El amor en tiempos de guerra

Iniciado por Sikorski, 03 de Febrero de 2010, 09:52:52 am

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Sikorski

Siempre se ha dicho que los conflictos bélicos extraen lo peor que llevamos dentro. Pero también en la historia de la Segunda Guerra Mundial se dieron historias en las que florecieron lo mejor de la condición humana. Entiéndase el amor en tiempos de guerra no sólo en el contexto pasional y sexual, sino también en otras clases de amor (ya sea paterno-filial, de amistad, etc...).
Sirvan estas historias como especial y humilde homenaje a aquellas personas que vivieron lo humanamente inimaginable y que sobrevivieron gracias al amor expresado por otras personas.
La primera historia ha sido extraída del libro "Auschwitz, los nazis y la solución final" de Laurence Rees y acontece en uno de los lugares más horribles que ha generado el ser humano, Auschwitz:

La relación entre Helena Citrónová y Franz Wunsch es uno de los episodios
más extraordinarios de la historia de Auschwitz. Helena llegó a
Auschwitz en marzo de 1942 en uno de los primeros transportes
enviados desde Eslovaquia. Su experiencia inicial en el campo no
fue nada fuera de lo común: una historia de hambre y abusos físi-
cos. Durante los primeros meses trabajó en un comando exterior
demoliendo edificios y cargando escombros. Dormía sobre paja in-
festada de pulgas y miraba aterrorizada cómo las demás mujeres que
la rodeaban comenzaban a abandonar toda esperanza y a morir.
Una de sus mejores amigas fue la primera que perdió la vida. Ella,
cuenta Helena, «vio todo lo que la rodeaba» y dijo: «no quiero vi-
vir un minuto más». A continuación la joven comenzó a gritar de
manera histérica y entonces los SS se la llevaron y la mataron.



Helena comprendió --al igual que otros-- que para sobrevi-
vir necesitaba encontrar trabajo en un comando físicamente menos exigente.
Otra mujer eslovaca a quien Helena conocía se encontra-
ba en ese momento trabajando en el «Canadá» y le sugirió una for-
ma de entrar allí: si Helena estaba dispuesta a ponerse la pañoleta
blanca y el vestido a rayas de una de las trabajadoras del comando
«Canadá» que acababa de morir, podría unírseles y trabajar al día
siguiente dentro de los barracones donde se clasificaba la ropa. La
muchacha hizo exactamente lo que su amiga le aconsejó, pero por
desgracia la Kapo advirtió que ella era una «infiltrada» y le aseguró
que al regresar al campo principal sería trasladada al Comando Pe-
nal. Helena sabía que ello equivalía a una sentencia de muerte:
«Pero no me importó, porque pensé: "Bueno, al menos pasaré un
día bajo techo"».



Sin embargo, el primer (y potencialmente último) día de He-
lena en el «Canadá» coincidió con el cumpleaños de uno de los
hombres de la SS encargados de supervisar el trabajo en el barra-
cón de clasificación. Ese hombre era Franz Wunsch. «Durante la
hora de la comida --cuenta Helena--, ella [la Kapo] nos pregun-
tó si alguna de nosotras sabía cantar o recitar algo bonito, pues ese
día era el cumpleaños del hombre de la SS. Una muchacha griega,
llamada Olga, dijo que ella sabía bailar, y que podía bailar sobre
una de las grandes mesas donde doblábamos la ropa. Y como yo te-
nía una voz muy hermosa, la Kapo quiso saber si de verdad podía
cantar en alemán. Pero yo dije que no, porque no quería cantar allí.
Sin embargo, me obligaron a hacerlo. Así que canté para Wunsch
con la cabeza mirando hacia abajo, sin atreverme a mirar su uni-
forme. Yo lloraba mientras cantaba y de repente, al terminar la can-
ción, lo escuché decir "Bitte". En voz baja, me pidió que volviera a
cantar ... Y las muchachas decían: "Canta, canta, tal vez así te deje
quedarte aquí". Y entonces volví a cantar la misma canción, una
canción alemana que había aprendido [en la escuela]. Fue así como
él se fijó en mí, y a partir de ese momento, creo, se enamoró. Eso
fué lo que me salvó.»



