Relatos de Guerra

Iniciado por Zhukov, 03 de Agosto de 2007, 00:50:16 am

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Stauffenberg

Impresionantes Zhukov, sigue así  ;)


ULRICH

El Diario de Otto Grittke me ha gustado muchísimo. Me parece curioso las veces que menciona a los rusos borrachos  :o Es terrible el relato y a veces te pone los palos de punta frases como : "Hoy sólo ha habido dos muertos"  "26. Martes. El final se va acercando." ,....................
Excelente relato.





Zhukov

Relatos de Guerra


Bir-Hakeim:La Furia Española




En el año 1942, 3.500 hombres, bajo el mando del general francés Koenig, se atrincheraron en Bir-Hakeim prestos a frenar, con su sacrificio, el especular avance del Afrika Korps, de Rommel, y del Cuerpo Expedicionario italiano por el desierto libio, con el Canal de Suez como primer objetivo.

Cerca de 1.000 de ellos eran españoles -ex soldados del Ejército Popular republicano- y constituyeron la fuerza de choque del campo atrincherado durante las dos semanas que duró el asedio.

El testimonio del primer general francés, Béthouart, que mandó españoles, fue éste: "La 13 Semi-Brigada de la Legión Extranjera estaba integrada, en particular, por unos 900 españoles, morenos, alborotadores, difíciles de mandar, pero de una valentía extraordinaria".

Otro, no menos valioso, el del joven capitán -hoy general-, Jacques París de la Bollardiére, que luchó al lado de los españoles de la citada unidad en Noruega, en África y en Italia, nos dice en una de sus cartas: "... (los españoles) eran altivos y humildes a la vez, valientes..., uno de ellos, el joven Zapico, un vasco, murió a mi lado -al volante de nuestro jeep- en plena batalla de Bir-Hakeim, en la que yo también fui gravemente herido".

Aunque en determinadas "memorias" se insiste en lo difíciles que eran de mandar -no de manejar- los españoles, y pese a que todos ellos habían pasado por la piedra de molino de Siddi-Bel-Abbés, no se hace la menor alusión a repercusiones negativas, en el plano militar, de esa peculiaridad al parecer tan ibérica. En cambio, por su eficacia sobre el terreno, a menudo en trances delicadísimos, se les puede considerar soldados fuera de serie.

¿Porque venían fogueados de nuestra guerra civil? Algo de eso hubo, pero el "quid" de la cuestión estaba en la conciencia adquirida, a través de esos años de lucha, de que estaban defendiendo algo importante y que esta defensa requería una acción sostenida contra enemigos bien definidos, con los que ya se habían enfrentado por tierras de España: la Alemania nazi y la Italia fascista.

Es lo que forzará la admiración ajena, ya sea en los fiordos noruegos, en la Unión Soviética, en Europa o por el continente africano: con estos españoles no hay quien pueda, "¡Son indestructibles", dirá el general Koenig al capitán de la Bollardiére, durante los combates para abrir una brecha y evacuar el campo atrincherado de Bir-Hakeim.

Recordemos el incidente que se produjo en Noruega, cuando un oficial francés mandó a un español que rematase a un alemán malherido, tras haber ocupado el arma blanca la famosa cota 220: "¡Hala, dale fuerte y véngate de lo que os hicieron en España!" Entonces, el español se enfrentó, como loco, con el oficial, gritándole: "Pero ¿usted qué se ha creído que somos los españoles? ¿Unos asesinos?" Si no interviene el sargento Gayoso, el joven legionario ensarta al francés de un bayonetazo".

El Cuerpo Expedicionario francés destinado a Noruega -que acababa de ser ocupada por los alemanes- comprendía la 13 SemiBrigada de la Legión Extranjera (Batallones 1° y 2°), unos 2.000 hombres, de los cuales casi la mitad eran republicanos españoles. Se formó en el campo militar de la Vallbonne, al pie de los Alpes. Allí se crearían también otras unidades legionarias que serían destinadas a la Línea Maginot.

Antes de entrar en combate en el campo atrincherado de Bir-Hakeim -mayo de 1942- los españoles de la 13 Semi-Brigada realizarán una larga marcha que los llevará desde Noruega, pasando por Francia e Inglaterra, hasta el africano Camerún.

La Ofensiva

La ofensiva germano-italiana comienza el 27 de mayo de 1942 al amanecer. El objetivo principal de las fuerzas del Eje es el puerto libio de Tobruk, desde donde arranca la famosa Vía Balbia, cuya ocupación permitiría a sus columnas motorizadas alcanzar Alejandría y más tarde el Canal de Suez.

Pero esta vez las defensas enemigas de tierra adentro, box la llaman los ingleses, están mejor organizadas que en el pasado. El alto mando inglés, duramente aleccionado por las experiencias anteriores en aquel campo de operaciones, está decidido a obligar a Rommel a desplegar sus unidades y a no subestimar el valor estratégico del sector desértico. De ahí la línea de puestos fortificados, cuyo último box es Bir-Hakeim.

El primer batallón de la 13 Semi-Brigada ocupa las posiciones del lado Este. El segundo cubre el sector central y está estructurado en destacamentos volantes en disposiciones de acudir a cerrar posibles brechas. En los otros dos, las tropas coloniales negras de Centroáfrica y las fuerzas del Pacífico. Un total de 3.500 defensores de los cuales cerca de mil son españoles.

El armamento de que disponen es éste: 24 cañones del 75, 85 cañones antitanques del 75 y 47 del 25 -la mayor parte de ellos manejados por españoles-, 44 morteros, 72 ametralladoras y fusiles-ametralladores, 18 cañones antiaéreos y 8 ametralladoras antiaéreas.

Todas las posiciones están semi-enterradas. Según un testigo, las de la Legión, cuyos arquitectos tenían, por lo visto, bastante práctica en la materia eran las mejores acondicionadas. Esta disposición protegía a sus ocupantes de los bombardeos enemigos y de algo no menos temible: las tempestades de arena.

El hospital de campaña, los depósitos de municiones, de víveres y la gasolina estaban completamente enterrados, así como las sesenta y tres tanquetas -las eficientes Bren-Carriers inglesas-, llamadas muchachas de servicio, porque servían para todo.

El ataque germano-italiano contra las líneas aliadas lo protagonizan tres divisiones italianas: Brescia, Pavia y Ariete, y otras tres alemanas: la 15, la 21 y la ligera 90.

El primer parte de la Séptima División Blindada británica, a las 7.30 del día 27 de mayo, dice así: "El enemigo ha iniciado su maniobra de envolvimiento, intensamente apoyado por su aviación y su artillería y se localizan, por el S y el SE, gran número de tanques y vehículos diversos. Levantan grandes nubes de arena. Poco después se divisan una cincuentena de carros de asalto italianos que inician el ataque en orden desplegado. Detrás avanza un segundo escalón compuesto por otros treinta tanques. El eje de la marcha es el campo atrincherado de Bir-Hakeim".

Los tanques se acercan cubriéndose por la cortina de fuego de sus propios cañones. Las piezas del 75 de la posición responden y al poco rato, tocados por los proyectiles y víctimas de las minas, varios tanques italianos quedan inmovilizados. Pero los restantes siguen avanzando y la segunda oleada se pone en marcha hacia el sector que defienden los legionarios españoles. Incluso los antiaéreos de Bir-Hakeim disparan ahora contra los carros de asalto enemigos.

De repente, dice el general de la Bollardière, "por encima de aquella barahúnda artillera, se empezaron a oír gritos en español, mientras los tanques italianos iban y venían, aplastando todo lo que les salía al paso y ametrallando a mansalva. Parece que los estoy oyendo: "¡¡Cómo en Madrid, camaradas!! ¡¡A por ellos!!" Las botellas de gasolina saltaban por todos lados: aquello fue una especie de fuegos artificiales totalmente desconocidos para nosotros, si bien es cierto que los legionarios los habían practicado ya en Noruega, pero en escala mucho más reducida, que no tenía nada que ver con lo de Bir-Hakeim". En adelante, aquello se conocería por el recital español de Bir-Hakeim.

