Discursos del Führer.

Iniciado por ULRICH, 18 de Febrero de 2006, 19:24:05 pm

Tema anterior - Siguiente tema

ULRICH

Discurso del 4-9-1940, inaguración de la campaña "Auxilio de Invierno".

Desde el principio de la guerra no fallaron las profecías sobre su duración. Se decía: «La guerra va a durar tres años. Gran Bretaña se prepara para resistir tres años ». Y era preciso decirlo, porque aquellos que tienen los paquetes de acciones de las fábricas de armamento -los grandes propietarios- son lo bastante inteligentes para saber que no es posible amortizar en medio año o en uno todos los nuevos equipos que necesitamos.
Tenía, pues, que durar algo más de tiempo. Por mi parte, fuí  también lo suficientemente previsor para decir al mariscal
del Reich: «Göring, preparemonos para cinco años ». No porque yo creyera que la guerra va a durar cinco años, pero sí para dar a en tender en todo caso que lnglaterra será derrotada de una manera o de otra. No conozco más emplazamiento que éste.
Naturalmente que he preparado todo con sumo cuidado. Eso ya se lo pueden ustedes imaginar.
Y cuando los ingleses, muy curiosos, se preguntan «pero, ¿por qué no viene? », que no se preocupen, iLlegará! No se debe ser siempre tan curioso.
Este mundo será libre. Hay que terminar con el abuso de que una nación pueda, cuando se le antoje, bloquear un continente. Hay que acabar en el futuro con la posibilidad de que un Estado pirata, de tarde en tarde, cuando se le ocurra, pueda someter al hambre y la miseria a 450 millones de seres humanos. Como alemanes no estamos dispuestos a dejarnos imponer por Inglaterra lo que debemos o no debemos hacer, incluso si podemos o no podemos tomar café. Si a Inglaterra no le parece bien, entonces impide que recibamos café.
A mi personalmente me da igual. Yo no bebo café. Pero me molesta extraordinariamente que otros que quieren beberlo no puedan. Y, sobre todo, me parece intolerable que una nación de 85 millones de seres pueda ser castigada por otro pueblo en cuerpo y alma, cuando se le ocurra a cualquier plutócrata de Londres.
He tendido la mano al pueblo británico numerosas veces, ustedes lo saben, como no ignoran que era una parte de mi programa de política exterior. Recientemente he repetido ese gesto. Ahora me decido por la lucha, hasta lograr una clara solución definitiva. Esta solución sólo podrá ser la desaparición de ese régimen lamentable e infame, y la imposición de un sistema en el que resulte imposible en el futuro que una nación tiranice a Europa entera cuando le venga en gana.
Alemania e Italia se van a preocupar de que tal cosa no ocurra una segunda vez en la historia. Y en esto no le va a valer a Inglaterra ninguno de sus aliados, ni el emperador Haile Selassie, ni el seños Benes, ni ningún otro; ni el rey Haakon, ni la reina Guillermina, ni el general francés De Gaulle. Y sean cuales sean sus planes, escondan lo que escondan en lo más recondito de su corazón, nosotros estamos alerta y preparados, dispuestos y decididos a actuar en cualquier momento.
A nosotros no se nos asusta con nada. Nosotros, nacionalsocialistas alemanes, nos hemos formado en la más dura escuela que pueda imaginarse. Fuimos soldados en la Gran Guerra y luego combatientes del renacer alemán. Lo que tuvimos que soportar en esos años nos ha endurecido. Por eso ni nos sorprende ni nos asusta nada.
Cuando, hace un año, lnglaterra entró en la contienda, decían los ingleses: «Tenemos un aliado». Nosotros sentíamos curiosidad por saber de quién se trataba. Entonces añadieron: «Nuestro aliado es un general. Se trata del general Revolución.» IAjá! Y esos son los que creen tener una idea de lo que es un Estado popular nacionalsocialista. Y por eso esperan en Londres los resultados de la actividad de ese general Revolución. El 6 de septiembre no hizo nada, el 7 de septiembre tampoco y con el 8 de septiembre llego la desilusión. Porque, de acuerdo con sus declaraciones, el general Revolución debía haber hecho algo durante la semana. Pero no hubo manera de dar con él.
Entonces se volvió con otra cantinela: «Tenemos otro aliado. Es el general Hambre».
Nosotros, sin embargo, sabíamos de antemano que esos grandes amigos de la Humanidad, como en la primera Guerra, intentarían por todos los medios que millones de mujeres y niños padecieran hambre, y nos habíamos preparado en consecuencia. También este general resultó ser un mal invento, un fantasma, un error, una visión demencial de mister Churchill. Ahora han dado con otro general, el general Invierno. Ya estuvo por aquí una vez y fracasó, y fracasará ésta, y seguirá  fracasando.
Los ingleses deberían, pues tan amigos son de los más extraños generales, ascender a mariscal al más importante entre sus filas: al general Fanfarria. Este es en realidad su único aliado y bien merece ser ascendido. A nosotros ni siquiera este general nos causa sensación. Con su ayuda se podrá quizás embaucar al pueblo británico, pero no al alemán, que conoce a Inglaterra a la perfección.
Toda esa charlatanería de mister Churchill o de mister Eden (-la piedad impide hablar de mister Chamberlain-) deja al pueblo alemán tan tranquilo o le mueve a la risa. No hay en nuestra lengua ningún adjetivo apropiado para tipos como Duff Cooper. Hay que descender al argot o al lenguaje popular, y aqui en Baviera existe una palabra que se puede emplear para definirle: Kramphenne (gallina epiléptica).
Pueden estar seguros de que con esos métodos no ganaran la guerra. Los otros, gracias a Dios, están en nuestras manos y van a seguir estándolo.
Cuando llegue la hora, nosotros sustituiremos a los generales Revolución, Hambre, lnvierno o Fanfarria; es decir, los sustituirán los hechos y entonces veremos quién dice la última palabra.

