El Hombre en Busca de Sentido: Un psicólogo en los campos de concentracion.

Iniciado por Lenz Guderian, 10 de Septiembre de 2008, 20:56:42 pm

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Lenz Guderian

10 de Septiembre de 2008, 20:56:42 pm Ultima modificación: 12 de Noviembre de 2008, 18:10:23 pm por Lenz Guderian
Nota preliminar: El siguiente tema no busca enmarcarse en ninguna discusión o polémica acerca del holocausto y sus dimensiones. Lo sucedido aquí forma parte ya del saber universal; y fácilmente podria extrapolarse para entender otros esenarios (Guantáno, las cárceles de Pol Pot o el Hanoi Hilton. Su proposito es adentrarse en la la vida psicológica de los prisioneros de los campos a traves del testimonio de uno de ellos. Con esta finalidad he seleccionado textos que resulten de lo más significativo sacrificando las descripciones vívidas en pos de las conclusiones  a las que el autor arriba tras vivenciar dichas experiencias.

"¿Cómo pudo el todo lo había perdido, que había visto destruir todo lo que valía la pena, que padeció hambre, frío,brutalidades sin fin, que tantas veces estuvo a punto del exterminio-, cómo pudo alguien en esas circunstancias aceptar la vida como digna de vivirla?"

Con este cuestionamiento he querido abrir este tema, del cual me ha sido difícil determinar con justeza el enfoque adecuado para su abordaje en este foro. Sin duda era para mi una deuda de hacia tiempo incluir este tema que resulta una convergencia única tanto en el mundo de la psicología como para el interés por el desarrollo del mayor conflicto bélico de la historia.

Combinare aquí las fuentes del relato con la exposición teorética del autor (http://www.wordreference.com/es/en/frames.asp?es=teorética) de los resultados que se derivan de dichas experiencias. este tema constituirá, pues un ensayo de síntesis de la obra principal del autor.

La figura central es el señor Victor Frankl; Neurólogo, Psiquiatra mpsicólogo y filósofo austriaco, que tuvo una doble formación. Por un lado es parte integral del movimiento psicoanalítico fundado por Sigmund Freud (1856-1939), y además de la filosofía existencialista de su tiempo (Heidegger, Jaspers) y por otro es un sobreviviente de los campos de concentración trabajo forzoso de la alemania de la segunda guerra mundial. En ellos tanto su esposa como sus padres fallecerían, siendo él un sobreviviente de este oscuro periodo de la historia.

Para efectos de su obra Viktor Frankl no considera necesario describir tanto, el espanto y el horror de la vida en el campo de concentración, éstos permanecen más bien en un segundo plano. Su interés reside en el hombre concreto y en cómo éste logra de hecho sobrellevar la opresión de una situación tan extrema. El Dr. Frankl no culpa, no juzga ni acusa. Se queda por completo dentro de los límites de la vivencia y de la superación de lo que es insoportable. Revela y a la vez advierte de lo que el hombre es capaz, tanto por las atrocidades que podemos infligirnos unos a otros como por el sufrimiento firme e inquebrantable, por cómo podemos soportarlo y finalmente, incluso, acabar con él

A través de éste radical tiempo de su vida Frankl pudo formular un nuevo enfoque psicoterapéutico que conjuga las dos mencionadas grandes influencias en su vida: El existencialismo y el psicoanálisis, para dar como resultado  Logoterapia, considerada la Tercera Escuela Vienesa de Psicología, después del Psicoanálisis de Freud y de la Psicología Individual de Alfred Adler, escuela que actualmente cuenta con difusión y acptacion a nivel mundial. Victor Frankl sin querer es tal vez uno de esos "iluminados" de nuestro tiempo. aun y cuando su intención es científica y sería, el gran periplo de su vida ha permeado al gran público, por lo que no es difícil encontrarlo como fuente tanto en las discusiones académicas serias como en los libros de superación personal.

El Aunchluss llega cuando Frankl ya es una figura con cierto reconocimiento por su práctica médica. Frankl es nombrado en 1939, jefe del Departamento de Neurología del Hospital Rothschild de Viena. En los primeros años de la guerra Viktor trató de obtener una Visa para trasladarse a los Estados Unidos, sin embargo, la respuesta no se le dió hasta el año de 1941.Esto le ocasionó una disyuntiva entre la perspectiva de emigrar pacíficamente -dejando atras a su familia y a su practica clínica- y la de enfrentar un régimen cada vez más hostil.

"...era libre para marcharme, desarrollar y defender mi teoría. Mis padres estaban contentísimos y compartían conmigo la alegría de verme a salvo en el extranjero, sin embargo, no me decidí a usar el deseado pasaporte, pues sabía que al poco tiempo de marcharme mis ancianos padres serían deportados a cualquier campo de concentración. La duda me corroía".

"Y como dije, yo no sabía qué hacer. Así pues, con mi portafolios cubrí la estrella amarilla que tenía que usar en mi abrigo y me senté una noche en la catedral más grande en el centro de Viena. Había un concierto de órgano y pensé: siéntate, escucha la música y considera toda la pregunta. Descansa Viktor, pues estás muy distraído. Solamente contempla y medita lejos del ajetreo de Viena. Entonces me pregunté a mí mismo qué hacer. Debía yo sacrificar a mi familia por el bien de la causa a la que había dedicado mi vida, o debía sacrificar esta causa por el bien de mis padres. Cuando uno está confrontado con esta clase de preguntas, uno ansía una respuesta del cielo".

"Yo dejé la catedral y me fui a casa. Ahí sobre el aparato de radio estaba un pedazo de mármol. Le pregunté a mi padre qué era eso. Él era un judío piadoso y los había tomado del lugar donde estuvo la sinagoga más grande de Viena. Esta piedra fue parte de las tablas que contenían los Diez Mandamientos. En la piedra estaba grabada en dorado una letra hebrea. Mi padre me dijo que la letra aparecía solamente en uno de los Mandamientos, en el Cuarto Mandamiento que dice: Honra a tu padre y a tu madre y tú estarás en la tierra prometida. Después de eso, decidí permanecer en Austria y dejar que mi Visa americana caducara".
En el mes de noviembre expira la Visa de salida para Estados Unidos.

El 17 de diciembre de 1941, Viktor contrae matrimonio con Tilly Grosser en el registro civil de Leopoldstad, Viena. Meses después los nazis obligaron a Tilly a abortar a su primer hijo

A los 37 años de edad, en septiembre de 1942, el Dr. Viktor Frankl, es deportado al campo de concentración de Theresienstadt junto con su esposa y sus padres. Le asignan como prisionero el número 119,104.

Su padre muere en el campo de Theresienstadt el 13 de febrero de 1943, a causa de la debilidad por hambre y dos neumonías con edema pulmonar terminal, a los 82 años de edad.

En octubre de 1944, Viktor se despide de su madre porque es trasladado a Auschwitz con su esposa, posteriormente, ambos pasan a dos campos filiales de Dachau: Kaufering III y Turkheim. En este mismo mes y año, su madre es trasladada a Auschwitz y muere en la cámara de gas a los 65 años de edad

En Auschwitz, también sería separado para siempre de su esposa Tilly, quien muere en el campo de concentración de Bergen-Belsen, después de la liberación de los ingleses en agosto de 1945. Se desconoce la causa exacta de su muerte. Lo único cierto es el plazo tardío, en el cual, la supervivencia y el regreso al hogar ya hubieran sido teóricamente posibles; lo anterior, hace que su muerte sea mucho más trágica. Se cree que debilitada en extremo por el hambre, probablemente murió pisoteada por la multitud que se agolpaba contra la puerta durante la liberación del campo de concentración.


Aquí es donde empieza nuestro relato...


Lenz Guderian

10 de Septiembre de 2008, 21:02:17 pm #1 Ultima modificación: 10 de Septiembre de 2008, 22:11:31 pm por Lenz Guderian
Todas las citas aquí vertidas provienen de "El hombre en busca de sentido" Victor Frankl, ed. Herder Barcelona 1991 ISBN 84-254-1101-7

¿Porqué no se suicida usted?: Vivir es sufrir; sobrevivir es hallarle sentido al sufrimiento. Si la vida tiene
algún objeto, éste no puede ser otro que el de sufrir y morir. : "Quien tiene un porque para, vivir, encontrará
casi siempre el como" (Nietzsche)

¿Cómo incidía la vida diaria de un campo de concentración en la mente del prisionero medio?