El cabo primera de antitanques, el barcelonés José Millán Vicente, nos puntualiza: "Las tres cuartas partes de los tanques italianos puestos fuera de combate lo fueron por los antitanques del 7,5. Y esto, a los españoles, además de restablecer la verdad, no nos quita el menor mérito; puesto que, de los tres pelotones de antitanques que operaron frente a las oleadas de blindados italianos infiltrados, dos estaban mandados por gente nuestra: uno por Enrique Marco Nadal, de Valencia y otro por José Artero, de Tarrasa. Yo combatía con Enrique".

La línea de boxes, que iba desde la costa (Tobruk) hasta el desierto (Bir-Hakeim), defendido por la 150 Brigada británica, caería en poder de Rommel en la noche del 31 de mayo al 1 de junio, capturándose 3.000 prisioneros, 124 cañones y un centenar de vehículos.

Esto permitió a los atacantes volcar sobre el campo atrincherado de Bir-Hakeim importantes efectivos y mayor volumen de fuego. Y, en cierta manera, obligar a sus defensores a prolongar su resistencia, prevista, en principio, para diez días, hasta catorce largas jornadas.

"Todos se decidió en torno a Gott-el-Oualeb -ha narrado el general Bayerlein, jefe de E. M. de Rommel-. Ni siquiera sabíamos que el punto de apoyo central estuviese instalado allí. Por eso nuestros primeros ataques fracasaron. Si no nos apoderamos de él el 1 de junio, los ingleses hubieran podido capturar a todo el Afrika Korps en peso. Al anochecer del tercer día estábamos cercados y casi privados de gasolina. Fue un milagro que nuestros aprovisionamientos nos llegaran a través de los campos de minas.

El segundo gran ataque contra el campo atrincherado lo conducen unos 150 blindados y un centenar de vehículos auxiliares de las fuerzas del Eje. Son las 7 de la mañana del día 2 de junio de 1942. El avance se estabiliza a cierta distancia y entonces empieza un violentísimo bombardeo. La artillería y los blindados enemigos rivalizan con su aviación en el aplastamiento de los 1.200 nidos-trincheras y de los campos de minas, que los alemanes llaman los jardines del diablo.

Hacia las 10 de la mañana se acerca al campo atrincherado un blindado italiano que enarbola una bandera blanca. Trae un ultimátum del general Rommel. Al leer la nota, el general Koenig, a decir del propio enlace motorista del jefe francés, el español Carrillo, exclama: "Vamos a decirles que se vayan a la mierda, pero se lo diremos finamente".

A la raya del mediodía empiezan a llover granadas del 105 sobre Bir-Hakeim. Todos reconocen que aquello tenía otro aire que el ataque italiano. Ahora lleva la batuta el propio Rommel, quien, en sus memorias, ha escrito: "Raramente en un campo de batalla de África tuve que librar un combate tan duro".

El cañoneo durará hasta bien entrada la noche. Y, al amanecer del día 3, Rommel volverá a pedir a Koenig que se rinda.

El segundo ultimátum lo lleva un prisionero inglés, superviviente de Gott-el-Oualeb; se le ha encomendado que explique a los franceses de Bir-Hakeim cómo habían aplastado los alemanes la resistencia del punto de apoyo central del dispositivo británico.

Durante la jornada del día 3, la posición es bombardeada por la aviación germano-italiana una docena de veces, siendo interceptada en varias ocasiones por los cazas ingleses de Alejandría, mientras que los antiaéreos de Bir-Hakeim derriban tres aviones. Los 105 alemanes cañonean la posición por rotación.
Millán Vicente explica: "A partir del día 3 tuvimos que enfrentarnos con la inaguantable prueba del calor y de la sed. Eran necesarios cinco litros de agua por persona y por día y sólo recibíamos litro y medio. Y a esto se añadía la perturbación de la visión. Vivíamos zambullidos en plena humareda, en medio de una espesa nube de viento, arena y del humo de las explosiones.

El día 4, la aviación enemiga vuelve a bombardear Bir-Hakeim una docena de veces, perdiendo dos aparatos. Mientras que a los cañones del 105 se agregan las piezas del 210. Agravará la situación el hecho de que estos últimos cañones quedan fuera del alcance de las baterías del campo atrincherado. El día 5, el aplastamiento de la posición asediada se limitará al bombardeo artillero".

Al fin, el día 6 por la mañana se desencadena el primer gran ataque combinado esperado por Koenig.

He aquí lo que escribió Rommel:
"El 6 de junio, a las 8 de la mañana, la 90 División ligera se lanzó al ataque contra las tropas del general Koenig. La fecha del ataque logró alcanzar un punto distante tan sólo de 800 metros del campo fortificado. Pero una vez más nuestras fuerzas fueron detenidas. En aquel pedazo de terreno, que era un auténtico pedregal, desprovisto de protección, los franceses combatían ferozmente. Por la noche tuvimos que suspender el ataque, aunque nuestros hombres siguieron manteniendo el asedio... Luego, aprovechando la oscuridad, los destacamentos de asalto se replegaron a sus respectivos puntos de partida.

El campo atrincherado, apenas amaneció el día 7, fue sometido a otro intenso cañoneo y nuestra aviación lo bombardeó de nuevo. Y poco después nuestra infantería entraba en acción. Pero en vano. Pese a su empuje y a la dureza de su intervención, este asalto se estrelló contra el fuego concentrado de la defensa. ¡Notable resistencia la de esta plaza aislada del resto del mundo!"

Rommel dirigirá personalmente las operaciones que se escalonan entre el 6 y el 8 de junio, animando a sus hombres e incluso a los italianos, a quienes lanzará estentóreos y guturales: "¡Avanti!, ¡avanti, legionarios!".

Leemos en el diario de marcha de la 13 Semi-Brigada "...las ametralladoras pesadas del enemigo dispararon durante cuarenta y ocho horas sin la menor interrupción, día y noche, sobre la posición Bir-Hakeim. Y cuando algún soldado aliado no español comentaba, con aire dramático, la situación, siempre había un ibérico -en este caso el barcelonés Perxachs- que lanzaba: "Bueno, bueno, que no hay para tanto. Fijaos aquí, en esta madriguera, estamos siete topos. Los mismos que cuando empezó el asedio, sin un rasguño casi. ¡En el Ebro ya la hubiésemos palmado todos! ¡Aquello si que fue un festival de aupa!"

El día 9 el programa será idéntico a días anteriores. Por lo menos durante la mañana, ya que al mediodía el cañoneo y los bombardeos por vía aérea volverán a arreciar, centrándose en los campos de minas.

De los cincuenta y tantos mil artefactos semienterrados que rodeaban la posición Bir-Hakeim, antes del primer ataque del día 6, se calcula que estallaron la mitad.

Aquel día, a las 5 de la tarde, Koenig recibe un mensaje de la 7ª División Blindada británica informándole que la posición Bir-Hakeim ya no es esencial. El general francés decide, pues, abandonar el campo atrincherado en la noche del 10 al 11. En una orden muy confidencial se prescribe que los zapadores-minadores, apenas anochezca, abrirán en la zona minada un corredor de unos 200 metros de ancho.

"¡A mí, la Legión!


La primera unidad en salir será la Legión. "A tout Seigneur, tout honneur". Ese honor lo han conquistado los legionarios solventando las papeletas más críticas que la guarnición asediada ha conocido. Su misión consistirá en hacer frente a su enemigo en los flancos del corredor, hasta que la columna haya salido de Bir-Hakeim.

A las 0,15 horas del día 11 de junio de 1942, los primeros destacamentos de legionarios, compuestos principalmente por españoles, salen de sus posiciones. Apenas se inicia el despliegue, desde el campo enemigo empiezan a brotar bengalas y pronto el cielo se llena de surcos azules que, al caer, iluminan amplias zonas del campo atrincherado. Los legionarios se abren en abanico y se lanzan al asalto de los nidos de ametralladoras enemigos con la bayoneta calada.

Es el capitán francés Lamaze el que conducirá la carga de las tanquetas, que están dotadas de un fusil-ametralladora, Bren, contra los puestos de artillería enemiga. La concentración de treinta y tantos Bren-Carriers se hace en un santiamén.