Wunsch solicitó a la Kapo que se asegurara de que la mucha-
cha que acababa de cantar para él de forma tan memorable regresara
al día siguiente a trabajar en el «Canadá», y con esta petición
le salvó la vida a Helena, quien se libró de ir al Comando Penal y
se convirtió en trabajadora fija del centro de clasificación. No obs-
tante, mientras Wunsch la miraba con dulzura desde su primer
encuentro, al principio Helena lo «odiaba». Ella había oído que él
podía ser violento, pues otras internas le habían contado el rumor
de que había matado a un prisionero que se dedicaba al contra-
bando. Sin embargo, con el paso de los días y las semanas, Helena
observó que él continuaba tratándola con amabilidad. Y cuando
Wunsch tuvo una licencia se las arregló para enviarle cajas de «ga-
lletas», que le eran entregadas utilizando como intermediario a un
pipel (los jovencitos que trabajaban como criados de los Kapos). Y
a su regreso, Wunsch empezó a hacer algo aún más atrevido: en-
viarle notas. «Cuando volvió al barracón donde trabajábamos pasó
a mi lado y me lanzó una nota y yo tuve que destruirla enseguida,
pero alcance a ver que decía: "Amor. Estoy enamorado de ti". Me
sentí miserable. Pensé que prefería estar muerta a estar con al-
guien de la SS.»

[continuará]


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Wunsch tenía su propia oficina dentro del «Canadá» e inten-
tó inventar excusas para conseguir que Helena viniera a verlo. En
alguna ocasión, le pidió que le arreglara las uñas. «Estábamos so-
los», cuenta Helena, «y entonces me dijo: "Arréglame las uñas para
que pueda verte durante un minuto". Y yo le dije que no: "En ab-
soluto, he oído que mataste a alguien, a un joven, junto a la alam-
brada". El siempre sostuvo que eso no era verdad ... Y le dije: "No
me traigas a este lugar ... ni manicuras, nada. Yo no hago manicu-
ras". Entonces me di la vuelta y le dije que me marchaba: "No pue-
do verte nunca más". Pero él me gritó, de repente se había conver-
tido en un SS: "Si pasas por esa puerta no vivirás". Y sacó su pistola
y me amenazó con ella. Me amaba, pero su honor y su orgullo ha-
bían sido heridos: "¿Qué pretendes al marcharte sin mi autoriza-
ción?". Entonces le dije que me disparara: «¡Dispárame! Prefiero
morir a Jugar este doble Juego". Y él, por supuesto, no lo hizo,y yo
abandoné la habitación.»



Sin embargo, con el tiempo Helena empezó a entender que,
por increíble que le pareciera en un primer momento, podía con-
tar con Wunsch. Conocer lo que Wunsch sentía por ella le daba
cierta «sensación de seguridad. Yo pensaba: "Esta persona no per-
mitirá que me pase nada"». Esta emoción se haría más compleja el
día que se enteró, gracias a una compañera eslovaca, de que habían
visto a su hermana Rózinka y sus dos hijos en el campo y, peor
aún, que los habían llevado al crematorio. Helena escuchó estas
devastadoras noticias después del trabajo, cuando se encontraba ya
en su barracón en Birkenau. A pesar del toque de queda, salió de
su bloque y corrió hasta el crematorio, que estaba más o menos
cerca. Poco tiempo después, Wunsch fue informado de lo que ella
pretendía hacer y la alcanzó de camino al crematorio. Lo prime-
ro que hizo fue gritar a los demás miembros de la SS que ella era
«una excelente trabajadora en su almacén», y luego la tiró al suelo
y empezó a golpearla por haber quebrantado el toque de queda, de
modo que ninguno de los SS que estaban cerca pudiera llegar a
pensar que existía alguna relación entre ambos. A Wunsch le ha-
bían dicho que Helena se dirigía al crematorio porque su herma-
na había sido llevada allí, así que le preguntó: «Rápido, dime e
nombre de tu hermana antes de que sea demasiado tarde». Hele
na le dijo que su hermana se llamaba Rózinka y que, según le ha
bían informado, había llegado con sus dos hijos pequeños. «¡Lo
niños no pueden vivir aquí!», le dijo él antes de entrar corriendo e
el crematorio.