El relato de Frank, no es un libro un libro sobre el sufrimiento y la muerte de grandes héroes y mártires, ni sobre los preeminentes "capos" (Entendidos éstos como prisioneros seleccionados para fungir como guardias) --prisioneros que actuaban como especie de administradores y tenían privilegios especiales-- o los prisioneros de renombre. Es decir, no se refiere tanto a los sufrimientos de los poderosos, cuanto a los sacrificios, crucifixión y muerte de la gran legión de víctimas desconocidas y olvidadas, pues era a estos prisioneros normales y corrientes, que no llevaban ninguna marca distintiva en sus mangas, a quienes los "capos" realmente despreciaban.

No es la intencion mía ni del autor hacer énfasis en las experiencias de los campos, pues como él mismo reconoce éstas se han descrito exhaustivamente mejor por otras plumas. sin embargo éstas son necesarias en la medida en que servirán de base para la cimentación de algunos principios de su análisis existencial.



Selección activa y pasiva

Es muy fácil para el que no ha estado nunca en un campo de concentración hacerse una idea equivocada de la vida en él, idea en la que piedad y simpatía aparecen mezcladas, sobre todo al no conocer prácticamente nada de la dura lucha por la existencia que precisamente en los campos más pequeños se libraba entre los
prisioneros, del combate inexorable por el pan de cada día y por la propia vida, por el bien de uno mismo y por la propia vida, por el bien de uno mismo y por el de un buen amigo. Pongamos como
ejemplo las veces en que oficialmente se anunciaba que se iba a trasladar a unos cuantos prisioneros a un campo de concentración, pero no era muy difícil adivinar que el destino final de todos ellos sería sin duda la cámara de gas. Se seleccionaba a los más enfermos o agotados, incapaces de trabajar, y se les
enviaba a alguno de los campos centrales equipados con cámaras de gas y crematorios. El proceso de selección era la señal para una abierta lucha entre los compañeros o entre un grupo contra
otro.

Mientras estos prisioneros comunes tenían muy poco o nada que llevarse a la boca, los "capos" no padecían nunca hambre; de hecho, muchos de estos "capos" lo pasaron mucho mejor en los campos que en toda su vida, y muy a menudo eran más duros con los prisioneros que los propios guardias, y les golpeaban con
mayor crueldad que los hombres de las SS.

Volvamos al convoy a punto de partir. No había tiempo para consideraciones morales o éticas, ni tampoco el deseo de hacerlas. Un solo pensamiento animaba a los prisioneros: mantenerse con vida para volver con la familia que los esperaba en casa y salvar a sus amigos; por consiguiente, no dudaban ni un momento en arreglar las cosas para que otro prisionero, otro "numero", ocupara su puesto en la expedición.

De lo expuesto hasta ahora se desprende que el proceso para seleccionar a los "capos" era de tipo negativo; para este trabajo se elegía únicamente a los más brutales (aunque había algunas felices excepciones). Además de la selección de los "capos", que corría a cargo de las SS y que era de tipo activo, se daba una especie de proceso continuado de autoselección pasiva entre todos los prisioneros. Por lo general, sólo se mantenían vivos
aquellos prisioneros que tras varios años de dar tumbos de campo en campo, habían perdido todos sus escrúpulos en la lucha por la existencia; los que estaban dispuestos a recurrir a cualquier medio, fuera honrado o de otro tipo, incluidos la fuerza bruta, el robo, la traición o lo que fuera con tal de salvarse. Los que hemos
vuelto de allí gracias a multitud de casualidades fortuitas o milagros --como cada cual prefiera llamarlos-- lo sabemos bien:

los mejores de entre nosotros no regresaron.

Es difícil intentar una presentación metódica del tema, ya que la psicología exige un cierto distanciamiento científico. ¿Pero es que el hombre que hace sus observaciones mientras está prisionero puede tener ese distanciamiento necesario? Sólo los que son ajenos al caso pueden garantizarlo, pero es mucha su lejanía para que lo que puedan decir sea realmente válido.

Únicamente el que ha estado dentro sabe lo que pasó, aunque sus juicios tal vez no sean del todo objetivos y sus estimaciones sean quizá desproporcionadas al faltarle ese distanciamiento

"No nos gusta hablar de
nuestras experiencias. Los que estuvieron dentro no necesitan de
estas explicaciones y los demás no entenderían ni cómo nos
sentimos entonces ni cómo nos sentimos ahora."


PRIMERA FASE: INTERNAMIENTO EN EL CAMPO

Al examinar e intentar ordenar la gran cantidad de material recogido como resultado de las numerosas observaciones y experiencias de los prisioneros, cabe distinguir tres fases en las reacciones mentales de los internados en un campo de concentración: la fase que sigue a su internamiento, la fase de la
auténtica vida en el campo y la fase siguiente a su liberación.

Estación Auschwitz

El síntoma que caracteriza la primera fase es el shock. Bajo ciertas condiciones el shock puede incluso preceder a la admisión formal del prisionero en el campo. Ofreceré, como ejemplo, las circunstancias de mi propio internamiento.

Unas 1500 personas estuvimos viajando en tren varios días con sus correspondientes noches; en cada vagón éramos unos 80. Todos teníamos que tendernos encima de nuestro equipaje, lo poco que nos quedaba de nuestras pertenencias. Los coches estaban tan abarrotados que sólo quedaba libre la parte superior
de las ventanillas por donde pasaba la claridad gris del amanecer. Todos creíamos que el tren se encaminaba hacia una fábrica de municiones en donde nos emplearían como fuerza salarial. No sabíamos dónde nos encontrábamos ni si todavía estábamos en Silesia o ya habíamos entrado en Polonia. El silbato de la
locomotora tenía un sonido misterioso, como si enviara un grito de socorro en conmiseración del desdichado cargamento que iba destinado a la perdición. Entonces el tren hizo una maniobra, nos
acercábamos sin duda a una estación principal...

Hay en psiquiatría un estado de ánimo que se conoce como la "ilusión del indulto", según el cual el condenado a muerte, en el instante antes de su ejecución, concibe la ilusión de que le indultarán en el último segundo. También nosotros nos agarrábamos a los jirones de esperanza y hasta el último momento creímos que no todo sería tan malo. La sola vista de las mejillas sonrosadas y los rostros redondos de aquellos prisioneros
resultaba un gran estímulo. Poco sabíamos entonces que componían un grupo especialmente seleccionado que durante años habían sido el comité de recepción de las nuevas expediciones de prisioneros que llegaban a la estación un día tras otro. Se hicieron cargo de los recién llegados y de su equipaje, incluidos los escasos objetos personales y las alhajas de
contrabando.

Auschwitz debe haber sido un extraño lugar en aquella Europa de los últimos años de la guerra, un lugar repleto
de tesoros inmensos en oro y plata, platino y diamantes, depositados en sus enormes almacenes, sin contar los que estaban en manos de las SS.

La primera selección

Creo que todos los que formaban parte de nuestra expedición vivían con la ilusión de que seríamos liberados, de que, al final, todo iba a salir muy bien. No nos dábamos cuenta del significado que encerraba la escena que expongo a continuación. Hasta la tarde no comprendimos su sentido. Nos dijeron que dejáramos nuestro equipaje en el tren y que formáramos dos filas, una de mujeres y otra de hombres, y que desfiláramos ante un oficial de las SS. Por sorprendente que parezca, tuve el valor de esconder mi macuto debajo del abrigo. Uno a uno, los hombres pasamos ante el oficial. Me daba cuenta del peligro que corría si el oficial localizaba mi saco. Lo menos que haría sería derribarme al suelo de una bofetada; lo sabía por propia experiencia. Instintivamente, al irme aproximando a él me enderecé de modo que no se diera cuenta de mi pesada carga. Ahora lo tenía frente a frente. Era un hombre alto y delgado y llevaba un uniforme impecable que le sentaba perfectamente. ¡Qué contraste con nosotros, todos sucios y mugrientos después de tan largo viaje! Había adoptado una actitud de aparente descuido sujetándose el codo derecho con la mano izquierda. Ninguno de nosotros tenía la más remota idea del siniestro significado que se ocultaba tras aquel pequeño movimiento de su dedo que señalaba unas veces a la izquierda y otras a la derecha, pero sobre todo a la derecha. Tocaba mi turno. Alguien me susurró que si nos enviaban a la derecha ("desde el punto de vista del espectador") significaba trabajos forzados, mientras que la dirección a la izquierda era para los enfermos e incapaces de trabajar, a quienes enviaban a
otro campo...