"Nunca se podrá reproducir aquella espeluznante carga, ni en el mismo cine, con todos sus trucos -ha narrado el propio Koenig-. Vi al capitán Lamaze meter su tanqueta en la zona minada, como si tal cosa, cruzarla como un meteoro y arremeter contra una posición enemiga. Y al teniente Davé, dirigiendo su tanqueta contra otra posición, aplastándola; y en seguida poner proa hacia otra y luego enfrentarse con una pieza de artillería, que tiraba a bocajarro, como en un duelo a pistola. Y vi saltar su tanqueta en pedazos por los aires..."

Puntualizamos: la mayoría de esas tanquetas iban conducidas por españoles.

En menos de una hora, en una zona -la de Las Mamelles- donde el tableteo de las ametralladoras coreaba el agudo silbido de los obuses y donde, con una magnitud extraordinaria, las voces humanas tenían ecos sobrenaturales: "¡A mí, la Legión! ¡Adelanté, legionarios!, estallan otra vez recias voces castellanas: ¡Vamos, muchachos, a por ellos! ¡Cómo en Madrid, camaradas...! ¡Que ya son nuestros! aunque alguna vez, como en el caso del capitán Putz, un austriaco de las Brigadas internacionales, los gritos de combate se tiñan ligeramente de acento sajón".

Las tanquetas consiguen ensanchar el corredor y, en las dos últimas horas de oscuridad, como para recompensar y proteger a los esforzados paladines de la libertad, una espesa niebla cubre el campo de batalla.

La columna entera sale antes de que amanezca y se dispersa por el desierto para acudir por mil senderos, al lugar de la cita: un determinado mojón de la pista militar británica número 837, a unos diez kilómetros al NE de Bir Hakeim.

"Nosotros salimos poco antes de medianoche -sigue explicando el legionario barcelonés Millán Vicente-. Teníamos cita con los elementos motorizados británicos en un punto donde los ingleses tenían instalada una gasolinera volante. Yo salí junto con uno de Tarrasa, José Artero, que caería prisionero aquel mismo día. Perdimos bastante gente, a causa de los ametrallamientos aéreos y otros se despistaron y no encontraron los camiones. Tres jornadas duró nuestra marcha y a medida que nos recuperaban, los ingleses nos enviaban a Ismailia, a orillas del Nilo, donde se reorganizaría la 13 Semi-Brigada".

Hubo quienes llegaron al sector inglés al cabo de una semana. "Entre estos retardatarios se encontraba Joaquín Rufi El Yayo, un barcelonés del distrito quinto, muy castizo él -recalca Millán Vicente-. Venia que parecía una momia egipcia acabada de desenfundar. Todo aquel grupo eran auténticos espectros y pocos de ellos sobrevivirían, a causa de la deshidratación. El Yayo fue uno de los escasos resucitados".

Del destacamento dejado en Bir-Hakeim, para desorientar al enemigo, unos quinientos hombres -entre ellos la casi totalidad de los efectivos del Batallón del Pacífico-, se supo que, al amanecer el día 11, los alemanes habían bombardeado y ametrallado la posición con 200 Stukas, arrasándolo todo.

De los 3.500 hombres del campo atrincherado de Bir-Hakeim, una tercera parte perdió la vida en la batalla que duró desde el 26 de mayo al 11 de junio de 1942. Y de los que salieron de la posición asediada en la noche del 10 al 11 unos 1.250 combatientes, tan sólo medio millar alcanzaron el campamento militar de Ismailia. "En los combates nocturnos para abrir la brecha de salida -asegura Millán Vicente- los legionarios tuvimos, entre muertos y heridos, cerca de 400 bajas".

Al ocupar Bir-Hakeim, el día 11, a media mañana, los alemanes recogieron cerca de dos centenares de cadáveres, otros tantos heridos, y a un centenar de prisioneros. Estos últimos serían enviados a Túnez y embarcados en Bizerta con destino a Italia. Pero, durante la travesía, un submarino inglés torpedeó el barco y lo hundió. En el naufragio perecieron medio centenar de legionarios españoles.


Fuente :Artehistoria

Moisin-Nagant

El valor de los españoles durante la SGM es imprecionante, tanto los del eje como los que lucharon con los aliados, algunos de estos ultimos querian regresar a españa a retomar la lucha.

Zhukov

Coincido contigo Moisin,han dado muestras de valor en ambos bandos,me gustaria que nuestros compañeros foristas españoles ampliaran la epopeya de Bir-Hakeim.

ravenraider

el relato de los pilotos y como se vieron envueltos entre los falk y los aviones enemigos es magnifico y estremecedor a la vez,como relata -se presupone que fue así-, los impactos de las balas de los cazas alemanes en los aviones.Enhorabuena



saludos

Zhukov

Relatos de Guerra


El Campeonato de la Muerte.


Corre 1942, las tropas nazis han invadido la URSS y ocupan Kiev, capital ucraniana.
Josif Kordik, dueño de la Panadería Nº 3, almuerza en un restaurante cuando divisa en la vereda del frente a Nikolai Trusevich, arquero del popular Dínamo.
La guerra ha obligado a disolver el equipo y sus jugadores se han dispersado.
El gigante Trusevich -hambriento y muerto de frío- recién ha salido de un campo de prisioneros y deambula sin saber dónde dormir.


La reacción natural del hincha habría sido pedirle un autógrafo al ídolo.
Kordik no sólo hace eso: le ofrece trabajo como barrendero.
Colaboracionista alemán, ve pronto una oportunidad única.
Gracias a Trusevich recluta en su fábrica a una docena de las mayores estrellas del balompié local. "Me escondía en la casa de mi suegra. Nikolai me contó la idea y lo ayudé a encontrar al resto de los muchachos", relata el wing Makar Goncharenko.
Los desesperados cracks reciben comida y techo cuando el país está en ruinas.

F.C.Start

Hasta aquí podría ser una historia ejemplar.
Pero Kordik no es un tipo misericordioso y aprovecha su poder para crear un equipo personal que entrena en el patio de la panadería.
Simpatizantes comunistas, los jugadores deciden que su camiseta sea de un color rojo furioso.

Así nace el FC Start, una verdadera selección de Kiev que sin saberlo camina al matadero.
"No tenemos armas, pero venceremos en la cancha a los fascistas bajo los colores de nuestra bandera", proclama el arquero Trusevich antes del primer partido oficial, que juegan con botas de trabajo y overoles recortados.




Los nazis usaron al fútbol como instrumento de propaganda.
Quisieron organizar el abortado Mundial de 1942 y dos semanas antes de la caída de Berlín aún se jugaban partidos de copa.
Un equipo de la anexada Austria, el Rapid de Viena, figura como campeón de la temporada 1941 del balompié alemán.

En cada país ocupado se organizaron torneos para brindar a la población una falsa sensación de normalidad. Eso sucedió en Ucrania.
En la extraña liga creada en 1942 participaron seis cuadros.
Cuatro representaban a ejércitos del Eje. El quinto era el Rukh, formado por colaboracionistas locales; el sexto, el FC Start, que en el primer partido aplastó por 7 a 2 a sus compatriotas.

Kordik los había obligado a participar pese al evidente riesgo. La caridad de sus compatriotas les permitió comprar calcetines y pantalones cortos para los siguientes encuentros.
Sin querer, el Start se había convertido en símbolo de la resistencia y en un buen negocio.

Jugando en un pequeño y atiborrado estadio siguió goleando sin piedad a sus rivales.
El 6 de agosto se coronó campeón invicto humillando por 5 a 1 al Flakelf, el invencible seleccionado de la Luftwaffe. "Pese al marcador, ambos equipos fueron parejos", informó una escueta nota de prensa nazi.

Al día siguiente los alemanes tapizaron Kiev con carteles que anunciaban una innecesaria revancha, que se jugaría dos días después.




Ese caluroso domingo 9 de agosto, el Estadio Zenit estaba repleto.
En la tribuna, oficiales nazis; en las galerías, el pueblo ucraniano custodiado por soldados y mastines. El árbitro advirtió al Start que debía saludar a sus rivales con un sonoro "Heil, Hitler".
En vez de ello, en la cancha los ucranianos se golpearon el pecho y gritaron a la usanza comunista.

