasó a tener un nombre oficial: Interallié. Se recibieron envíos de material porcedente de Gran Bretaña lanzados en paracaídas, se proporcionó ayuda a prisioneros evadidos o se consiguió información muy valiosa procedente de locuaces soldados alemanes, entre otras acciones de enorme mérito.

Mathilde jugó un papel importantísimo en esta red. Su especialidad era obtener información de los oficiales alemanes. En esos momentos, a finales de 1940, la principal preocupación de los Aliados era saber si los alemanes estaban dispuestos a entrar en España, amenazando así a Gibraltar, la llave del Mediterráneo. La Gata fue enviada al sur de Francia para averiguar si la entrada de la Werhmacht en la península Ibérica era inminente. El método que empleaba era siempre el mismo; se solía sentar sola en alguno de los cafés frecuentados por los oficiales alemanes y esperaba que alguno de ellos iniciase una conversación. La charla intrascendente continuaba después en un restaurante, regada con abundante champán. A partir de ahí, para Mathilde era un juego de niños extraer toda la información que deseaba. Sus misiones en Biarritz y Bayona confirmaron a los Aliados que había un buen número de oficiales de intendencia destacados en la región, lo que hacía temer una invasión. Pero la ejecución del plan fue aplazada en varias ocasiones, lo que era confirmado por las observaciones de Mathilde, que advertía cómo sus amigos alemanes pertenecientes al cuerpo de Intendencia eran enviados a otros puntos de Europa. Por su parte, los centros de inteligencia británicos a donde llegaban estas valiosas informaciones conocían a la perfección la estructura de la red, así como todos sus miembros. Durante este período el grupo continuó coordinando lanzamientos en paracaídas de armas para la Resistencia y entregas de suministros mediante desembarcos en ciertos puntos de la costa vasca. Interallié ayudó a pasar clandestinamente a muchas personas a España y Suiza, sobre todo a pilotos aliados derribados en territorio europeo, y ocultó prisioneros evadidos de los campos alemanes.
Pero aquella arriesgada actividad iba a acabar pronto.

Los alemanes estaban dispuestos a desarticular ese grupo que le estaba provocando tantos quebraderos de cabeza. Los agentes nazis siguieron a una de las integrantes de la red sin que ella se diese cuenta. Se trataba de Violette, el nombre en clave de una joven que había sido reclutada por Mathilde y Armand para que les ayudara a realizar labores secundarias. La Gata tuvo el presentimiento de que Violette podía causarles algún problema, y así se lo confesó a Armand, pero el polaco atribuyó la advertencia de su amante a una cuestión de celos, puesto que la joven novata era bastante atractiva.
Sin tomar en consideración el aviso de Mathilde, a Violette se le encargó conseguir algunas informaciones poco relevantes, como eran el destino y la composición de un regimiento alemán concreto. Para ello empleó la misma táctica que su compañera; deambuló por los alrededores de la Gare du Nord parisina hasta que un oficial germano se dirigió a ella para mantener una conversación agradable. Tras un intercambio de saludos y unos minutos de charla se dirigieron a un café. Violette no se dio cuenta de que un hombre les seguía en todo momento ni de que continuó siguiéndola cuando se separaron. Al día siguiente la joven volvió a verse con el oficial alemán y, en esta ocasión, era otro hombre el encargado de seguirla sin perderle el rastro. Los agentes fueron relevándose mientras que Violette era vista en días sucesivos con Armand y La Gata. La red estaba quedando al descubierto.

Fue gracias a este seguimiento realizado a Violette que el servicio de contraespionaje alemán descubrió el cuartel general de Interallié; estaba a punto de amanecer el día 18 de noviembre de 1941 cuando Armand y Violette fueron detenidos en el apartamento que hacía las funciones de centro neurálgico de la organización clandestina. Unas horas más tarde, La Gata era también capturada.

Trasladada a una prisión militar, Mathilde no se hacía ilusiones sobre su futuro; estaba convencida de que iba a ser torturada hasta morir. Por eso le sorprendió que en su celda entrase un sargento alemán correcto y educado, hablándole en francés. De fondo se oía música de Mozart. Estuvo un rato conversando relajadamente con ella, hablándole de los encantos de París y de Argel, una ciudad que había visitado antes de la guerra, hasta que le dijo: «Este lugar es poco confortable, ¿no prefiere que vayamos a otro lugar? ».
Antes de que Mathilde respondiese a la insólita propuesta, el alemán se había marchado. Pasados unos minutos, unos soldados vinieron a buscarla. Fue pasando por pasillos y puertas hasta que llegaron al exterior del edificio. La joven se temía lo peor, pensaba que iba a ser fusilada, pero allí estaba aquel atento oficial, dentro de un coche. Con la misma cortesía que había exhibido antes, la invitó a sentarse en el asiento trasero y le indicó que no debía correr las cortinilllas. Una vez dentro del automóvil, el alemán lo puso en marcha y tomaron el camino de París. Atravesaron la ciudad y continuaron hacia las afueras, hasta llegar a una refinada mansión que hacía las veces de cuartel general de los servicios de contraespionaje. No se sabe bien lo que allí ocurrió, aunque quizás se pueda intuir, pero la realidad es que el sargento, que se llamaba Hugo Bleicher, consiguió mediante la persuasión lo que seguramente ningún torturador hubiera arrancado a La Gata: los nombres y el paradero de todos los miembros de la red de espionaje que ella había ayudado a formar.