Desinfección

Esperamos en un cobertizo que parecía ser la antesala de lacámara de desinfección. Los hombres de las SS aparecieron y extendieron unas mantas sobre las que teníamos que echar todo lo que llevábamos encima: relojes y joyas. Todavía había entre nosotros unos cuantos ingenuos que preguntaron, para regocijo de los más avezados que actuaban de ayudantes, si no podían conservar su anillo de casados, una medalla o algún amuleto de
oro. Nadie podía aceptar todavía el hecho de que todo, absolutamente todo, se lo llevarían. Intenté ganarme la confianza de uno de los prisioneros de más edad. Acercándome a él furtivamente, señalé el rollo de papel en el bolsillo interior de mi chaqueta y dije: "Mira, es el manuscrito de un libro científico. Ya sé lo que vas a decir: que debo estar agradecido de salvar la vida, que eso es todo cuanto puedo esperar del destino. Pero no puedo
evitarlo, tengo que conservar este manuscrito a toda costa: contiene la obra de mi vida. ¿Comprendes lo que quiero decir?"

Sí, empezaba a comprender. Lentamente, en su rostro se fue dibujando una mueca, primero de piedad, luego se mostró divertido, burlón, insultante, hasta que rugió una palabra en respuesta a mi pregunta, una palabra que siempre estaba presente en el vocabulario de los internados en el campo: ¡Mierda!" Y en ese momento toda la verdad se hizo patente ante mí e hice lo que constituyó el punto culminante de la primera fase
de mi reacción psicológica: borré de mi conciencia toda vida. Nota: Posterior a su liberación  Frankl Volvió a escribir el libro mediante dictado el mismo que salió publicado como Análisis existencial y logoterapia 
anterior.


Nuestra única posesión: La existencia desnuda

Nuestra única posesión: la existencia desnuda
Mientras esperábamos a ducharnos, nuestra desnudez se nos  hizo patente: nada teníamos ya salvo nuestros cuerpos mondos y lirondos (incluso sin pelo); literalmente hablando, lo único que poseíamos era nuestra existencia desnuda. ¿Qué otra cosa nos quedaba que pudiera ser un nexo material con nuestra existencia anterior?

continuará...













Lyudmila

Qué interesante, Guderian. Me ha llevado un ratillo leerte pero ha merecido la pena. Estaré atenta esperando que continúes este artículo que te estas currando tanto...

Saludos!  #@24

Lenz Guderian

Me complace que lo hayas leído y que te haya resultado de interés. Aun falta bastante

- | Dimitry Lavrinenko | -

Se te agradece el mensaje, espero la continuación.

Citar¿Porqué no se suicida usted?: Vivir es sufrir; sobrevivir es hallarle sentido al sufrimiento. Si la vida tiene
algún objeto, éste no puede ser otro que el de sufrir y morir. : "Quien tiene un porque para, vivir, encontrará
casi siempre el como"


Que buena frase, no esperaba menos de ese gran autor.

Fug


Lenz Guderian

Me dispongo a concluir éste artículo. Como anteriormente he venido haciendo, introduzco comentarios propios al texto del autor.


La existencia desnuda, enfrenta al ser humano con realidades que de otra forma no podría representarse. al verse a sí mismo despojado de todo bien material, y de todo arraigo respecto a su antigua condicion de ciudadano, de algun, país, pertenenciente a un grupo social, credo, vínculo familiar etc, comienza en el prisionareo un proceso que habra de determinar su sobrevivencia y su futuro. En este proceso, insospechadamente el ser humano ve en sí mismo fortalezas físicas y emocionales que le serviran como protección ante el peor de los asedios. El trabajo forzoso, el hacinamiento el hambre y el maltrato sitematico combinados.

Supimos que nada teníamos que perder como no fueran
nuestras vidas tan ridículamente desnudas.

Las ilusiones que algunos de nosotros conservábamos todavía las fuimos perdiendo una a una; entonces, casi inesperadamente,muchos de nosotros nos sentimos embargados por un humor
macabro.

Aparte de aquella extraña clase de humor, otra sensación se
apoderó de nosotros: la curiosidad.


Para su asombro, algunos pudieron ver que ante la falta de alimento, la higiene y el abrigo, el cuerpo reaccionaba favorablemente

Me gustaría mencionar algunas sorpresas más acerca de lo
que éramos capaces de soportar:

Estábamos ansiosos por saber lo que
sucedería a continuación y qué consecuencias nos traería, por
ejemplo, estar de pie a la intemperie, en el frío de finales de
otoño, completamente desnudos y todavía mojados por el agua
de la ducha. A los pocos días nuestra curiosidad se tornó en
sorpresa, la sorpresa de ver que no nos habíamos resfriado.



En alguna parte se ha dicho que si no duerme un determinado
número de horas, el hombre no puede vivir. ¡Mentira! Yo había
vivido convencido de que existían unas cuantas cosas que
sencillamente no podía hacer: no podía dormir sin esto, o no
podía vivir sin aquello. La primera noche en Auschwitz dormimos
en literas de tres pisos. En cada litera (que medía
aproximadamente 2 X 2,5 m) dormían nueve hombres,
directamente sobre los tablones. Para cada nueve había dos
mantas. Claro está que sólo podíamos tendernos de costado,
apretujados y amontonados los unos contra los otros, lo que tenía
ciertas ventajas a causa del frío que penetraba hasta los huesos.
Aunque estaba prohibido subir los zapatos a las literas, algunos
los utilizaban como almohadas a pesar de estar cubiertos de lodo.


Me gustaría mencionar algunas sorpresas más acerca de lo
que éramos capaces de soportar: no podíamos limpiarnos los
dientes y, sin embargo y a pesar de la fuerte carencia vitamínica,
nuestras encías estaban más saludables que antes. Teníamos que
llevar la misma camisa durante medio año, hasta que perdía la
apariencia de tal. Pasaban muchos días seguidos sin lavarnos ni
siquiera parcialmente, porque se helaban las cañerías de agua y,
sin embargo, las llagas y heridas de las manos sucias por el
trabajo de la tierra no supuraban (es decir, a menos que se
congelaran). O, por ejemplo, aquel que tenía el sueño ligero y al
que molestaba el más mínimo ruido en la habitación contigua, se
acostaba ahora apretujado junto a un camarada que roncaba
ruidosamente a pocas pulgadas de su oído y, sin embargo, dormía
profundamente a pesar del ruido.

Lenz Guderian

12 de Noviembre de 2008, 16:28:24 pm #7 Ultima modificación: 12 de Noviembre de 2008, 17:59:17 pm por Lenz Guderian
Lo deseseperado de la situación, el constante roce con la muerte de los que estaban al lado  provocaba que tarde o temprano se pensara en la idea del suicidio.

Lanzarse contra la alambrada 

Esta era lafrase que se utilizaba en el campo para describir el método de
suicidio más popular: tocar la cerca de alambre electrificada.

Estadecisión negativa de no lanzarse contra la alambrada no era difícil
de tomar en Auschwitz. Ni tampoco tenía objeto alguno el
suicidarse, ya que para el término medio de los prisioneros, las
expectativas de vida, consideradas objetivamente y aplicando el
cálculo de probabilidades, eran muy escasas.

Ninguno de nosotros
podía tener la seguridad de aspirar a encontrarse en el pequeño
porcentaje de hombres que sobrevivirían a todas las selecciones.
En la primera fase del shock, el prisionero de Auschwitz no temía
la muerte. Pasados los primeros días, incluso las cámaras de gas
perdían para él todo su horror; ahorraban el acto de suicidarse


Lo anormal se vuelve normal y se adopta como regla para existir. esto no como producto de un razonamiento o de una elcción sino resultado de un proceso espontáneo. Los prisioneros sujetos al panóptico continuo y a la seleccion mas rigurosa posible aprovechan cualquier experiencia para mantenerse aptos en la selección de aquellos que pueden permanecer vivos.