El primer tiempo fue un festival de patadas que el réferi no quiso ver.
Trusevich permaneció varios minutos inconsciente luego de ser golpeado en la cabeza y, sin arquero, los germanos abrieron la cuenta.
Pese al robo, los de rojo se fueron al descanso venciendo por tres a uno, con dos tantos del goleador Ivan Kuzmenko.
Las graderías hervían y el comandante de ocupación Eberhardt era insultado por un verdadero coro popular.

En el entretiempo, un oficial nazi entró al camarín del Start. "Deben comprender las consecuencias de sus actos", les advirtió.
Sin embargo el orgullo fue más fuerte y los rojos vencieron por 5 a 3.
El árbitro suspendió el partido luego de que Aleksei Klimenko, defensa ucraniano, gambeteó a medio equipo rival, llegó hasta la línea de gol y en vez de anotar volvió caminando con el balón al círculo central.
La multitud enloqueció e incluso soldados húngaros y rumanos, aliados alemanes, participaron de revueltas en las afueras del estadio.

Extrañamente, el fin de semana siguiente el FC Start volvió a jugar y goleó por 8 a 0 al Rukh.
Pero dos días después nueve de sus jugadores fueron detenidos por la Gestapo y acusados de sedición.
El volante Nikolai Korotkykh fue ejecutado en el acto: su propia hermana lo había denunciado como espía ruso.
Tras semanas de torturas el resto fue enviado al tenebroso campo de concentración de Siretz.
Luego de un ataque de partisanos ucranianos se ordenaron fusilamientos selectivos como amedrentamiento.

Kuzmenko, Klimenko y el arquero Trusevich fueron ejecutados.
Este último murió con su camiseta puesta gritando "¡el deporte rojo nunca morirá!".
Sus cuerpos fueron lanzados a un barranco.
Sólo cuatro miembros del FC Start sobrevivieron hasta la liberación rusa.
Lo que vino fue absurdo.

Autoridades estalinistas los acusaron de traición por confraternizar con el enemigo y sólo salvaron la vida jurando guardar silencio para siempre.
Pero su leyenda crecía en Ucrania y en los años 60 salió a la luz.
La adornada historia oficial establecía que luego de la victoria contra los nazis los once jugadores del equipo, aún uniformados, habían sido fusilados en un risco con los puños en alto.
Esa versión fue recogida por el uruguayo Eduardo Galeano en su relato "La Pelota como Bandera".

Tras la caída de la URSS se conoció la verdad. Makar Goncharenko era el único miembro del FC Start que aún vivía y por fin pudo hablar.

Poco antes de fallecer en 1996 conversó con el periodista inglés Andy Dougan, autor del libro "Dínamo: Defendiendo el honor de Kiev" (recientemente publicado en español).

El viejo lateral tenía la película muy clara y no se creía un héroe: "Mis amigos no murieron porque fueran grandes jugadores, murieron como tantos otros porque dos regímenes totalitarios se enfrentaron. Estábamos condenados a ser víctimas de una masacre a gran escala".



En Ucrania, los jugadores del FC Start hoy son héroes patrios y su ejemplo de coraje se enseña en los colegios.
En el estadio Zenit una placa reza "A los jugadores que murieron con la frente en alto ante el invasor nazi".
Y quienes conservan una entrada del partido más triste de la historia tienen asegurado de por vida el pase gratis para alentar al Dínamo de Kiev.


ravenraider

Españoles en Bir-Hakeim


En el año 1942, 3.500 hombres, bajo el mando del general francés Koenig, se atrincheraron en Bir-Hakeim prestos a frenar, con su sacrificio, el especular avance del Afrika Korps, de Rommel, y del Cuerpo Expedicionario italiano por el desierto libio, con el Canal de Suez como primer objetivo. Cerca de 1.000 de ellos eran españoles -ex soldados del Ejército Popular republicano- y constituyeron la fuerza de choque del campo atrincherado durante las dos semanas que duró el asedio.
El testimonio del primer general francés, Béthouart, que mandó españoles, fue éste: "La 13 Semi-Brigada de la Legión Extranjera estaba integrada, en particular, por unos 900 españoles, morenos, alborotadores, difíciles de mandar, pero de una valentía extraordinaria".
Otro, no menos valioso, el del joven capitán -hoy general-, Jacques París de la Bollardiére, que luchó al lado de los españoles de la citada unidad Noruega, en África y en Italia, nos dice en una de sus cartas: "... (los españoles) eran altivos y humildes a la vez, valientes..., uno de ellos, el joven Zapico, un vasco, murió a mi lado -al volante de nuestro jeep- en plena batalla de Bir-Hakeim, en la que yo también fui gravemente herido".
Aunque en determinadas "memorias" se insiste en lo difíciles que eran de mandar -no de manejar- los españoles, y pese a que todos ellos habían pasado por la piedra de molino de Siddi-Bel-Abbés, no se hace la menor alusión a repercusiones negativas, en el plano militar, de esa peculiaridad al parecer tan ibérica. En cambio, por su eficacia sobre el terreno, a menudo en trances delicadísimos, se les puede considerar soldados fuera de serie.
¿Porque venían fogueados de nuestra guerra civil? Algo de eso hubo, pero el "quid" de la cuestión estaba en la conciencia adquirida, a través de esos años de lucha, de que estaban defendiendo algo importante y que esta defensa requería una acción sostenida contra enemigos bien definidos, con los que ya se habían enfrentado por tierras de España: la Alemania nazi y la Italia fascista.
Es lo que forzará la admiración ajena, ya sea en los fiordos noruegos, en la Unión Soviética, en Europa o por el continente africano: con estos españoles no hay quien pueda, "¡Son indestructibles", dirá el general Koenig al capitán de la Bollardiére, durante los combates para abrir una brecha y evacuar el campo atrincherado de Bir-Hakeim.
Recordemos el incidente que se produjo en Noruega, cuando un oficial francés mandó a un español que rematase a un alemán malherido, tras haber ocupado el arma blanca la famosa cota 220: "¡Hala, dale fuerte y véngate de lo que os hicieron en España!" Entonces, el español se enfrentó, como loco, con el oficial, gritándole: "Pero ¿usted qué se ha creído que somos los españoles? ¿Unos asesinos?" Si no interviene el sargento Gayoso, el joven legionario ensarta al francés de un bayonetazo".
El Cuerpo Expedicionario francés destinado a Noruega -que acababa de ser ocupada por los alemanes- comprendía la 13 SemiBrigada de la Legión Extranjera (Batallones 1° y 2°), unos 2.000 hombres, de los cuales casi la mitad eran republicanos españoles. Se formó en el campo militar de la Vallbonne, al pie de los Alpes. Allí se crearían también otras unidades legionarias que serían destinadas a la Línea Maginot.
Antes de entrar en combate en el campo atrincherado de Bir-Hakeim -mayo de 1942- los españoles de la 13 Semi-Brigada realizarán una larga marcha que los llevará desde Noruega, pasando por Francia e Inglaterra, hasta el africano Camerún.


Fuente; Artehistoria

Zhukov

Relatos de Guerra

Cita de: TITUS20050 en 06 de Agosto de 2007, 12:23:37 pm
Exelente como siempre  Zhukov las fotos del articulo me hacen recordar las calles de Napoles y las casa destruidas ,el silencio despues de los bombardeos y la gran cantidad de ratas que aparecian entre los escombros cosa que nosotros utilizabamos para jugar arrojandole piedras.
El otro pensamiento que teniamos y que cada vez que leo alguno de estos articulos era si saldriamos del sotano donde nos escondiamos con la alarma de bombas y ese recuerdo es muy duro a pesar de que yo era un niño de pocos años.


Estimado amigo TITUS,he aqui otro relato de guerra,espero que sea de tu interes y nos sirva para darnos cuenta en parte lo que viviste.Saludos.


BAJO LOS BOMBARDEOS.

Melita Maschmann.