Lo que sucedió aquella noche es un misterio, puesto que Mathilde no lo deja reflejado en su diario. El juez que la interrogó durante el juicio intentó averiguarlo, pero se encontró siempre con la negativa de la espía. Mathilde se limitaba a preguntar al juez «si se podía poner su lugar» y cuando éste insistía, ella permanecía en silencio. Tan sólo reveló que el sargento le dijo: «Si es usted razonable, mañana por la mañana será libre». Así pues, Mathilde decidió ser «razonable» y se puso a las órdenes de Bleicher. A partir de ahí, los miembros de Interallié fueron cayendo en cascada gracias a la colaboración de Mathilde. El sistema para detenerlos era repetido una y otra vez; Mathilde aparecía en las casas en las que se ocultaban sus compañeros, acompañada de Bleicher vestido de paisano.
Ella tranquilizaba a sus amigos, asegurándoles que la persona que iba con él también pertenecía al grupo. Al cabo de un rato, cuando los agentes germanos llamaban a la puerta, La Gata iba a abrir, permitiéndoles la entrada y desapareciendo de la escena. Inmediatamente eran detenidos todos los que se encontraban en la casa. Este procedimiento se realizó con tal perfección que, en menos de ocho horas, la práctica totalidad de los miembros de la red se encontraba en poder de los alemanes. Esta rapidez fue la causante de que no trascendiese el sorprendente cambio de bando de La Gata, así que pudo seguir en contacto con otros miembros de la Resistencia sin despertar sospechas.

Pero en esta historia de traición hay un punto oscuro. El único que escapó a esta redada generalizada fue el gran experto del grupo, el coronel Achard. Inexplicablemente, La Gata no reveló el lugar en donde se ocultaba este miembro, pese a que el coronel aseguró durante el juicio que ella conocía perfectamente su escondite. Los alemanes la presionaron para que facilitase su detención, pero Mathilde no movió un dedo para que los nazis capturasen a Achard. Este es un misterio más a añadir a la azarosa vida de esta agente.

La Gata desarrolló durante los dos meses siguientes una inquietante doble vida. Por el día organizaba los grupos de resistentes y animaba a sus miembros a combatir a los alemanes, convirtiéndose en una valerosa camarada. Pero por la noche se dirigía a la residencia de Bleicher y le relataba con todo detalle los planes que el grupo había tramado. Un día explicó al oficial alemán que la gran preocupación de la Resistencia era reestablecer las líneas de comunicación con Gran Bretaña.

El astuto Bleicher vio en este dato una gran oportunidad, así que decidió exprimir aún más las habilidades de La Gata. Aprovechando esa necesidad de la Resistencia, Mathilde propondría a sus compañeros volver a crear una red estable de comunicación con los británicos, ofreciéndose ella misma para ir a Londres y coordinar desde allí las acciones de los grupos de la Resistencia en territorio francés. Viajar por mar a Gran Bretaña era en ese momento muy arriesgado, ya que los alemanes tenían vigilados todos los puntos de la costa desde los que era posible embarcar. Pero naturalmente para La Gata eso no suponía ningún problema, gracias a la colaboración de Bleicher. Éste dio las facilidades oportunas para que la joven se embarcase y consiguiera llegar a Inglaterra. Una vez allí, se ofreció para ser la agente encargada de organizar la red de comunicación desde Londres. Los ingleses aceptaron y la instalaron en la capital británica. Mathilde realizó su labor en el Ministerio de la Guerra durante nueve meses, enviando puntualmente toda la información a Bleicher. Pero los equipos de contraespionaje ingleses fueron atando cabos y llegaron a la conclusión de que aquella atractiva joven francesa era una doble agente. La detuvieron en julio de 1942. Hasta el final de la guerra permanecería encarcelada.

En la celda de su prisión inglesa, La Gata escribió en su diario una página dirigida a sus antiguos camaradas de la Resistencia:

«¿Cómo explicar todo lo que he tenido que soportar? Jamás podría hallar las palabras para expresar mi tristeza profunda, infinita, o para describir mis temores.
Pero no estoy sola. Tampoco vosotros, aquellos que todavía seguís con vida, dormiréis esta noche; estaréis conmigo, Y en cuanto a vosotros, los que estáis muertos, viviréis conmigo, según nuestras propias leyes, en un mundo que yo he creado para mí».