Pero una cosa os suplico, continuó, que os afeitéis a diario,
completamente si podéis, aunque tengáis que utilizar un trozo de
vidrio para ello... aunque tengáis que desprenderos del último
pedazo de pan. Pareceréis más jóvenes y los arañazos harán que
vuestras mejillas parezcan más lozanas. Si queréis manteneros
vivos sólo hay un medio: aplicaros a vuestro trabajo. Si alguna
vez cojeáis, si, por ejemplo, tenéis una pequeña ampolla en el
talón, y un SS lo ve, os apartará a un lado y al día siguiente
podéis asegurar que os mandará a la cámara de gas. ¿Sabéis a
quién llamamos aquí un "musulmán"? Al que tiene un aspecto
miserable, por dentro y por fuera, enfermo y demacrado y es
incapaz de realizar trabajos duros por más tiempo: ése es un
"musulmán".

Más pronto o más tarde, por regla general más
pronto, el "musulmán" acaba en la cámara de gas. Así que
recordad: debéis afeitaros, andar derechos, caminar con gracia, y
no tendréis por qué temer al gas. Todos los que estáis aquí, aun
cuando sólo haga 24 horas, no tenéis que temer al gas, excepto
quizás tú." Y entonces señalando hacia mí, dijo: "Espero que no
te importe que hable con franqueza." Y repitió a los demás: "De
todos vosotros él es el único que debe temer la próxima selección.
Así que no os preocupéis." Y yo sonreí. Ahora estoy convencido de
que cualquiera en mi lugar hubiera hecho lo mismo aquel día.
Fue Lessing quien dijo en una ocasión: "Hay cosas que deben
haceros perder la razón, o entonces es que no tenéis ninguna
razón que perder."

Lenz Guderian

12 de Noviembre de 2008, 17:12:19 pm #8 Ultima modificación: 12 de Noviembre de 2008, 18:06:53 pm por Lenz Guderian
Segunda Fase. La Vida en el Campo

La apatía como forma de muerte emocional.   

Toda persona que ha sido separada parcial o totalmente en contra de su voluntad, de sus seres allegados, tras cierto tiempo llegará a extrañarlos sin importar el estado previo de su relación con ellos hasta antes de la separación. 

Aparte de las emociones ya descritas, el prisionero
recién llegado experimentaba las torturas de otras emociones más
dolorosas, todas las cuales intentaba amortiguar. La primera de
todas era la añoranza sin límites de su casa y de su familia. A
veces era tan aguda que simplemente se consumía de nostalgia.
Seguía después la repugnancia que le producía toda la fealdad
que le rodeaba, incluso en las formas externas más simples.


Teniendo como unico horizonte el trabajo y el lodo los prisioneros paulatinamente se volvían mas y mas indiferentes ante los sufrimientos del projimo y aun los propios.

A muchos de los prisioneros se les entregaba un uniforme
andrajoso que, por comparación, hubiera hecho parecer elegante
a un espantapájaros.

Entre los barracones del campo no había
nada más que barro y cuanto más se trabajaba para eliminarlo
más se hundía uno en él. Una de las prácticas favoritas consistía
en destacar a un recién llegado en el grupo encargado de limpiar
las letrinas y retirar los excrementos. Si, como solía suceder,
parte de éstos le salpicaba la cara al trasladarlos entre los
desniveles del campo, cualquier signo de asco por parte del
prisionero o la intención de quitarse la porquería de la cara
merecía cuando menos un latigazo por parte del "capo", indignado
ante la "delicadeza" del prisionero. De esta forma se aceleraba la
mortificación ante las reacciones normales.


Edemas, fiebres, tifus el infierno de los zapatos, el congelamaiento, las interminables marchas de idas y venidas, acompañadas por supuesto, de la sensación continua del hambre aumentaban mas ésa indiferencia...

El prisionero que se encontraba ya en la segunda fase de sus
reacciones psicológicas no apartaba la vista. Al llegar a ese punto,
sus sentimientos se habían embotado y contemplaba impasible
tales escenas.


Una mañana vi a un prisionero, al que tenía por
valiente y digno, llorar como un crío porque tenía que ir por los
caminos nevados con los pies desnudos, al haberse encogido sus
zapatos demasiado como para poderlos llevar. En aquellos fatales
minutos yo gozaba de un mínimo alivio; me sacaba del bolsillo un
trozo de pan que había guardado la noche anterior y lo masticaba
absorto en un puro deleite.


Asco, piedad y horror
eran emociones que nuestro espectador no podía sentir ya. Los
que sufrían, los enfermos, los agonizantes y los muertos eran
cosas tan comunes para él tras unas pocas semanas en el campo
que no le conmovían en absoluto.


...El cadáver que acababan de llevarse me estaba mirando con sus ojos vidriosos; sólo dos Horas antes había estado  hablando con aquel hombre. Yo seguía sorbiendo mi sopa. Si mi
falta de emociones no me hubiera sorprendido desde el punto de
vista del interés profesional, ahora no recordaría este incidente,
tal era el escaso sentimiento que en mí despertaba.



Estuve algún tiempo en un barracón cuidando a los enfermos
de tifus; los delirios eran frecuentes, pues casi todos los pacientes
estaban agonizando. Apenas acababa de morir uno de ellos y yo
contemplaba sin ningún sobresalto emocional la siguiente escena,
que se repetía una y otra vez con cada fallecimiento. Uno por
uno, los prisioneros se acercaban al cuerpo todavía caliente de su
compañero. Uno agarraba los restos de las hediondas patatas de
la comida del mediodía, otro decidía que los zapatos de madera
del cadáver eran mejores que los suyos y se los cambiaba. Otro
hacía lo mismo con el abrigo del muerto y otro se contentaba con
agenciarse --¡Imagínense qué cosa!-- un trozo de cuerda
auténtica.


Gracias a esta insensibilidad el prisionero se descontecta y se rodea de un cinturón protector que le resulta muy útil y necesario para continur no ya con el "día a día", sino con el minuto a minuto.

Lenz Guderian

12 de Noviembre de 2008, 17:23:08 pm #9 Ultima modificación: 12 de Noviembre de 2008, 17:59:40 pm por Lenz Guderian
Psicología del golpe y del insulto

Por extraño que parezca, un golpe que incluso no acierte a
dar, puede, bajo ciertas circunstancias, herirnos más que uno que
atine en el blanco. Una vez estaba de pie junto a la vía del
ferrocarril bajo una tormenta de nieve. A pesar del temporal
nuestra cuadrilla tenía que seguir trabajando. Trabajé con
bastante ahínco, repasando la vía con grava, ya que era la única
forma de entrar en calor. Durante unos breves instantes hice una
pausa para tomar aliento y apoyarme sobre la pala. Por
desgracia, el guardia se dio entonces media vuelta y pensó que yo
estaba holgazaneando. El dolor que me causó no fue por sus
insultos o sus golpes. El guardia decidió que no valía la pena
gastar su tiempo en decir ni una palabra, ni lanzar un juramento
contra aquel cuerpo andrajoso y demacrado que tenía delante de
él y que, probablemente, apenas le recordaba al de una figura
humana
. En vez de ello, cogió una piedra alegremente y la lanzó
contra mí. A mí, aquello me pareció una forma de atraer la
atención de una bestia, de inducir a un animal doméstico a que
realice su trabajo, una criatura con la que se tiene tan poco en
común que ni siquiera hay que molestarse en castigarla.


El aspecto más doloroso de los golpes es el insulto que los acompaña

Mi amigo
se bamboleaba sobre el raíl con aquella traviesa especialmente
pesada y estaba a punto de caerse y arrastrar a los demás con él.
En aquel momento yo no arrastraba ninguna traviesa, así que
salté a ayudarle sin pararme a pensar. Inmediatamente sentí un
golpe en la espalda, un duro castigo, y me ordenaron regresar a
mi puesto. Unos pocos minutos antes el guardia que me golpeó
nos había dicho despectivamente que los "cerdos" como nosotros
no teníamos espíritu de compañerismo.