En agosto de 1944, mis padres, que entonces vivían en Darmstadt, se vieron obligados a abandonar su hogar a consecuencia de los bombardeos.
La casa fue alcanzada por las bombas y ellos, después de recuperar entre los escombros buena parte de sus cosas, fueron a refugiarse a casa de unos parientes. 
Tenían la intención de trasladarse, el 11 de septiembre, a una pequeña ciudad del Odenwald, y yo me trasladé a Darmstadt desde Berlín dos días antes para ayudarles en el traslado.

Pero la mañana de este 11 de septiembre, el chófer de la furgoneta que debía llevarnos a Michelstadt, pretextando que estaba muy cansado nos dijo que no nos recogería hasta el día siguiente.
Ni él ni mis padres vieron este día siguiente.  En el curso de la noche, después de un nuevo bombardeo, Darmstadt fue reducida a un  montón de ruinas humeantes; el 80 % de la ciudad quedó completamente destruido y más de 15.000 personas perdieron la vida.

Veinte minutos antes de medianoche se oyó el silbido de las sirenas.  Yo estaba en cama, pero aún dormía. 
En Berlín me había habituado ya a estas alarmas nocturnas.  Me vestí automáticamente, tomé la pequeña maleta que tenía siempre preparada y, en la oscuridad, intenté alcanzar la puerta a tientas; los gritos de mi madre me obligaron a moverme más aprisa.
 
No conocía bien la casa donde se hablan refugiado mis padres, pero me bastó con seguir las sombras apresuradas que se agolpaban en las oscuras escaleras.  Alguien me empujó hacia un rincón del sótano en el espacio destinado a mi familia. 
Estremecida por un temblor incontenible, fui a sentarme junto a ellos en un tosco banco de madera. lo habitación estaba débilmente iluminada y, toda ella, inmersa en la angustia silenciosa de aquellas gentes que hacían cualquier cosa para dominar su propio miedo.

La esperanza de que los bombarderos enemigos se limitaran a cruzar la zona donde nos encontrábamos para dirigirse a otro lugar se desvaneció pronto, y ya sólo nos quedó la espantosa certeza de que había llegado nuestro turno. 
El zumbido de los aviones que se acercaban se convirtió pronto en un nido ensordecedor, y al mismo tiempo empezaron a oírse las explosiones de las primeras bombas al caer. 
De pronto, nos quedamos a oscuras.

Cruzando los brazos sobre la cabeza, en un gesto instintivo de defensa, nos acurrucamos en la oscuridad y seguimos escuchando las explosiones. 
Los bombarderos llegaban en oleadas; el ruido infernal de la destrucción se acercaba, luego parecía alejarse; se acercaba de nuevo... para volver a retirarse otra vez, pero sólo para volver, casi en seguida y más violento si cabe. 

Por unos instantes, el latido convulso de nuestros corazones, nos impidió acusar ninguna otra sensación.  Se produjo entonces una pausa algo más prolongada: por lo visto las explosiones se habían concentrado en los extremos de la ciudad y el zumbido de los motores se oía, ahora, como un rumor lejano.


En algunos lugares se encendían linternas de bolsillo, y los finos rayos de luz trazaban su huella luminosa a través de la niebla espesa y blanca que impregnaba el aire.  Las explosiones más próximas habían sacudido la casa hasta el punto de resquebrajarla; los ladrillos se habían aplastado unos contra otros, y nubes de polvo blanco y seco salían de las hendiduras de las paredes; respirar era un verdadero tormento.

De pronto, vi a prima frente a mí; tenía el cabello revuelto y le cubría el rostro ensangrentado. 
Mi prima era la dueña de la casa; había intentado salvar, en vano, a algunos vecinos y llevarlos a nuestro sótano, pero el camino estaba bloqueado por los escombros. 
Nos dijo que sería imposible volver a las alcobas; las escaleras no sólo estaban bloqueadas por las paredes desplomadas, sino que, en parte, eran presa de las llamas.
 
Por lo tanto, la única manera de poder salir del sótano era pasar a través de una pequeña abertura, tapada con una plancha de hierro, que se hallaba exactamente bajo el techo y que únicamente se podía alcanzar con una escalera de mano. 
A través de esta abertura se podía llegar a la calle; mas, por el momento, nos quedamos donde estábamos.

No podría precisar ahora cuántos segundos de relativa calma pasaron antes de que se produjera la nueva oleada de ataques; acaso nos quedaban tan sólo unos pocos minutos para luchar con la muerte. 
En este breve intervalo hablé con mi madre por última vez. 

La guerra había alterado su sistema nervioso y ahora se conducía como una niña presa de la desesperación.  Empezó a gritar, rogando a uno de los soldados que nos ayudara; pero él se encontraba, a su vez, en las mismas condiciones que nosotros; entonces sus clamores, pidiendo ayuda, se dirigieron a Dios y, fuera por completo de sí, empezó a golpear las paredes de nuestra prisión buscando una salida.

Casi en seguida, una nueva oleada de ataques se desencadenó sobre nosotros; luego, apenas se alejó el inmediato peligro, dejé a mi madre en brazos de mi padre.  Había visto como uno de los soldados trepaba por los rotos peldaños e intentaba abrir la plancha de hierro de la salida de seguridad; pero la cerró inmediatamente: una llamarada le había rechazado con violencia; entonces bajó de la escalera, diciendo: «Estamos perdidos».



Lo que ocurrió después fue una sucesión de actos irracionales.
Yo, por mi parte, estaba profundamente convencida de que íbamos a morir y me hallaba preparada para ello.  Esta determinación, que ya tuve ocasión de experimentar en el curso de la guerra, en otros momentos de gran peligro, me inspiraba una calma profunda. 

A la sazón era una convencida nazi: la guerra tenía para mí un objetivo y un significado precisos, y estaba dispuesta a aceptar todos los sacrificios que imponía. 
Mas, pese a estar dispuesta a morir en aquel momento, fui, no se por qué, la única persona que logró huir del sótano, o mejor, la única que se salvó.

Abrí a mi vez la pequeña trampa y me hallé frente a un mar de fuego.  La calle estaba cubierta de ruinas ardientes desprendidas del techo del edificio del frente. 
Sin pensarlo demasiado, cubriéndome la cabeza y los hombros con una chaqueta empapada en agua, crucé velozmente la zona en llamas hasta llegar a una plaza donde se podía respirar mejor; sumergí mis zapatos casi quemados en un charco de agua y después volví atrás, hacia la trampa, que sólo podía abrirse desde dentro; la golpe con los pies y empecé a dar gritos, mas al poco rato me vi obligada a huir de nuevo hacia la plaza, pues de otro modo las llamas me hubieran sofocado y quemado allí mismo.

Inicié más tarde una última y desesperada tentativa para salvarlos; pero no me llegó del interior ningún signo de vida, y entonces mi naturaleza cedió al instinto primario: el instinto de salvarme dejando que los demás muriesen en su horrible prisión. 
En los dos o tres minutos que siguieron con el escaso resto de energías que aún me quedaban, no hice sino correr, desesperadamente, intentando salvarme.
 
En aquella zona, todos los edificios eran presa de las llamas.  Y sobre aquel mar de fuego se desató, además, en toda la ciudad una especie de ciclón ardiente.
Cada vez que una ráfaga de fuego alcanzaba a una persona fugitiva, en un instante reducía su cuerpo a las dimensiones de un niño pequeño; en los días sucesivos, los muertos yacían sobre las calles no quemados, sino como momificados. 
Llegué al límite de  aquel ciclón de fuego, pero pronto tuve que agarrarme a un árbol para evitar que una ráfaga de viento me arrojara contra una de las casas incendiadas.


Cuando logré recuperar parte de mis fuerzas, pedí a un hombre, que llevaba una cruz svástica en la manga, que me prestara la máscara antigás. 
Quería volver atrás y hacer todo lo posible para salvar a los que todavía estuvieran con vida. 
El se negó a dármela y entonces yo le grité: «¿Cómo es posible que usted permanezca aquí, parado, con su svástica, cuando en este momento hay millares de mujeres y niños que están muriendo?  Vamos, dese prisa, venga conmigo a ayudarlos». 