Realmente no se comprende muy bien cómo podía mantener esa lealtad de espíritu a unos compañeros a los que había traicionado de un modo tan indigno. Pero, tal como vemos, no es este el mayor de los misterios que jalona la vida de La Gata.

Nonsei

Una vez finalizada la contienda, Mathilde tuvo que enfrentarse a la realidad. Las nuevas autoridades francesas reclamaron a los británicos la entrega de la espía que permanecía allí encarcelada. Sería juzgada en territorio francés, en donde debería rendir cuentas por su colaboración con los alemanes.

En enero de 1949 un tribunal galo juzgó a Mathilde Carré, acusándola de alta traición. Aunque ya no era una mujer joven, su singular belleza impresionó a los presentes. Tenía el cabello castaño, los dientes muy blancos y su mirada era profunda y serena.

El fiscal tomó la palabra para denostar sin piedad la actitud de la acusada durante la guerra:

«Durante dos meses practicó la más vil de las traiciones. Su malevolencia, su doblez, su perseverancia en el mal, su diario del que acabo de leer algunos extractos y que la describe tal como es –un cerebro sin corazón– son hechos que ustedes podrán juzgar en su totalidad. Y reconocerán que, en este asunto, hay una sola sanción posible: la muerte».

Por tanto, el fiscal exigió para ella la pena capital, mientras que su abogado argumentaba en su defensa que Mathilde no tuvo opción, desde el momento en que fue detenida por los alemanes, si quería salvar su vida:

«Admito su culpabilidad –declaró el abogado defensor–, pero es preciso tener en cuenta que esta mujer fue colocada en una situación en la que sólo le cabía elegir entre la vida y la muerte».

Además, había que tener en cuenta que aquella joven había sido de las primeras en formar parte de las filas de la Resistencia, mientras que la mayoría de los franceses aceptaban la dominación alemana instalados en una resignación que se confundía en no pocas ocasiones con una cierta comodidad. El abogado insistió en este punto, buscando la comprensión del Tribunal y del público presente en la sala:

«Nadie puede olvidar que fue una heroína desde los primeros momentos de la Resistencia. ¿Condenaríais a muerte a aquellos que fueron los primeros en esparcir las semillas de la fe y que, más tarde, sobre valoraron sus propias fuerzas?»

El propio Achard acudió a declarar en su favor. El militar aseguró ante el jurado:

«Madame Carré prestó servicios notables al Ejército francés. Durante los años en los que trabajó para nosotros, descubrió varios planes de campaña del ejército alemán».

Antes de que el juez se pronunciase sobre su inocencia o su culpabilidad, Mathilde perdió por un momento la compostura que había demostrado durante todo el proceso:

«Espero el veredicto sin temor –dijo dirigiéndose al Tribunal–. Pero lo que no puedo olvidar es que, mientras a mí se me pide la pena de muerte, ¡Hugo Bleicher vive en libertad en Hamburgo!».

Los atenuantes expuestos por el abogado y por Achard no consiguieron ablandar la determinación del juez, y Mathilde fue condenada a muerte.

La población de París, que siguió el juicio con enorme interés, pudo ver el 8 de enero de 1949, en los tablones de anuncios oficiales, el aviso de que Mathilde Carré había sido condenada a muerte por el XIV Tribunal de lo Criminal, siendo recibida esta sentencia con sentimientos encontrados; pese a que ella había colaborado con los alemanes, no olvidaban que también había estado luchando contra ellos mientras la mayoría de los franceses aceptaba la ocupación.

Sin embargo, y afortunadamente para ella, el entonces presidente de la República Vincent Auriol sí se apiadó de La Gata y le conmutó la pena de muerte por la de cadena perpetua. Pero ni esta condena se cumpliría, ya que sería puesta en libertad en 1954, una decisión refrendada por el nuevo presidente, René Coty. Ese mismo año publicó sus memorias con el título Yo fui la Gata.

¿Cuál es la razón de que la justicia francesa se mostrase finalmente tan condescendiente con ella? La mayoría de los que colaboraron con los alemanes, especialmente las mujeres, fueron víctimas del escarnio público y de la dureza de los jueces. Sin embargo, el caso de La Gata fue una excepción. Nunca sabremos los motivos que llevaron a aquella admirable luchadora por la libertad a cambiar de un modo tan radical sus lealtades, ni la razón por la que recibió el indulto de manos del presidente francés.

Sin duda, aquella joven argelina, que soñaba con vivir una vida intensa lejos de aquella aldea en el desierto, alcanzó plenamente sus deseos de aventura, dejando para la posteridad una tupida trama de incógnitas y misterios que difícilmente el tiempo conseguirá desentrañar.

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