Wunsch consiguió encontrar a Rózinka en el edificio y sacarla
fuera de allí con la excusa de que era otra de sus trabajadoras.
Sin embargo, sus dos hijos murieron en la cámara de gas. Wunsch
las arregló luego para que Rózinka pudiera trabajar junto a Helena
en el «Canadá». «Mi hermana no podía entender en qué lugar se
hallaba --sostiene Helena--. Se le dijo que debía trabajar y que sus
hijos habían sido llevados a un jardín infantil:
la misma clase de estos edificios estaba el lugar en que vivían los niños. "¿Y puedo
ir a visitarlos?", quiso saber. Y yo le respondí: "Hay días en que te
dejan hacerlo".»

[continuará]



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que triste historia, todo lo que suene a campo de concentración....

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Las demás mujeres que trabajan en el «Canadá» observaron lo
mucho que estaban afectando a Helena las constantes preguntas de
su hermana sobre el destino de sus hijos. Así que un día le dijeron
a Rózinka: «¡Deja de dar la lata! Los niños se han ido. ¿Ves el fue-
go? ¡Es allí donde queman a los niños!». Rózinka quedó conmo-
cionada. Se volvió apática y «perdió todo deseo de vivir». Fueron
los cuidados y la atención constante de Helena los que le permi-
tieron sobrevivir durante los siguientes meses.

Aunque destruida emocionalmente tras comprender que sus
hijos habían sido apartados de su lado para ser asesinados, Rózinka
tenía la suerte de estar todavía viva. Y, gracias a la protección de su
hermana, sobrevivió a la guerra. Las demás trabajadoras del «Cana-
dá» las miraban con sentimientos encontrados. «Mi hermana esta-
ba viva y las suyas no --dice Helena--. La cuestión era que mi her-
mana había llegado y que él [Wunsch] había salvado su vida. ¿Por
qué semejante milagro no les había ocurrido a ellas, que, en cambio,"
habían perdido todo su mundo, sus hermanos, sus padres, sus her-
manas? Incluso aquellas que se alegraban por mí no se alegraban
tanto. No podía compartir lo que sentía con mis amigas. Les tenía
miedo. Todas sentían envidia, me envidiaban. Una de ellas, una mu-
jer muy hermosa, me dijo un día: "Si Wunsch me hubiera visto an-
tes que a ti, se habría enamorado de mí".»



Los sentimientos de Helena hacia Wunsch cambiaron radi-
calmente después de que éste salvara la vida de su hermana: «Con
el paso del tiempo, llegó un momento en que de verdad lo amé.
Arriesgó su vida [por mí] más de una vez». No obstante, esta re-
lación nunca llegó a consumarse, a diferencia de lo ocurrido con
otras en Auschwitz: «Los prisioneros judíos se enamoraban de
toda clase de mujeres mientras trabajaban. Y de vez en cuando de-
saparecían en los barracones en los que se doblaba la ropa para
practicar el sexo allí. Cuando lo hacían tenían a alguien vigilando
de tal manera que si algún SS se acercaba pudieran ser advertidos.
Yo no pude porque él [Wunsch] era un SS». Su relación consistió en
miradas, palabras pronunciadas deprisa y notas garabateadas: «Gi
raba a la derecha y a la izquierda, y cuando veía que no había na-
die que pudiera escucharnos, me decía: "Te amo". El me hacía sen-
tir bien en ese infierno. Me animó. Eran sólo palabras, muestras de
un amor loco que nunca podría hacerse realidad. Ningún plan ha-
bría podido hacerse realidad allí. No era realista. Pero había mo-
mentos en los que me olvidaba de que era judía y de que él no era
judío. De verdad... y lo amaba. Pero no podía ser real. Allí pasaban
muchas cosas, amor y muerte, sobre todo muerte». Sin embargo
con el tiempo «todo Auschwitz» estuvo enterado de los sentimien-
tos de ambos, y fue entonces inevitable que alguien informara so-
bre ellos. Si quien lo hizo fue un prisionero o un miembro de la SS
es algo que no sabremos; pero el hecho, como dice Helena, es que
«alguien se chivó».