En otra ocasión y a una temperatura de menos de veinte
grados centígrados empezamos a cavar el suelo del bosque, que
estaba helado, para tender unas cañerías. Para entonces ya me
había debilitado mucho físicamente. Vi venir a un capataz con sus
rechonchas mejillas sonrosadas. Su cara recordaba
inevitablemente la cabeza de un cerdo. Me fijé, con envidia, en
sus cálidos guantes, mientras pensaba que nosotros teníamos que
trabajar con las manos desnudas y sin ninguna prenda de abrigo,
como su chaqueta de cuero forrada de piel, bajo aquel frío tan
intenso. Durante un momento me observó en silencio. Sentí que
se mascaba la tragedia, ya que junto a mí tenía el montón de
tierra que mostraba exactamente lo poco que había cavado.
Entonces: "Tú, cerdo, te vengo observando todo el tiempo. Yo
te enseñaré a trabajar. Espera a ver como cavas la tierra con los
dientes, morirás como un animal. ¡En dos días habré acabado
contigo! No has debido dar golpe en toda tu vida. ¿Qué eras tú, puerco,
un hombre de negocios?"

Ya había dejado de importarme todo. Pero tenía que tomar en
serio esta amenaza de muerte, así que saqué todas mis fuerzas y
le miré directamente a los ojos: "Era médico especialista."
"¿Qué? ¿Un médico? Apuesto a que les cobrabas un montón de
dinero a tus pacientes."
"La verdad es que la mayor parte de mi trabajo lo hacía sin
cobrar nada, en las clínicas para pobres." Al llegar aquí,
comprendí que había dicho demasiado. Se arrojó sobre mí y me
derribó al suelo gritando como un energúmeno. No puedo
recordar lo que gritaba.


Lenz Guderian

12 de Noviembre de 2008, 17:52:13 pm #10 Ultima modificación: 12 de Noviembre de 2008, 18:04:16 pm por Lenz Guderian
Los sueños de los prisioneros.

Contario a lo que acontece en la vida normal, la ensoñación no se centra en deseos ocultos por intrincados simbolismos de desplazamiento, sino por las cuestiones mas básicas y primitivas.

Fácilmente se comprende que un estado tal de tensión junto
con la constante necesidad de concentrarse en la tarea de estar
vivos, forzaba la vida íntima del prisionero a descender a un nivel
primitivo. Algunos de mis colegas del campo, que habían
estudiado psicoanálisis, solían hablar de la "regresión" del
internado en el campo: una retirada a una forma más primitiva de
vida mental. Sus Apetencias y deseos se hacían obvios en sus
sueños.
Pero, ¿con qué soñaban los prisioneros? Con pan, pasteles,
cigarrillos y baños de agua templada
. El no tener satisfechos esos
simples deseos les empujaba a buscar en los sueños su
cumplimiento. Si estos sueños eran o no beneficiosos ya es otra
cuestión; el soñador tenía que despertar de ellos y ponerse en la
realidad de la vida en el campo y del terrible contraste entre ésta
y sus ilusiones.


Nunca olvidaré una noche en la que me despertaron los
gemidos de un prisionero amigo, que se agitaba en sueños,
obviamente víctima de una horrible pesadilla. Dado que desde
siempre me he sentido especialmente dolorido por las personas
que padecen pesadillas angustiosas, quise despertar al pobre
hombre. Y de pronto retiré la mano que estaba a punto de
sacudirle, asustado de lo que iba a hacer. Comprendí en seguida
de una forma vivida, que ningún sueño, por horrible que fuera,
podía ser tan malo como la realidad del campo que nos rodeaba
y
a la que estaba a punto de devolverle.

...el momento mas terrible de las 24 hrs. de la vida en un campo de concentración era el despertar, cuando todavía de noche, los tres agudos pitidos de un silbato nos arrancaban sin
piedad de nuestro dormir exhausto y de las añoranzas de
nuestros sueños...


El hambre

El campeón de los sufrimientos del prisionero es el hambre. En la satisfacción de esta necesidad se centra su vida mental, y es en ella donde ocupa la mayor parte de su realidad y fantasía.


Ya he mencionado hasta qué punto no se podían olvidar los
pensamientos sobre platos favoritos que se introducían a la fuerza
en la conciencia del prisionero, en cuanto tenía un instante de
asueto. Tal vez pueda entenderse, pues, que aun el más fuerte de
nosotros soñara con un futuro en el que tendría buenos alimentos
en cantidad, no por el hecho de la comida en sí, sino por el
gusto de saber que la existencia infrahumana que nos hacía
incapaces de pensar en otra cosa que no fuera comida
se acabaría
por fin de una vez.


Aquí se demuestra que lo que mucho mueve al ser humano no es satisfacer o poseer aquello que nos falta, sino mas bien eliminar la sensación de carencia que esa falta nos  genera.

Observemos a la mayoría de los prisioneros que trabajan uno
junto a otro y a quienes, por una vez, no vigilan de cerca.
Inmediatamente empiezan a hablar sobre la comida. Un
prisionero le pregunta al que trabaja junto a él en la zanja cuál es
su plato preferido. Intercambiarán recetas y planearán un menú
para el día en que se reúnan: el día de un futuro distante en que
sean liberados y regresen a casa. Y así seguirán y seguirán,
describiendo con todo detalle, hasta que de pronto una
advertencia se irá transmitiendo, normalmente en forma de
consigna o número de contraseña: "el guardia se acerca".
Siempre consideré las charlas sobre comida muy peligrosas.


Durante la última parte de nuestro encarcelamiento, la dieta
diaria consistía en una única ración de sopa aguada y un
pequeñísimo pedazo de pan. Se nos repartía, además, una
"entrega extra" consistente en 20 gr de margarina o una rodaja
de salchicha de baja calidad o un pequeño trozo de queso o una
pizca de algo que pretendía ser miel o una cucharada de jalea
aguada, cada día una cosa.

El cuerpo del hambreado

Cuando desaparecieron por completo las últimas capas de grasa
subcutánea y parecíamos esqueletos disfrazados con pellejos y
andrajos, comenzamos a observar cómo nuestros cuerpos se
devoraban a sí mismos. El organismo digería sus propias
proteínas y los músculos desaparecían;
al cuerpo no le quedaba
ningún poder de resistencia. Uno tras otro, los miembros de
nuestra pequeña comunidad del barracón morían. Cada uno de
nosotros podía calcular con toda precisión quién sería el próximo
y cuándo le tocaría a él. Tras muchas observaciones conocíamos
bien los síntomas, lo que hacía que nuestros pronósticos fuesen
siempre acertados. "No va a durar mucho", o "él es el próximo"
nos susurrábamos entre nosotros, y cuando en el curso de
nuestra diaria búsqueda de piojos, veíamos nuestros propios
cuerpos desnudos, llegada la noche, pensábamos algo así: Este
cuerpo, mi cuerpo, es ya un cadáver, ¿qué ha sido de mí?

Lenz Guderian

12 de Noviembre de 2008, 17:58:43 pm #11 Ultima modificación: 12 de Noviembre de 2008, 18:08:13 pm por Lenz Guderian
Mientras mas reducida sea la ración en calidad y cantidad, mas preciosa se vuelve como posesión.

Los que no hayan pasado por una experiencia similar
difícilmente pueden concebir el conflicto mental destructor del
alma ni los conflictos de la fuerza de voluntad que experimenta un
hombre hambriento
. Difícilmente pueden aprehender lo que
significa permanecer de pie cavando una trinchera, sin oír otra
cosa que la sirena anunciando las 9,30 o las 10 de la mañana --la
media hora de descanso para almorzar-- cuando se repartía el
pan (si es que lo había); preguntando una y otra vez al capitán --
si éste no era un tipo excesivamente desagradable-- qué hora
era; tocar después con cariño un trozo de pan en el bolsillo,
cogiéndolo primero con los dedos helados, sin guantes, partiendo
después una migaja, llevársela a la boca para, finalmente, con un
último esfuerzo de voluntad, guardársela otra vez en el bolsillo,
prometiéndose a uno mismo aquella mañana que lo conservaría
hasta mediodía.



Podíamos sostener discusiones inacabables sobre la sensatez o
insensatez de los métodos utilizados para conservar la ración
diaria de pan que durante la última época de nuestro
confinamiento sólo se nos entregaba una vez al día. Había dos
escuelas de pensamiento:
una era partidaria de comerse la ración
de pan inmediatamente. Esto tenía la doble ventaja de satisfacer
los peores retortijones del hambre, los más dolorosos, durante un
breve período de tiempo, al menos una vez al día, e impedía
posibles robos o la pérdida de la ración. El segundo grupo
sostenía que era mejor dividir la porción y utilizaba diversos
argumentos. Finalmente yo engrosé las filas de este último grupo.