ADOLF HITLER.



ULRICH

LÖWENBRÄUKELLER, de Munich, 8-11-1940.

Ante los veteranos de 1923, Hitler evoca los años de lucha del NSDAP y ensalza la disposición al sacrificio del hombre medio.



A menudo les he tendido la mano y no la han aceptado. Querían la guerra y la van a tener. El pueblo alemán proseguirá la lucha hasta el fín. Hay que terminar para siempre con el peligro de que dentro de dos o tres años nos veamos ante la misma situación y tengamos que empezar de nuevo. El pueblo alemán quiere la paz. Una paz en la que pueda trabajar, en la que sea imposible para los sinverguenzas internacionales instigar a otros pueblos contra nosotros. Para esa gente la guerra es un gran negocio. Yo no tengo el menor motivo para desencadenarla por puro interes material. Para nosotros sólo puede ser dolorosa. A nosotros, al pueblo alemán, la guerra nos cuesta mucho tiempo y muchas fuerzas. Yo no poseo acciones de ninguna fábrica de armamento; nada gano con la guerra. Sería feliz si pudiéramos volver al trabajo, si, como antes, me pudiese dedicar a laborar en bien de mi pueblo. Pero esos bandidos internacionales son al mismo tiempo los grandes promotores de armamento. De ellos son las
fábricas, ellos hacen el negocio. Es la misma gente que antes teníamos en Alemania. Con esa gente sólo es posible una dialectica: uno de los dos tiene que doblar la rodilla. ¡Y no será Alemania!
Pero si Alemania puede hoy mantener esta postura tan diferente de la de otros tiempos, se debe al nacionalsocialismo, que ha sabido despertar al pueblo alemán. ha creado para él las condiciones espirituales, morales y materiales que han hecho posibles las increíbiles victorias de los ejércitos alemanes. Cada soldado debe saber, y sabe, que los ejércitos que marchan bajo nuestras banderas son los ejércitos revolucionarios del Tercer Reich.
En su corazón no sólo llevan la fe en la Alemania tradicional, sino que tambien alienta en ella fe en la Alemania del futuro, por la que nosotros tanto hemos luchado: la fe en un Reich mejor, en el que sean realidad los grandes objetivos nacionales y sociales de nuestro movimiento.
Y el que hayamos logrado esta Alemania se lo debemos a los hombres del año 1923 y, sobre todo, a quienes ofrecieron su sangre en aquellos años por nuestro partido. i Esos 16 caidos son mucho más que 16 muertos! Son los testigos de cargo del resurgimiento de nuestro pueblo. Su sacrificio es tanto más importante cuanto por aquel entonces sólo una delirante imaginación podía adivinar a lo que llegaría Alemania. Actuaron movidos por un amor sin fronteras a la patria,
porque a quien en aquellos tiempos venía a nuestro movimiento solo le podíamos decir: "Tienes que abandonarlo todo. Tendrás que sportar la burla, el insulto y la persecución. Debes estar preperado para quedarte sin pan, porque nadie te querrá dar trabajo. Desde ahora nada tendrás seguro, salvo quizá tu propia muerte. Ante ti, sin embargo, se hallan los motivos de nuestra lucha. Luchamos por una Alemania nueva, en la que cada uno de sus hijos tenga asegurado el pan cotidiano; una Alemania que pueda ocupar en el mundo el lugar que le corresponde por el empuje actual de su pueblo, por su pasado his tórico y por su importancia pretérita, actual y futura".
Por todo esto vinieron a nosotros esos hombres. Muchos de ellos sintiéndolo oscuramente. i Hubo tantos hombres humildes a nuestro lado! Puede decirse que la gran mayoria de nuestros militantes eran gentes humildes. Quizá no tenían una idea clara de lo que nos proponíamos, de lo que queríamos lograr, pero estaban segllros de una cosa: llegará un día en que las cosas estén mejor.
Un día construiremos un nuevo Reich, y en ese Reich serán realidad muchas de las cosas que persiguen incluso nuestros enem igos, sin darse cuenta de que por sus métodos no se pueden conseguir.
Por esto vinieron a nosotros esos hombres y por eso dieron su vida nuestros dieciseis caídos. Fueron dieciseis, pero pudieron ser quinientos, o cinco mil.
Tampoco nuestros heridos se echaron atrás; por el contrario, fue entonces cuando se convirtieron en verdaderos militantes del partido, fanáticos como pocos. A esos dieciseis han seguido muchos cientos, aqui y fuera de las fronteras del Reich. Durante años, casi durante una década, sufrimos una cadena de mártires, quizá sobre todo en la Marca Oriental y en los Sudetes, porque allí el combate se presentaba más difícil, más desesperado. ¿Cómo podían intuir el milagro de un Reich glorioso conseguido quince o veinte años despues? Y, sin embargo, lucharon y creyeron en el fondo de su corazón, sin poder estar seguros de que disfrutarían en vida de estas realidades.