Mas él continuaba negándose; entonces, yo le arranqué del brazo el emblema del partido: me  avergonzaba que aquel distintivo fuera llevado por un individuo tan vil.
Más tarde encontré a un grupo de soldados que se quejaban de sus propios oficiales. «Esta gente permanece a salvo en sus búnker, dando órdenes a diestro y siniestro, y dejando que nos abrasen».  Pedí a estos hombres que me ayudaran implorando que me siguieran hasta la plaza donde estaba el depósito del agua.

Algunos soldados me siguieron; pero al llegar al depósito de agua, vi como sólo me seguía uno.  Naturalmente, yo había recorrido ya aquella zona y sabía que era posible cruzarla, sintiéndome por esta razón más segura que los que se habían detenido. 
En la plaza junto al depósito, la gente que había logrado escapar al incendio se hallaba en estado de shock; la mayor parte estaban en el suelo, sin sentido -¿acaso muertos?-, otros se habían metido en el agua. 
El calor era insoportable y el oxígeno tan escaso que incluso el deseo de vivir quedaba sofocado. 

Traté de despertar a aquellas gentes de su letargo, suplicándoles que se arriesgaran a emprender aquel último trecho de camino hacia la salvación que yo misma había recorrido dos veces: lentamente, algunos se pusieron de pie y se formó un pequeño grupo. 
Luego, poco a poco, la furia del incendio se redujo. 
Durante la noche hice de nuevo aquel recorrido varias veces, pasando al lado de los montones de escombros humeantes bajo los cuales se hallaban sepultados mis padres. 

Me ayudó un muchacho de catorce o quince años, perteneciente a las Juventudes hitlerianas; disponía de una bicicleta que conseguía hacer avanzar apoyándola directamente sobre las llantas, pues tenía las gomas quemadas.  Trasladábamos a las personas sin sentido hasta el pequeño jardín, donde las descargábamos para volver atrás y recoger otras, y poníamos en el sillón los que tenían los pies abrasados; a los niños los llevábamos a hombros.

Así continuamos trabajando en silencio hasta la mañana, sin detenernos ni un momento para reflexionar.  Si por un solo instante nos hubiéramos detenido a pensar, la desesperación nos habría paralizado.  Pero pertenecíamos a aquella generación que tuvo que aprender, rápidamente, a cumplir el propio deber sin hacer demasiadas preguntas.
 


TITUS20050

Exelente  Zhukov un relato de una realidad brutal, esta mujer ha conseguido plasmar en el relato una realidad dificil de comprender para el que no paso por ella,es muy dificl decir que paso pues en mi caso era un irresponsable chiquilin que asustado o no trataba de suplantar la realidad con los juegos pero, mi madre me cuido siempre y si salimos vivos de los bombardeos fue por ella y su valor para elegir el lugar adecuado para protegernos.
Muchos años despues en oportunidad de hacer el servicio militar en la Policia Federal volvi a sentir el estresante ruido de un cañon de un tanque que atacaba las oficinas de la Alianza Libertadora Nacionalista de extrema derecha cuando se produjo la Revolucion que derroco al Gral. Peron y yo me encontraba como combatiente forzado contra mi voluntad detras del Sherman que disparaba y paso por mi cabeza las experiencias de mi infancia y, fue dificil de soportar

Zhukov

16 de Agosto de 2007, 00:06:01 am #25 Ultima modificación: 02 de Septiembre de 2007, 22:39:35 pm por Zhukov
Relatos de Guerra


La Historia de un Aleman combatiendo junto a los Aliados y un Austriaco prisionero en Buchenwald


Ernst Cramer




"En el año 1938 tenía 24 años y estaba haciendo una práctica en agronomía cuando, el 11 de noviembre, me deportaron a mí y otros compañeros al campo de concentración Buchenwald.
Que tu vida dependa de un día para la otro de alguien, era una experiencia absolutamente nueva y que nadie se esperaba. En esos días lo que se buscaba era hacerles la vida lo más desagradable posible a los judíos para que estos emigraran del país.

"Fuimos llevados a Weimar en un tren especial. Ahí unos guardias uniformados nos bajaron a la fuerza, golpeándonos y con unos gritos horrendos del vagón, para llevarnos a través de un paso nivel al campo.

"Ahí fuimos repartidos entre cinco barracas recién construidas y a través de las cuales soplaba el viento. No tenían ni ventanas ni puertas y sólo un pasillo, y en cada una de ellas se metieron dol mil personas. Con tablas de madera se habían construido camarotes de cinco pisos a una distancia de 60 cm cada uno y los cuales sólo se podía entrar arrastrandose..

"No habían mantas, ni lavaderos...las letrinas aún no estaban terminadas. A nadie se le daba agua potable. Algunos se volvieron locos durante la primera noche. Recuerdo el lugar donde se les golpeaba a los deportados. Aun veo ahorcado a uno de los prisioneros... los golpes con una tabla de madera sobre mi cabeza rapada que me propiciaba un oficial de la SS.

"Me liberaron después de 6 semanas con la condición de que iba a abandonar el país en menos de medio año. De hecho fui uno de los últimos judíos que logró abandonar el país.
Me despedí de mi familia y partí a Estados Unidos donde me radiqué en el estado de Mississippi y comencé a estudiar agronomía.

Esto, hasta que los japoneses atacaron Pearl Harbour y los alemanes le declararon la guerra a Estados Unidos el '41 y me dije: "en verdad ésta es mi guerra por lo que no puedo seguir estudiando y escribir trabajos sobre plantación y cosecha de trigo y maíz, mientras los americanos caen en combate por mi, como decía en ese entonces, 'antiguo país natal'.

"Entré así como voluntario a la fuerza militar en enero de 1942. En 1944 fui trasladado primero a Inglaterra, después a Francia, Luxemburgo hasta llegar finalmente el '45 a Alemania".


La vuelta al país natal


"En el Ejército fui parte de la sección llamadas 'Tácticas psicológicas de guerra' (Psychological Warfare) del tercer regimento.
Este grupo eran los que hablaban alemán y por eso los encargados de dialogar, a través de altoparlantes, con el enemigo en la frontera.
Decíamos cosas como que era absolutamente inútil seguir combatiendo o que las personas que estaban con nosotros, los americanos, estaban viviendo en condiciones mucho mejores que ellos, o les decíamos a los soldados que se querían rendir cómo podían cruzar la frontera sin arriesgar a que los mataran. Pero eso casi nunca fue el caso.

"Todo esto ocurría principalmente en la orilla de los ríos Saar o Mosel donde por un lado nos encontrábamos nosotros, los americanos, y por el otro los alemanes. Muchas veces podíamos vernos los unos a los otros. Ahí tratábamos de conversar con ellos pero, más que palabras, eran disparos los que cruzaban el río.

"Negar que en esos momentos no se tuvo miedo sería una franca mentira. Si tienes el enemigo ahí mismo, disparándote, llegabas a mearte los pantalones. A mí menos mal no me pasó, pero sí a algunos compañeros

"Íbamos cada tres o cuatro días a la frontera y los otros interrogábamos a los soldados prisioneros o escribíamos una suerte de periódico-volante que repartíamos vía aérea en territorio enemigo. Estos volantes tuvieron un efecto muy positivo. Contenían por un lado información dirigida a los civiles que hablaba de la vida de los que no estaban del lado de los alemanes, como también entregaba información sobre los avances de la guerra.

"Estábamos muy bien informados a través de nuestras propias tropas que nos mandaban información desde las diferentes fronteras, información mayoritariamente desfavorable para los alemanes. Lo tuvimos muy fácil. Lo que publicábamos ya era creíble por el simple hecho de que a los alemanes no se les informaba de toda la verdad.

No hay que olvidar que desde más o menos 1935 ya no había diarios objetivos en Alemania y sólo se podía leer prensa nazi que siempre mezclaba propaganda en sus noticias.

"Las interrogaciones a los soldados alemanes prisioneros, de las que estábamos encargadas mi grupo, eran para adquirir más información para nuestro trabajo. La idea era estar al tanto de los movimientos y planes de las tropas enemigas, los cargos y nombre de los altos mandos de su pelotón, el ambiente dentro de sus tropas, en fin, información detallada de ellos que decíamos por altoparlantes o escribíamos en los volantes y que causaban preocupación en los alemanes porque se daban cuenta lo bien informados que estábamos.