Lenz Guderian

12 de Noviembre de 2008, 20:09:02 pm #12 Ultima modificación: 12 de Noviembre de 2008, 20:12:49 pm por Lenz Guderian
Sexualidad.  No hay Libido en el hambre.

Lo interesante en relación a la vida sexual del prisionero del campo de concentración y trabajo forzoso es la ausencia de ésta.

Frankl comenta que a diferencias de otros "establecimientos" donde se presenta una concentración masculina, aquí:

la perversión sexual era mínima. Incluso en sueños,
el prisionero se ocupaba muy poco del sexo, aun cuando según el
psicoanálisis "los instintos inhibidos", es decir, el deseo sexual del
prisionero junto con otras emociones deberían manifestarse de
forma muy especial en los sueños.



Sentimentalismo

Contrario a lo que se muestra en películas del corte Jacob de Liar  la realidad del prisionero Frankl le indica otra cosa muy diferente.

En la mayoría de los prisioneros, la vida primitiva y el esfuerce
de tener que concentrarse precisamente en salvar el pellejo
llevaba a un abandono total de lo que no sirviera a tal propósito,
lo que explicaba la ausencia total de sentimentalismo en los
prisioneros.


En su traslado de Auschwitz a Dachau su tren atravesó Viena. Frankl pudo notar, -aunque estuviese bien metido en las sombras del vagon- que pasaban por las cercanías de su casa, "de la calle donde yo nací"

Tuve la inequívoca sensación de estar viendo las calles, las plazas y la casa de mi
niñez con los ojos de un muerto que volviera del otro mundo para
contemplar una ciudad fantasma. Varias horas después, el tren
salió de la estación y allí estaba la calle, ¡mi calle!...

...Les supliqué, les rogué que me dejasen pasar delante aunque fuera sólo un momento.
Intenté explicarles cuánto significaba para mí en este momento mirar por
el ventanuco
, pero mis súplicas fueron desechadas con rudeza y
cinismo: "¿Qué has vivido ahí tantos años? Bueno, entonces ya lo
tienes demasiado visto."


Política y religión

Aún y cuando todo lo que estuviese no relacionado con la propia conservación era superflúo en grado sumo, los prisioneros sí ocupaban tiempo de su existencia a la politica y la religión.

En general, en el campo sufríamos
también de "hibernación cultural", con sólo dos excepciones: la
política y la religión: todo el campo hablaba, casi continuamente,
de política; las discusiones surgían ante todo de rumores que se
cazaban al vuelo y se transmitían con ansia. Los rumores sobre la
situación militar casi siempre eran contradictorios. Se sucedían
con rapidez y lo único que conseguían era azuzar la guerra de
nervios que agitaba las mentes de todos los prisioneros. Una y
otra vez se desvanecían las esperanzas de que la guerra acabara
con celeridad, esperanzas avivadas por rumores optimistas.
Algunos hombres perdían toda esperanza, pero siempre había
optimistas incorregibles que eran los compañeros más irritantes
.

Cuando los prisioneros sentían inquietudes religiosas, éstas
eran las más sinceras que cabe imaginar y, muy a menudo, el
recién llegado quedaba sorprendido y admirado por la
profundidad y la fuerza de las creencias religiosas. A este
respecto lo más impresionante eran las oraciones o los servicios
religiosos improvisados en el rincón de un barracón o en la
oscuridad del camión de ganado en que nos llevaban de vuelta al
campo desde el lejano lugar de trabajo, cansados, hambrientos y
helados bajo nuestras ropas harapientas.

De vez en cuando se suscitaba una discusión científica y en
una ocasión presencié algo que jamás había visto durante mi vida
normal, aun cuando, tangencialmente, se relacionaba con mis
intereses científicos: una sesión de espiritismo
.  #@7

Intensificación de la vida interior.

Como podemos leer en el testimonio de Frankl la vida espiritual del ¨prsionero no transcurre mediante ritos, o se dirige a los empíreos divinos. Se forja muchas veces en en silencio. Mientras se camina, se trabaja y se es culateado La huida hacia el interior era una posibilidad que se mantenía al paralelo de sostener la vida pese a toda degradacion. No hablo de vida espiritual como realización, sino de vida espiritual como posibilidad.

¿Cuales son las imagenes que alimentan esa espiritual en la existencia provisional del confinado?

La mujer, la esposa, los hijos, el recuerdo de algun pasado y la posibilidad de un futuro basado en lo ya vivido.

No cabe duda que las personas
sensibles acostumbradas a una vida intelectual rica sufrieron
muchísimo (su constitución era a menudo endeble), pero el daño
causado a su ser íntimo fue menor: eran capaces de aislarse del
terrible entorno retrotrayéndose a una vida de riqueza interior y
libertad espiritual. Sólo de esta forma puede uno explicarse la
paradoja aparente de que algunos prisioneros, a menudo los
menos fornidos, parecían soportar mejor la vida del campo que
los de naturaleza más robusta
.

Mientras marchábamos a trompicones durante kilómetros,
resbalando en el hielo y apoyándonos continuamente el uno en el
otro, no dijimos palabra, pero ambos lo sabíamos: cada uno
pensaba en su mujer. De vez en cuando yo levantaba la vista al
cielo y veía diluirse las estrellas al primer albor rosáceo de la
mañana que comenzaba a mostrarse ...

"¡Alto!" Habíamos llegado a nuestro lugar de trabajo. Todos
nos abalanzamos dentro de la oscura caseta con la esperanza de
obtener una herramienta medio decente. Cada prisionero tomaba
una pala o un zapapico.

"¿Es que no podéis daros prisa, cerdos?" Al cabo de unos
minutos reanudamos el trabajo en la zanja, donde lo dejamos el
día anterior. La tierra helada se resquebrajaba bajo la punta del
pico, despidiendo chispas. Los hombres permanecían silenciosos,
con el cerebro entumecido. Mi mente se aferraba aún a la imagen
de mi mujer. Un pensamiento me asaltó: ni siquiera sabía si ella
vivía aún. Sólo sabía una cosa, algo que para entonces ya había
aprendido bien: que el amor trasciende la persona física del ser
amado y encuentra su significado más profundo en su propio
espíritu, en su yo íntimo. Que esté o no presente, y aun siquiera
que continúe viviendo deja de algún modo de ser importante. No
sabía si mi mujer estaba viva
, ni tenía medio de averiguarlo
(durante todo el tiempo de reclusión no hubo contacto postal
alguno con el exterior), pero para entonces ya había dejado de
importarme, no necesitaba saberlo, nada podía alterar la fuerza
de mi amor, de mis pensamientos o de la imagen de mi amada. Si
entonces hubiera sabido que mi mujer estaba muerta
, creo que
hubiera seguido entregándome --insensible a tal hecho-- a la
contemplación de su imagen y que mi conversación mental con
ella hubiera sido igualmente real y gratificante: "Ponme como
sello sobre tu corazón...

... Si alguien hubiera
visto nuestros rostros cuando, en el viaje de Auschwitz a un
campo de Baviera, contemplamos las montañas de Salzburgo con
sus cimas refulgentes al atardecer, asomados por las ventanucas
enrejadas del vagón celular, nunca hubiera creído que se trataba
de los rostros de hombres sin esperanza de vivir ni de ser libres.
... A pesar de este hecho --o tal vez en razón del mismo-- nos
sentíamos trasportados por la belleza de la naturaleza, de la que
durante tanto tiempo nos habíamos visto privados. Incluso en el
campo, cualquiera de los prisioneros podía atraer la atención del
camarada que trabajaba a su lado señalándole una bella puesta
de sol resplandeciendo por entre las altas copas de los bosques
bávaros (como se ve en la famosa acuarela de Durero), esos
mismos bosques donde construíamos un inmenso almacén de
municiones oculto a la vista.
...