Todo empezó en aquellos 8 y 9 de Noviembre de 1923. Y por eso celebramos hoy más que nunca el recuerdo de estos hombres, con especial y profundo sentimiento, porque ellos llevaron también en su pecho la verguenza de la capitulación de los años 1918/1919. Esa verguenza atenazaba y mordía su corazón. Cuantas veces nos hemos reunido dominados por un sólo pensamiento: tenemos que reparar esa mancha en nuestra historia. Eso no puede seguir así durante mucho tiempo. Debemos borrarlo para siempre. Tenemos que devolver a Alemania su poderio, su fuerza y su honor. Alemania tiene que ponerse en pie, de una u otra manera. Este fue el espíritu que nos animó entonces. En él cayeron esos hombres. Y en él proseguiremos nuestra lucha para lograr los objetivos por los que ellos ofrecieron su vida. Creen que pueden acabar con Alemania. ¡Cuán equivocados están! Después del combate se erguirá verdaderamente Alemania.


ADOLF HITLER.








ULRICH

Berlin, factorias Borsig, 10-XII-1940. Ante los trabajadores y trabajadoras de la industria del arm amento, Hitler expone el sentido de la guerra. Lo hace valiendose del lenguaje de lucha que ya empleara en sus primeros tiempos del NSDAP para la agitación obrera.

Yo he sido siempre un pobretón. En casa lo era ya, y me cuento entre los desheredados por los que he luchado y continúo luchando. Me he alzado en su defensa y sigo enfrentandome al mundo como un representante de los pobres, de los que no tienen nada.

Porque, esta claro, ¿qué era yo antes de la Guerra Mundial? Un desconocido, un don nadie.
¿Qué fuí durante la guerra? Un soldado raso. No tuve la menor responsabilidad durante la contienda. ¿Quiénes son, sin embargo, las gentes que hoy mandan en Inglaterra? Son los mismos que antes de la Guerra Mundial alimentaron los odios, el mismo Churchill, que atizó la otra contienda, el ya desaparecido Chamberlain, que realizó el mismo trabajo, la Corona, que cumplió identico cometido, y naturalmente el pueblo, que sigue creyendo poder aniquilar a otros pueblos tan sólo con las trompetas de Jericó. Son los viejos espíritus que renacen una y otra vez.
Entonces empecé a tener confianza en el pueblo alemán y en su futuro, gracias a mi conocimiento del soldado alemán, el pequeño mosquetero. A mi entender fue el gran héroe.