"Para eso todo servía. Por ejemplo, el tema de la comida. Cuando ví lo entusiasmados que estaban de la comida los civiles y soldados que habían pasado a nuestro lado, se me ocurrió grabar esto en un vinilo para que los alemanes se dieran centa que en el momento que se entregaban iba a comer mucho mejor, algo muy atractivo a esas alturas porque conseguirse comida y más encima decente era muy difícil. En el fondo generábamos inseguridades y sembrábamos dudas en las tropas enemigas, y eso acelera su hundimiento.

La visita a Buchenwald como soldado americano

"Al campo de concentración Buchenwald fui dos días después de su liberación, el 13 de abril del 1945.

"No avanzábamos muy de prisa. Razón para ello fue principalmente la cantidad de hoyos en la calle producto tanto del contínuo tránsito de las tropas, primero alemanas, y después aliadas, como también de los bombardeos. En el camino estaban tirados tanques y camiones baleados y quemándose. Varias veces tuvimos que dejar pasar camiones que transportaban soldados, vehículos de combate y municiones a la frontera. También nos cruzamos varias veces con ambulancias que llevaban heridos a los campamentos.*

"Los prisioneros en el campo de concentración estaban en un estado que uno no se puede ni imaginar. Lo que vi ahí fue muchísimo peor que todo lo que yo había vivido en mi estadía de 6 semanas. La cantidad de muertos que había, algunos apenas podían caminar, menos huir, otros no se podían ni mover porque eran puro hueso y piel, muchos se desmayaban o ni si quiera pudieron sobrevivir, por lo débiles que estaban.

"Después de esa visita decidí que me iba a quedar en Alemania. Mi idea inicialmente era volver a Estados Unidos para terminar mi carrera, pero quise quedarme para ayudar a reconstruir el país. Eso sí, no me quedé en mi ciudad natal. No estaba preparado emocionalmente. Hubiera sido muy fuerte y la verdad es que no sabía cómo iba a reaccionar en el momento de encontrame con alguno de los que nos trataron tan mal".


El día de la capitulación alemana


"Justo ese día estaba en Augsburg, mi pueblo natal. En esa ocasión un oficial me preguntó si me sentía en casa. Pero eso no fue para nada el caso. Además estaba más preocupado de encontrar algún rastro de mis padres y hermano menor (mi otra hermana también emigró a EE.UU.) que habían sido deportados tres años antes y de los cuales no había vuelto a saber. En ese momento seguía esperanzado de que los iba a encontrar vivos en algún lugar. Pero no fue el caso. Ni siquiera supe si fueron asesinados o no. Sólo sé que nunca más volvieron de la deportación.

"Cuando llegué a mi pueblo natal lo encontré en un estado terrible. Los edificios más importantes estaban destruidos, la municipalidad, las iglesias, las casas, todo estaba en el suelo. Y eso que Augsburg no era una de las ciudades más bombardeadas como, por ejemplo, Dresden, Nürenberg o Berlín, que visité en junio de 1945.

Ésta última ya se encontraba dividida en las cuatro zonas (que delimitaron los Aliados). Los trabajos de limpieza, orden y reconstrucción estaban en plena faena, pero en todos los lados, especialmente en el centro, seguía habiendo cerros y cerros de escombros.

De hecho cuando hice este viaje por Alemania después de la capitulación, y pasé por ciudades como Colonia, que estaba totalmente destruida, o Nürenberg, que aún estaba quemándose, pensé que ni en 100 años iba a ser posible reconstruir Alemania.

"Si ahora me pregunto: ¿Tuve en algún momento sentimientos de venganza? No. Tampoco sentía satisfacción al ver todas las ciudades destruidas. Lo que sí, llegué a sentir franco desprecio por las personas que realmente se portaron mal.

Han pasado 60 años de la guerra pero hay ciertas cosas que nunca se superarán.

Creo que nuca hubo una "hora cero", es más, creo que aún nada ha terminado y que tampoco hay un punto final. Es que no debe haber un punto final".

* (Ernst Cramer, "Rückkehr in die Hölle" publicado en el diario "Die Welt" el 11.04.2005)



Karl Stojka

Nació Wampersdorf, Austria
20 de abril de 1931



Karl era el cuarto de seis niños nacidos de padres gitanos católicos romanos en el pueblo de Wampersdorf en la Austria oriental.

Los Stojka eran parte de una tribu de gitanos llamada los Lowara Roma, que se ganaban la vida como vendedores ambulantes de caballos. Vivían en un vagón donde viajaba la familia, y pasaban los inviernos en Viena, la capital de Austria. Los antecesores de Karl habían vivido en Austria por más de 200 años.

1933-39:

Crecí acostumbrado a la libertad, viajar, y trabajar mucho. En marzo de 1938, nuestro vagón estaba estacionado por el invierno en un campamento de Viena cuando Alemania anexó a Austria justo antes de mi séptimo cumpleaños. Los alemanes nos ordenaron quedarnos quietos. Mis padres convirtieron nuestro vagón en una casa de madera, pero no estaba acostumbrado a tener paredes permanentes alrededor. Mi padre y hermana mayor empezaron a trabajar en una fábrica y yo empecé la escuela primaria.

1940-44:

Para 1943, mi familia había sido deportada a un campo nazi para miles de gitanos en Birkenau. Ahora estábamos encerrados por alambre de púas. Para agosto de 1944 solamente 2.000 gitanos quedaban vivos; 918 de nosotros fuimos puestos en un transporte a Buchenwald para hacer trabajos forzados.

Ahí los alemanes decidieron que 200 de nosotros éramos incapaces de trabajar y teníamos que ser mandados de vuelta a Birkenau. Yo era uno de ellos; pensaban que yo era demasiado joven.
Pero mi hermano y tío insistieron que yo tenía 14 años pero era enano.
Me pude quedar. Los demás volvieron a ser gaseados.

Karl fue deportado al campo de concentración de Flossenbürg. Fue liberado cerca de Roetz, Alemania por las tropas americanas el 24 de abril de 1945. Después de la guerra volvió a Viena.


Fuente :United States Holocaust Memorial Museum, Washington, D.C.

Zhukov

Relatos de Guerra


Un Simple Telegrama


La ciudad alemana de Krefeld se encuentra a escasa distancia de la frontera holandesa, en el extremo más occidental de la gran cuenca industrial del Ruhr.
En los años de la guerra contaba con más de 150.000 habitantes. 
Esta ciudad, la noche del 21 al 22 de junio de 1943 sufrió un ataque por parte de 705 aviones del mando de bombarderos de la RAF.

Bombardeo

Se trató de una incursión típica en muchos de sus aspectos. 
La señal para el comienzo del bombardeo la dio un Mosquito de la unidad Pathfinder (aviones guías), que volaba a alta cota. 
Este avión empleó la denominada técnica de bombardeo Oboe, método de gran precisión, cuya línea de ataque se controlaba constantemente desde las estaciones de radar especiales situadas en Inglaterra.



El Mosquito llevaba a bordo únicamente cuatro de las nuevas bombas iluminadoras para la delimitación del objetivo, dispositivo muy reciente y eficaz que se había adoptado hacía tan sólo una semana. 
Se soltaban como bombas explosivas corrientes, con la diferencia de que estallaban a 300 metros del suelo, lanzando 60 bengalas de un rojo brillante.
Las bengalas se esparcían por el aire y luego caían, formando en el terreno un círculo de fuego de un diámetro de 90 metros. 
Como ardían durante tres únicos minutos, en la incursión sobre Krefeld, que según los planes debía durar 53 minutos, otros aviones guías lo relevarían, como en las antiguas postas, a fin de renovar el lanzamiento de bengalas sobre los objetivos: en total, llevarían a cabo esta misión 85 aviones.




A la 1,32 horas, cinco minutos exactos después del lanzamiento de las primeras bengalas, la oleada inicial de bombarderos, compuesta por 104 Lancaster, confiados a tripulaciones muy seleccionadas, lanzó su carga explosiva sobre las vívidas manchas rojas que ardían en el suelo. 
Los otros 516 bombarderos los seguirían en cuatro oleadas distintas.