Lenz Guderian

13 de Noviembre de 2008, 16:22:41 pm #13 Ultima modificación: 13 de Noviembre de 2008, 16:24:36 pm por Lenz Guderian
El Arte

La obsesión por buscar el arte dentro del campo adquiría, en
general, matices grotescos. Yo diría que la impresión real que
producía todo lo que se relacionaba con lo artístico surgía del
contraste casi fantasmagórico entre la representación y la
desolación de la vida en el campo que le servía de telón de fondo.
Nunca olvidaré que en la segunda noche que pasé en Auschwitz
fue la música lo que me despertó de un sueño profundo. El
guardia encargado del barracón celebraba una especie de
fiestecilla en su habitación, que estaba próxima a la entrada de
nuestra puerta. Voces achispadas se desgañitaban cantando
tonadas gastadas. De pronto se hizo el silencio y en medio de la
noche se oyó un violín que tocaba desesperadamente un tango
triste, una melodía poco conocida y poco desgastada por la
continua repetición. El violín lloraba y una parte de mí lloraba con
él, pues aquel día alguien cumplía 24 años, alguien que yacía en
alguna otra parte de Auschwitz, quizás alejada sólo unos cientos o
miles de metros y, sin embargo, fuera de mi alcance. Ese alguien
era mi mujer.


El humor de los prisioneros.

El humor, la risa, constituían un recurso inapreciable para desperenderse de sí mismos y lograr instantes de deistanciamiento de la realidad


El humor es otra de las armas con las
que el alma lucha por su supervivencia. Es bien sabido que, en la
Los intentos para desarrollar el sentido del humor y ver las
cosas bajo una luz humorística son una especie de truco que
aprendimos mientras dominábamos el arte de vivir, pues aún en
un campo de concentración es posible practicar el arte de vivir,

aunque el sufrimiento sea omnipresente. Cabría establecer una
analogía: el sufrimiento del hombre actúa de modo similar a como
lo hace el gas en el vacío de una cámara; ésta se llenará por
completo y por igual cualquiera que sea su capacidad.
Análogamente, el sufrimiento ocupa toda el alma y toda la
conciencia del hombre tanto si el sufrimiento es mucho como si es
poco. Por consiguiente el "tamaño" del sufrimiento humano es
absolutamente relativo, de lo que se deduce que la cosa más
nimia puede originar las mayores alegrías
.

El thumor del campo era siempre, o casi siempre humor negro. He aquí algunos ejemplos

La sopa que se servía a los prisioneros era bastante aguada, y si algun sólido tenía, éste se precipitaba al fondo. Una buena cucharada del fondo era muy apreciada.

A veces los otros inventaban sueños divertidos con respecto al
futuro, previendo; por ejemplo, cuando tuvieran un compromiso
para asistir a una cena se olvidarían de cómo se sirve la sopa y le
pedirían a la anfitriona que les echara una cucharada "del fondo".



¿Qué sucedió a nuestra llegada a este campo tras un viaje que
había durado dos días y tres noches? En el vagón no había sitio
para que todos nos acurrucáramos en el suelo al mismo tiempo,
la mayoría tuvo que permanecer de pie todo el viaje mientras que
unos pocos se turnaban para ponerse de cuclillas en la estrecha
franja que estaba empapada de orines. Cuando llegamos, las
primeras noticias que escuchamos a los prisioneros más antiguos
fueron que este campo relativamente pequeño (con una población
de 2500 reclusos) ¡no tenía "horno", ni crematorio, ni gas! Lo que
significaba que ninguno de nosotros iba a ser un "musulmán",
ninguno iba a ir derecho a la cámara de gas, sino que tendría que
esperar hasta que se dispusiera lo que se llamaba un "convoy de
enfermos" que lo devolvería a Auschwitz. Esta agradable sorpresa
nos puso a todos de buen humor. El deseo del viejo vigilante de
nuestro barracón en Auschwitz se había cumplido: habíamos
llegado lo más rápidamente posible a un campo que --a diferencia
de Auschwitz-- no tenía "chimenea". Nos reímos y contamos
chistes a pesar de las cosas que tuvimos que soportar durante las
horas que siguieron.


El valor de la suerte.

Cualquier circunstancia que favorezca en lo mas mínimo la situación de los presos en lo mas inmediato constituía un gran favor para su dificil existencia. Esta suerte podía venir de alguna ventaja que pudiesen sacar de su relacion con los capos o de lo que acontecía a su alrededor y estuviese fuera de su control.

Agradecíamos los más ínfimos favores. Nos conformábamos
con tener tiempo para despiojarnos antes de ir a la cama, aunque
ello no fuera en sí muy placentero: suponía estar desnudos en un
barracón helado con carámbanos colgando del techo. Nos
contentábamos con que no hubiera alarma aérea durante esta
operación y las luces permanecieran encendidas. En la oscuridad
no podíamos despiojarnos, lo que suponía pasar la noche en vela.


Los escasos placeres de la vida del campo nos producían una
especie de felicidad negativa --"la liberación del sufrimiento",
como dijo Schopenhauer-- pero sólo de forma relativa. Los
verdaderos placeres positivos, aún los más nimios escaseaban.
Recuerdo haber llevado una especie de contabilidad de los
placeres diarios y comprobar que en el lapso de muchas semanas
solamente había experimentado dos momentos placenteros. Uno
había ocurrido cuando, al regreso del trabajo y tras una larga
espera, me admitieron en el barracón de cocina asignándome a la
cola que se alineaba ante el cocinero-prisionero F. Semioculto
detrás de las enormes cacerolas, F. servía la sopa en los cuencos
que le presentaban los prisioneros que desfilaban
apresuradamente. Era el único cocinero que al llegar los cuencos
no se fijaba en los hombres; el único que repartía con equidad,
sin reparar en el recipiente y sin hacer favoritismos con sus
amigos o paisanos, obsequiándoles con patatas, mientras el resto
tenía que contentarse con la sopa aguada de la superficie.


La suerte de estar enfermo


Yo estaba
echado sobre un duro tablón en el suelo de tierra del barracón
donde "se cuidaba" a unos setenta de nosotros. Estábamos
enfermos y no teníamos que dejar el campo para ir a trabajar;
Podíamos permanecer echados
tampoco teníamos que desfilar. Podíamos permanecer echados
embargo, estábamos contentos, satisfechos a pesar de todo.
Mientras nos apretujábamos los unos contra los otros para evitar
la pérdida innecesaria de calor, emperezados y sin la menor
intención de mover ni un dedo sin necesidad, oíamos los agudos
silbatos y los gritos que venían de la plaza donde el turno de
noche acababa de regresar y formaba para la revista. La ventisca
abrió la puerta de par en par y la nieve entró en nuestro
barracón. Un camarada exhausto y cubierto de nieve entró
tambaleándose y durante unos minutos permaneció sentado, pero
el guardia le echó fuera de nuevo. Estaba estrictamente prohibido
admitir a un extraño en un barracón mientras se procedía a pasar
revista. ¡Cómo compadecía a aquel individuo y qué contento
estaba yo de no encontrarme en su lugar, sino dormitando en la
enfermería! ¡Qué salvación suponía el permanecer allí dos días y,
tal vez, otros dos más!





Lenz Guderian

13 de Noviembre de 2008, 16:26:10 pm #14 Ultima modificación: 13 de Noviembre de 2008, 16:48:39 pm por Lenz Guderian
Mi suerte se vio incrementada todavía más. Al cuarto día de mi
estancia en la enfermería y a punto de ser asignado al turno de
noche --lo que habría supuesto mi muerte segura--, el médico
jefe entró apresuradamente en el barracón y me sugirió que me
ofreciese voluntario para desempeñar tareas sanitarias en un
campo destinado a enfermos de tifus. En contra de los consejos
de mis amigos (y a pesar de que casi ninguno de mis colegas se
ofrecía), decidí ir como voluntario. Sabía que en un grupo de
trabajo moriría en poco tiempo y si tenía que morir, siquiera podía
darle algún sentido a mi muerte. Pensé que tenía más sentido
intentar ayudar a mis camaradas como médico que vegetar o
perder la vida trabajando de forma improductiva como hacía
entonces. Para mí era una cuestión de matemáticas sencillas y no
de sacrificio. Pero el suboficial del equipo sanitario había
ordenado, en secreto, que se "cuidara" de forma especial a los
dos médicos voluntarios para ir al campo de infecciosos hasta que
fueran trasladados al mismo. El aspecto de debilidad que
presentábamos era tal que temía tener dos cadáveres más, en
vez de dos médicos.