Claro que otras capas de nuestro pueblo hicieron cuanto estuvo en su mano; seguro. Pero resulta diferente. Para quien en su casa ha vivido sin preocupaciones, en medio de la riqueza, Alemania se ha presentado siempre con su mejor rostro. Podía tomar parte de su cultura, llevar una buena vida, podia ir al campo, visitar ciudades... ¡Todo era bello para él!
Por tanto, era comprensible que se aprestara a defenderlo. Al otro lado se encontraba el pequeño mosquetero. Ese pequeño proletario que antes apenas tenía para comer, que debía luchar a diario por su supervivencia y que durante cuatro años combatió como un héroe. Él fué quien despertó mi confianza, y sobre él he construido. Cuando los demás dudaban de Alemania, yo he confiado en ella porque tenía fe en ese pequeño ser. Sabía que Alemania no podía desaparecer mientras contara con tales hombres.
Pero también he sido testigo de como esos hombres eran siempre postergados, porque los otros materialmente podían aniquilarlos. Ni siquiera entonces estaba seguro de que los ingleses fueran superiores a nosotros. Sólo un loco puede sostener que yo tuviera un complejo de inferioridad respecto de los ingleses.
Quien tal asegura tiene que estar loco. ¡Yo no he sentido jamas un complejo de inferioridad!
Trabajadores: yo he salido de las filas del pueblo. Por este pueblo alemán he luchado toda mi vida y cuando acabe ese combate, el más duro de todos, éste sólo podrá encontrar su continuidad en un nuevo quehacer en favor del pueblo alemán.
Todos nos hemos propuesto grandes planes, ya desde ahora; grandes planes que conducen a un único objetivo: construir y elevar el Estado alemán cada vez más, introducirlo en la grandiosa historia de nuestro tiempo. Y, al mismo tiempo, darle todo cuanto tiene un valor en la vida.
Nos hemos propuesto romper con todas las limitaciones y dar a cada cual el espacio y las posibilidades que necesita. Estamos decididos a construir un Estado social, que pueda servir, y que sirva, de ejemplo en todos los órdenes de la vida.

Como primer paso contemplamos la victoria definitiva. Ya hemos visto lo que ha pasado con los otros. Los otros que habían sido los vencedores hace 20 años. ¿Qué han hecho con la victoria? Sólo han sabido extender la miseria. El desempleo ha sido la consecuencia.
Sólo lucharon en bien de la plutocracia, para la dinastía financiera, para el mercado de capitales, para un par de centenares de individuos que al final son los que mandan y ordenan en el pueblo.  ¡Esto debe constituir una lección para todos!

Cuando termine esta guerra comenzara para Alemania un glorioso despertar, un gran bienestar para todo el pueblo. Entonces abandonará el pueblo alemán la fabricación de cañones y empezará el trabajo pacífico para millones de seres.
Entonces ensenaremos al mundo lo que es ser señor y quién es el señor: capital o trabajo. Y de ese trabajo nacerá el gran Reich con el que sonará el poeta. Será la Alemania que adorara fanáticamente cada hijo de esta tierra, porque será la patria de los pobres, de los humildes...

Es posible que alguien piense que esto no deja de ser un proyecto, una fantasía. Queridos compatriotas, cuando empecé mi camino, allá por el año 1919, como un soldado desconocido, entonces se podía decir que fantaseaba o esperaba demasiado. i Hoy es todo realidad!
Lo que hoy me propongo como objetivo no es nada comparado con lo que ya hemos conseguido. Lo vamos a lograr más fácilmente, que lo ya conquistado. Porque el camino que va de soldado sin nombre a «Führer» ha sido más duro y difícil de lo que será para el «Führer» de la nación alemana el estructurar la paz futura.