Con el fin de contrarrestar eficazmente la reacción de la caza alemana a lo largo de la ruta de aproximación, las tripulaciones de los bombarderos atacantes habían recibido la orden de hacer lo posible para mantener los aparatos unidos, de manera que formasen una «riada» compacta. 

En efecto, el paso de 705 aviones en 53 minutos significaba una media de 14 aparatos por minuto sobre el objetivo.  Y como un caza alemán, guiado por el radar necesitaba unos diez minutos para la interceptación y una estación de radar terrestre sólo podía guiar un caza cada vez, la táctica de mantener los bombarderos concentrados era muy útil para los atacantes.



Los 98 bombarderos Stirling de la 3ª División aérea debían sobrevolar el objetivo desde la 1,49 a la 1,57, en el transcurso de la tercera oleada.  El subteniente W. Skillinglaw, que formaba parte de dicha división, despegó con su Stirting BK-712, del 218 Escuadrón, del aeródromo de Downham Market, cerca de King's Lynn, a las 00,15. El avión llevaba más de 6 toneladas de bombas rompedoras e incendiarias, lo que constituía su carga máxima, que no había sido preciso reducir para dar cabida al carburante de reserva puesto que el recorrido hasta Krefeld y su retorno era inferior a los 800 km de autonomía.


Mientras el supercargado Stirling iba ganando altura, el navegante, sargento McArdle, estaba muy ocupado en su misión específica.  El punto de reunión establecido para los aviones de la tercera oleada era Aldeburgh, en la costa de Suffolk, al sur de Lowestoft.  Desde allí, los bombarderos debían dirigirse hacia el Este-Sudeste, ruta uno-cero-cinco grados, en línea recta hacia Krefeld.

             
Aquella noche prometía ser una desilusión para el subteniente Kühnel y para los hombres de la 13ª compañía del Regimiento de transmisiones 211 de la Luftwaffe.  La estación de radar en la que prestaban servicio, designada con el nombre convencional de «Herrerillo» y situada a 24 km de Bruselas, en dirección Nordeste, había recibido la alarma; pero esta vez las oleadas de los bombarderos británicas pasaban a más de 64 km al norte de la estación, fuera del alcance de su instalación radar de precisión Würzburg gigante.  A la 1,10 horas, todas las estaciones de radar situadas más al Norte, «Hamster», «Mariposa», «Avispa», «Gorila», «Castor» y «Petirrojo», estaban bien ocupadas en dirigir a sus cazas contra los bombarderos que llegaban, mientras para la «Herrerillo» parecía que no había nada que hacer.

Perdidos



Poco después los servicios de Freya, el radar de largo alcance de «Herrerillo», descubrieron un aparato aislado: si éste mantenía la ruta que seguía en aquel momento, no tardaría en acabar dentro del alcance de su radar de precisión.  Pero los hombres que tripulaban el Stirling BK-712 lo ignoraban.  Se desconoce el motivo por el cual Skillinglaw y su tripulación se habían desviado, sobre Bélgica, de la ruta establecida, y ahora, a la 1,15 horas, se dirigían a Krefeld en dirección Este.  Pero entre ellos y el objetivo se interponía la estación de radar «Herrerillo».



Y sobre la mencionada estación de radar estaba dando vueltas, a bordo de un Messerschmitt-11O, el subteniente Heinz Wolfang Schnaufer, un piloto de veinte años que pertenecía al 2º Grupo de la 1ª División de cazas nocturnos.  Schnaufer había despegado del aeródromo de Saint-Trond, cerca de Bruselas, a las 00,54.  A al 1,20 horas, Kühnel le informó por radio de que se estaba aproximando un objetivo por el Oeste.


Una de las instalaciones de radar Würzburg, de la estación «Herrerillo», comenzó a seguir imnediatamente a Schnaufer, quien ya se dirigía al Oeste para interceptar al enemigo. 
Mientras tanto, el suboficial Deller y sus seis hombres, encerrados en la cabina del segundo Würzburg, trataban de localizar al intruso en sus pantallas.  A la 1,26 establecieron contacto con el Stirling: «objetivo a 34 km de distancia, 4300 m de altura, rumbo 285º». 

En la pantalla de vidrio esmerilado de la estación de radar «Herrerillo», la luz roja que representaba la posición de Schnaufer, se le aproximaba lenta e inexorablemente.  Medio minuto antes de que los dos aparatos, que volaban en direcciones casi diametralmente opuestas, se encontrasen, Kühnel ordenó a Schnaufer que virase a la derecha, describiendo casi un semicírculo. El piloto del Messerschmitt siguió rigurosamente las instrucciones, colocándose así a la cola del Stirling, cuya tripulación permanecía totalmente ajena al peligro.




En la cola del fuselaje del Messerschmitt, el operador de radar de Schnaufer, el subteniente Baro, inclinado sobre las pantallas, percibió finalmente lo que estaba buscando: una pequeña mancha luminosa, al principio apenas localizable, pero que luego se fue haciendo cada vez mayor y que surgía del revoloteo en la línea de base del osciloscopio: «Contacto a estribor, distancia 2500 metros».

Baro comenzó a transmitir a Schnaufer las informaciones respecto de los movimientos del bombardero y así continuó, sin interrupción, hasta la 1,30 horas, cuando el joven piloto alemán pudo distinguir, a 450 metros a la derecha y por encima de él, las llamas que salían de los tubos de descarga de gases del Stirling.

 

Uno de los ametralladoras del bombardero inglés vio entonces al aparato alemán mientras se aproximaba desde abajo y, en un intento por librarse del perseguidor, Skillinglaw lanzó bruscamente su avión en barrena.

Pero todo fue inútil.  El piloto alemán se aproximó hasta 45 metros, disparando con su potente armamento cada vez que podía tener al adversario en su punto de mira. 
El Stirling se estremeció al impacto de los disparos; luego, el fuselaje y las alas empezaron a arder.
             
El suboficial Scheflenburg, de guardia en la 13ª compañía, en la terraza de la estación «Herrerillo», había seguido el combate que se desarrolló a 4000 metros por encima de él.  También los siguió, en las pantallas de radar, el suboficial Deffer.  Mientras el bombardero caía, anotó con cuidado la posición en la cual la señal luminosa había desaparecido del radar: en aquel punto, con las primeras luces del alba, empezaría la búsqueda de los restos.


Derribo:Solo un telegrama.


Apenas despuntó el día el subteniente Kuhnel fue en busca de dichos restos, como era, desde luego, su deber, para verificar la exactitud del informe de Schnaufer.  No fue una búsqueda difícil.  Y cuando regresó al mando Kühnel comunicó a sus superiores:

«Los restos se encuentran a 3 km al nordeste de Aarschot, referencia en la carta topográfica NK 31B. Los siete hombres de la tripulación enemiga están muertos, encontrándose sus cadáveres entre los restos del avión, algunos completamente carbonizados. 
El Short Stirling ha quedado totalmente destruido en la caída que siguió al incendio.  Los planos y timón de cola y la torreta posterior se encuentran a unos 1500 metros del lugar de la caída.»




El Stirling de Skillinglaw era la decimotercera «víctima» de Schnaufer. 
En el curso de la incursión sobre Krefeld el mando de bombarderos británico perdió otros 41 aviones, alrededor del 6 por ciento de las fuerzas empleadas; lo que quería decir que a la noche siguiente participarían en su primer ataque aéreo unas 40 nuevas tripulaciones. 

Sin embargo, también Krefeld sufrió duramente aquella noche del verano de 1943.  Skillinglaw y sus compañeros no llegaron a su objetivo; pero sí llegaron los demás aparatos, y casi la mitad de Krefeld quedó reducida a un montón de escombros bajo un bombardeo extraordinariamente concentrado, en el que perdieron la vida más de 1000 de sus habitantes. 

Era aquella una guerra larga y dolorosa para todos; para los bombarderos de la RAF y para el pueblo alemán


Stauffenberg

Buen relato Zhukov  ;)

Saludos

STEINER M


Balthasar Woll

No esta nada mal Zhukov.

Saludos