Un día, mientras se dirigía de regreso al campo después de tra-
bajar, una Kapo ordenó a Helena apartarse de la fila. Luego fué
trasladada al bunker de castigo en el Bloque 11. «Todos los días me
sacaban y me amenazaban diciéndome que si no les contaba que
había pasado con este soldado de la SS, me matarían en ese mis-
mo instante. Yo permanecía de pie e insistía en que nada había ocu
rrido.» Wunsch había sido arrestado al mismo tiempo y, al igual
que Helena, negó al ser interrogado que existiera cualquier tipo de
relación entre ambos. Los interrogatorios prosiguieron durante cin-
co días, tras los cuales los dos fueron liberados. Helena fue poste-
riórmente «castigada» y obligada a trabajar sola en una sección de le
barracones del «Canadá», lejos de las demás mujeres, y desde en-
tonces Wunsch tuvo la precaución de mostrarse más circunspecto
en sus intercambios con ella. Sin embargo, como veremos en la última parte de esta historia
Wunsch siguió protegiendo a Helena y su hermana
hasta que Auschwitz dejó de existir.
EPÍLOGO
Hacia el final de la guerra en el campo de Auschwitz se produjo la evacuación.
Vestidos con las prendas ligeras que los nazis les proporciona-
ban en el campo, las cuales, evidentemente, no ofrecían protección
adecuada contra la nieve y el viento glacial del invierno polaco, los
prisioneros fueron evacuados de Auschwitz y reunidos en la carre-
tera para comenzar la marcha. En ese momento el SS Franz
Wunsch tuvo el último gesto hacia la mujer que amaba, la prisio-
nera judía Helena Citrónová. Mientras Helena, temblando de frío,
esperaba junto a su hermana Rózinka el inicio de la marcha, cer-
ca de las puertas del campo, Wunsch le trajo «dos pares de zapatos
calientes: botas forradas en piel. Todos los demás, pobres, tenían
zuecos rellenos con periódicos. El ponía realmente en peligro su
vida [al dárnoslas]». Wunsch le dijo que a él lo enviarían al frente,
pero que su madre, que vivía en Viena, se ocuparía de ella y de su her-
mana porque, siendo judías, al final de la guerra no tendrían «nin-
gún lugar al que ir». El alemán introdujo un pedazo de papel con la
dirección de su madre en la mano de Helena, pero una vez se hubo
marchado ésta recordó las palabras de su padre: «No olvides quién
eres». Su padre le había subrayado que tenía el deber de recordar
--«soy un judío y tengo que seguir siendo un judío»--, y, en con-
secuencia, se deshizo de la dirección de la madre de Wunsch.
Nunca más se volvieron a ver.
[FIN]





josmar

Triste y hermosa historia, con un final agridulce... #@5

jCr

Un relato muy triste el que ha relatado el compañero Sikorski, un amor "prohibido" que no tuvo final feliz, como otros tantos en la historia... #@20 #@20 #@20

Saludos!!!

Sikorski

Traslado aquí una historia que ya puse en otro foro, pero es más apropiado que esté aquí. Es una historia proveniente del sitio de Leningrado, una historia que trasciende la guerra y el tiempo.