La versíon de las masas de la psicología de las masas

Transportaban a los hombres en manadas, unas veces a
un sitio y otras a otro; unas veces juntos y otras por separado,
como un rebaño de ovejas sin voluntad ni pensamiento propios.
Una pandilla pequeña pero peligrosa, diestra en métodos de
tortura y sadismo, los observaba desde todos los ángulos.
Conducían al rebaño sin parar, atrás, adelante, con gritos,
patadas y golpes, y nosotros, los borregos, teníamos dos
pensamientos: cómo evitar a los malvados sabuesos y cómo
obtener un poco de comida. Lo mismo que las ovejas se
congregan tímidamente en el centro del rebaño, también nosotros
buscábamos el centro de las formaciones: allí teníamos más
oportunidades de esquivar los golpes de los guardias que
marchaban a ambos lados, al frente y en la retaguardia de la
columna. Los puestos centrales tenían la ventaja adicional de
protegernos de los gélidos vientos. De modo que el hecho de
querer sumergirse literalmente en la multitud era en realidad una
manera de intentar salvar el pellejo. En las formaciones esto se
hacía de modo automático, pero otras veces se trataba de un acto
definitivamente consciente por nuestra parte, de acuerdo con las
leyes imperativas del instinto de conservación: no ser conspicuos.
Siempre hacíamos todo lo posible por no llamar la atención de los
SS.


Hacia la liberación.

Ya en calidad de "médico" Frankl pudo sobrevivir con alguna ventajas, mientras el frente se acercaba al campo.
Mientras esto sucedió pudo presenciar muchas mas muertes e incluso escenas de canibalismo.

Y llegó el último día que pasamos en el campo. Según se
acercaba el frente, los transportes se habían ido llevando a. casi
todos los prisioneros a otros campos. Las autoridades, los "capos"
y los cocineros se habían esfumado. Aquel día se dio la orden de
que el campo iba a ser totalmente evacuado al atardecer. Incluso
los pocos prisioneros que quedaban (los enfermos, unos cuantos
médicos y algunos "enfermeros") tendrían que marcharse. Por la
noche había que prenderle fuego al campo. Por la tarde aún no
habían aparecido los camiones que vendrían a recoger a los
enfermos. Todo lo contrario; de pronto se cerraron las puertas del
campo y se empezó a ejercer una vigilancia estrecha sobre la
alambrada, para evitar cualquier intento de fuga. Parecía como si
hubieran condenado a los prisioneros que quedaban a quemarse
con el campo. Por segunda vez, mi amigo y yo decidimos escapar.
Nos dieron la orden de enterrar a tres hombres al otro lado de la
alambrada. Éramos los únicos que teníamos fuerzas suficientes
para realizar aquella tarea. Casi todos los demás yacían en los
pocos barracones que aún se utilizaban, postrados con fiebre y
delirando. Hicimos nuestros planes: cuando lleváramos el primer
cadáver sacaríamos la mochila de mi amigo ocultándola en la
vieja tina de ropa sucia que hacía las veces de ataúd; con el
segundo cadáver llevaríamos mi mochila del mismo modo y en el

tercer viaje trataríamos de evadirnos. Los dos primeros viajes los
hicimos según lo acordado. Cuando regresamos, esperé a que mi
amigo buscara un trozo de pan para poder comer algo los días
que pasáramos en los bosques. Esperé. Pasaban los minutos y yo
me impacientaba cada vez más al ver que no regresaba. Después
de tres años de reclusión, me imaginaba con gozo cómo sería la
libertad, pensaba en lo maravilloso que sería correr en dirección
al frente. Más tarde supe lo peligroso que hubiera sido semejante
acción. Pero no llegamos tan lejos. En el momento en que mi
amigo regresaba, la verja del campo se abrió de pronto y un
camión espléndido, de color aluminio y con grandes cruces rojas
pintadas entró despacio hasta la explanada donde formábamos.
En él venía un delegado de la Cruz Roja de Ginebra y el campo y
los últimos internados quedaron bajo su protección. El delegado
se alojaba en una granja vecina para estar cerca del campo en
todo momento y acudir en seguida en caso de emergencia.
¿Quién pensaba ya en evadirse? Del camión descargaban cajas
con medicinas, se distribuían cigarrillos, nos fotografiaban y la
alegría era inmensa. Ya no teníamos necesidad de salir corriendo
ni de arriesgarnos hasta llegar al frente de batalla.
En nuestra excitación habíamos olvidado el tercer cadáver, así
que lo sacamos afuera y lo dejamos caer en la estrecha fosa que
habíamos cavado para los tres cuerpos. El guardia que nos
acompañaba --un hombre relativamente inofensivo-- se volvió de
pronto extremadamente amable. Vio que podían volverse las
tornas y trató de ganarse nuestro favor: se unió a las breves
oraciones que ofrecimos a los muertos antes de echar la tierra
sobre ellos. Tras la tensión y la excitación de los días y horas
pasados, las palabras de nuestras oraciones rogando por la paz
fueron tan fervientes como las más ardorosas que voz humana
haya musitado nunca.
El último día que pasamos en el campo fue como un anticipo
de la libertad. Pero nuestro regocijo fue prematuro. El delegado
de la Cruz Roja nos aseguró que se había firmado un acuerdo y
que no se iba a evacuar el campo; sin embargo, aquella noche
llegaron los camiones de las SS trayendo orden de despejar el
campo. Los últimos prisioneros que quedaban serían enviados a
un campo central desde donde se les remitiría a Suiza en 48
horas para canjearlos por prisioneros de guerra. Apenas podíamos
reconocer a los SS, de tan amables como se mostraban
intentando persuadirnos para que entráramos en los camiones sin
miedo y asegurándonos que podíamos felicitarnos por nuestra
buena suerte. Los que todavía tenían fuerzas se amontonaron en
los camiones y a los que estaban seriamente enfermos o muy
débiles les izaban con dificultad. Mi amigo y yo --que ya no
escondíamos nuestras mochilas-- estábamos en el último grupo y
de él eligieron a trece para la última expedición. El médico jefe
contó el número preciso, pero nosotros dos no estábamos entre
ellos. Los trece subieron al camión y nosotros tuvimos que
quedarnos. Sorprendidos, desilusionados y enfadados increpamos
al doctor, que se excusó diciendo que estaba muy fatigado y se
había distraído. Aseguró que había creído que todavía teníamos
intención de evadirnos. Nos sentamos impacientes, con nuestras
mochilas a la espalda, y esperamos con el resto de los prisioneros
a que viniera un último camión. Fue una larga espera.
Finalmente, nos echamos sobre los colchones del cuarto de
guardia, ahora desierto, exhaustos por la excitación de las últimas
horas y días, durante las cuales habíamos fluctuado
continuamente entre la esperanza y la desesperación. Dormimos
con la ropa y los zapatos puestos, listos para el viaje.
El estruendo de los rifles y cañones nos despertó. Los
fogonazos de las bengalas y los disparos de fusil iluminaban el
barracón. El médico jefe se precipitó dentro ordenándonos que
nos echáramos a tierra. Un prisionero saltó sobre mi estómago
desde la litera que quedaba encima de la mía con zapatos y todo.
¡Vaya si me despertó! Entonces nos dimos cuenta de lo que
sucedía: ¡la línea de fuego había llegado hasta nosotros!
Amenguó el tiroteo y empezó a amanecer. Allá afuera, en el
mástil junto a la verja del campo, una bandera blanca flotaba al
viento. Hasta muchas semanas después no nos enteramos de
que, durante aquellas horas, el destino había jugado con los
pocos prisioneros que quedábamos en el campo. Otra vez más
pudimos comprobar cuan inciertas podían ser las decisiones
humanas, especialmente en lo que se refiere a las cosas de la
vida y la muerte. Ante mí tenía las fotografías que se habían
tomado en un pequeño campo cercano al nuestro. Nuestros
amigos que pensaron viajar hacia la libertad aquella noche,
transportados en los camiones, fueron encerrados en los
barracones y seguidamente murieron abrasados. Sus cuerpos,
parcialmente carbonizados, eran perfectamente reconocibles en la
fotografía.