Antes, durante quince años, he tenido que luchar para ganarme vuestro apoyo. Ahora, con vuestro apoyo, sólo tengo que luchar por Alemania.
Y pronto llegará el tiempo en que podamos, unidos, trabajar por el Gran Reich. Por el Reich de la paz, del trabajo, del bienestar y de la cultura que queremos construir y  que construiremos.

iMuchas gracias a todos!

ADOLF HITLER.





Kurt Meyer

Que buen trabajo Ulrich, muchas gracias ;)

SAludos

ULRICH

Muchas gracias Kurt, si quieres debatir o mencionar algo de los discursos para eso estan  ;)

ULRICH

Por cierto estoy preperando otro discurso y he notado que Hitler utilizaba mucho la palabra Plutócrata.. Ha salido en los anteriores y saldrá en el siguiente. La he buscado en el diccionario porque no la conocía.

Plutócrata:Miembro de la clase económicamente dominante.

UN SALUDO.


ULRICH

Berlín, 1-1-1941
Con fervor religioso, ensalza Hitler en su discurso de Año Nuevo los hechos de armas del año anterior.


Acaba de concluir un año de la historia alemana lleno de dificultades. La vigorosa singularidad de los acontecimientos, su revolucionaria significación para el futuro desarrollo de la humanidad, sólo podrán valorarla en toda su trascendencia las futuras generaciones. Nosotros que vivimos esta época, no podemos librarnos de la impresión de que los designios de la Providencia son más fuertes que el propósito y la fuerza de los individuos. Los dioses no solo ciegan a los que quieren perder sino que obligan también a los llamados por la Providencia a proponerse objetivos que, en principio, parecen alejados de sus propios deseos originarios. El año 1940 ha sido rico en decisiones de tanta importancia y a un ritmo tal como hasta ahora no había contemplado la historia de los pueblos.

El año 1941 verá operar un Ejército, una Marina y una Aviación mucho más fuertes. Bajo sus golpes irá desapareciendo la palabrería de los criminales de guerra y se irán sentando las bases para un entendimiento real entre los pueblos.
En la lucha entre los privilegios de los plutócratas y los derechos del pueblo nacionalsocialista, terminarán imponiéndose los segundos. En esta confianza iniciamos el año 1941.
Desde principios de junio del pasado año se encuentra a nuestro lado la ltalia fascista. El pueblo italiano está tan decidido como nosotros a llevar la guerra adelante, la guerra que una estúpida clase alta aristocrática ha explicado al pueblo italiano de manera singular. Su lucha es nuestra lucha, sus esperanzas las nuestras. El plan de los criminales de guerra pretendiendo romper por medio de acciones aisladas el anillo que se cierra en torno a ellos resulta infantil. Churchill ha celebrado ya muchas «victorias» por adelantado que luego se han revelado como auténticas catástrofes. Churchill fue el hombre que de repente inventó la guerra aérea ilimitada como el gran secreta de la victoria británica.

Por mi parte he soportado durante meses esa inhumana crueldad que militarmente constituía un abuso. Sin dejar por ello de advertir que un día llegaría el castigo. Los demócratas incendiarios sólo han reservado una sonrisa a mis advertencias. Hablan de una «guerra encantadora», «en la que todo esta saliendo a pedir de boca y de la que sólo cabe alegrarse.» Exponen con detalle los daños que causan sus bombas a la población y la economía alemanas, etc. Sin embargo, la única consecuencia de esos bombardeos ha sido la creciente irritación del pueblo alemán y la esperanza de que alguna vez llegará la hora del castigo; en el mando ha provocado la decisión de poner fín a esa forma unilateral de hacer la guerra.
Desde mediados de septiembre habrán comprendido que sólo razones humanitarias nos han impedido responder a los crimenes de Churchill. De ahora en adelante vamos a llevar la guerra hasta sus últimas consecuencias; es decir, hasta que sean eliminados los criminales responsables.
Esto no es una fanfarronada, sino una decisión sangrienta: afirmamos que por cada bomba que arrojen, responderemos con diez y si hace falta con cien. Pueden, si quieren, repetir hoy una vez más su consigna propagandística de que «ha cambiado la suerte de la guerra». ¡Pero no olviden que en esta guerra no triunfará la suerte, sino el derecho!