"A finales de marzo de 1942, todo el personal militar que no era estrictamente necesario fue evacuado del bastión en peligro. Para la enfermera Olga Budnikova aquella partida fue muy dolorosa, ya que se había enamorado de uno de los oficiales de la división, Boris Agrachev. Le dio a Boris su pequeña pistola Browning de recuerdo. "Va bien para suicidarse", contestó amargamente.
La versión oficial dijo que la harapienta banda de supervivientes había sido evacuada a un lugar seguro en abril de 1942, pero Olga no consiguió encontrar a Boris, y nunca dejó de preguntarse que habría sido de él. En realidad, él y sus camaradas fueron atacados por alemanes. En 1991, un grupo de arqueólogos que trabajaba en el campo de batalla llevó a cabo unas excavaciones en el último puesto del comando. Encontraron once cuerpos, entre ellos el de Agrachev. Los hombres se habían quedado sin municiones y habían intentado repeler al enemigo con palas.
Cincuenta años después de haberse separado del hombre al que amaba, Budnikova asistió a la conmovedora ceremonia en la que se dio sepultura a los muertos. Durante ésta, alguien le dio una cajita de madera encontrada junto al cuerpo de Agrachev. Contenía una nota escrita a toda prisa que decía simplemente: "Olga, lo siento muchísimo""


"El Sitio de Leningrado 1941-1944" de Michael Jones.
Editorial Crítica, 2008. Páginas 324 y 325.

Sikorski

"En un lugar al margen de la batalla, la paz hizo su entrada solo por un momento. Dos jóvenes soldados americanos vagaban con un camarada herido en Nochebuena por el bosque de Hürtgen; habían perdido a su tropa y llamaron a la puerta de la finca. . La dueña de la casa la abrió. Vio que uno de los soldados estaba herido y le cuidó. Para celebrar el día, prepararon una cena de Navidad con carne de ave. De repente, alguien llamó a la puerta. Esta vez, cuatro jóvenes soldados alemanes estaban en la nieve. La mujer dijo:

-   Pueden entrar, pero tenemos huéspedes que ustedes quizás no consideren como sus amigos.

-   ¿Quién está dentro?-preguntó el suboficial que mandaba el grupo con brusquedad.

-   Americanos.

Se sucedieron miradas furiosas. Pero antes de que alguno pudiese recurrir a las armas, la mujer dijo con una franqueza desarmante:

-   Escuchad, podríais ser mis hijos, y éstos de aquí dentro también. Uno de ellos está herido y agonizando. Y sus camaradas están hambrientos y cansados como vosotros. Esta noche no pensemos en matar.
Durante unos segundos dominó el silencio. Al final, todos estaban sentados pacíficamente alrededor de la mesa cantando canciones navideñas. Al día siguiente, los alemanes indicaron a los americanos el camino hacia su unidad."


LOS NIÑOS DE HITLER
Guido Knopp
Planeta de Agostini
Pág. 369

ULRICH



Título:Boda en Auschwitz.
Autor:Erich Hackl.
Editorial:Destino
ISBN:84-233-3653-0.

Boda en Auschwitz narra la historia del austriaco Rudi Friemel y la española Marga Ferrer que se conocienron en la Guerra Civil española, se separaron en numerosas ocasiones por los acontecimientos y, finalmente, consiguieron legalizar su situación en una condiciones aparentemente imposibles: Rudi estaba recluido en el campo de concentración de Auschwitz desde 1942 y, en 1944, Marga obtiene permiso para una visita de un día con el objeto de celebrar la ceremonia de matrimonio.
Fuera un momento de debilidad y humanidad o un acto de cruel cinismo por parte del régimen nazi, lo cierto es que esta historia no es un mero relato real de bodas y ceremonias, sino que marca un punto de inflexión en uno de los campos de concentración más duros de la Segunda Guerra Mundial. Una novela que se adentra en los entresijos del amor y de la esperanza pero sobre todo, en los límites de la resistencia del ser humano..



UN SALUDO.

Eversti


ULRICH

 Fué ahorcado públicamente en el mismo Auschwitz junto con otros cuatro presos políticos ante unos quince mil confinados: se había descubierto su participación en el plan de una fuga que terminó en fracaso. Triste final.  #@3

Eversti