Y el derecho esta dellado de los pueblos que luchan por su supervivencia. Y la lucha por esta supervivencia espoleará a los pueblos para llevar a cabo las proezas más increíbles de la historia del mundo. Si en las democracias el atractivo de los beneficios es la fuerza que mueve la producción, -beneficios que se guardan los grandes industriales, los banqueros y los políticos corrompidos- en la Alemania nacionalsocialista y en la ltalia fascista lo es el conocimiento de millones de trabajadores de que en esta guerra se lucha contra ellos; el convencimiento de que, si las democracias llegaran a ganar, serían capaces con el furor de su crueldad capitalista de arrinconar todo aquello que represete algo más elevado que el tener al oro por dios y por regla de conducta la ganancia.

La Alemania nacionalsocialista, la ltalia fascista y con nosotros nuestro aliado el Japón saben que en esta guerra no se lucha por una forma de Estado ni por futuras formulas internacionales, sino para decidir si este mundo debe ser sólo de unos o si no debe ser también de los otros.

Un político americano ha expresado el ingenioso concepto de que, en el fondo, éste es un intento de los desheredados por recibir algo. Estamos de acuerdo. Mientras la otra parte cuando llega al poder se preocupa de despojar a los des heredados de lo poco que tienen, nosotros nos enfrentamos con los poderosos de este mundo para devolver precisamente a los desheredados de la fortuna los derechos humanos y el derecho a la parte de vida que por principio les corresponde.
Esta lucha no es un ataque contra los derechos de otros pueblos, sino contra la usurpación y la codicia de una clase capitalista dirigente que no quiere comprender que han pasado los tiempos en que el oro gobernaba al mundo, y que, por el contrario, alumbra un futuro en que los pueblos, es decir, los hombres serán la fuerza motriz de las naciones.

Este convencimiento es el que ha empujado a los Ejércitos nacionalsocialistas en los pasados años. Y será el que les otorgue la victoria en el próximo. Porque luchamos por la felicidad de los pueblos nos sabemos acreedores a la bendición de la Providencia. El Señor nos ha acompanado hasta ahora en nuestro batallar y no nos abandonará en el futuro, si sabemos ser fieles y valerosos a la hora de cumplir con nuestro deber insobornable.


ADOLF HITLER.











ULRICH

Pese a que habían cesado los ataques aéreos contra Inglaterra y se habían abandonado los planes para invadir la isla, la situación de Gran Bretaña al iniciarse el ana 1941 era bastante crítica. Hitler podía así permitirse, en su discurso del aniversario de la toma del poder, desafiar a Inglaterra en terminos verdaderamente grotescos.


A la larga, resulta imposible que millones de personas tengan que someterse a los intereses de unos pocos. Los grandes intereses de la humanidad terminaran imponiendose a los negocios de una minoría de plutócratas. Todavía no hace mucho nos demostraban que nuestros oficiales y generales no podían prestar un servicio eficiente porque estaban envenenados por la ideologia nazi, es decir, porque pertenecían a la masa popular. Sin embargo, el tiempo ha demostrado en qué parte se encuentran los mejores generales, en su campo o en el nuestro. Si la guerra se prolonga, supondrá una catástrofe enorme para lnglaterra. Pasaran muchas cosas. Y, un buen día, quizás decidan los ingleses enviarnos una comisión para que estudie nuestro programa.
El nacionalsocialismo guiará durante los próximos mil años la historia alemana. No admitirlo así resulta inútil. Desaparecerá cuando los puntos de su programa formen parte indivisible de lo cotidiano.
Debo proclamar un hecho: tanto el año que acaba de terminar, como el final del año anterior, han decidido ya prácticamente la guerra.
He leído en un par de ocasiones que los ingleses tienen el propósito de iniciar una gran ofensiva en algún lugar. Me gustaría que me lo comunicaran con antelación a fín de dejarles el campo líbre. Les ahorraría todas las dificultades del desembarco; entonces podríamos encontrarnos frente a frente y conversar. Conversar en el úico idioma que al parecer entienden.
Aún tienen esperanzas, porque es lo único que les queda. Pero, ¿qué esperan en realidad? Nosotros estamos en este continente, y de donde estamos no nos va a echar nadie.
Hemos logrado ciertas posiciones desde las cuales, llegado el momento, daremos el asalto definitivo. Que hemos aprovechado el tiempo en este sentido, lo sabrán esos señores en el transcurso del presente año.

Nos encontramos combatiendo en una guerra que no hemos querido. ¡Al contrario! ¡Nadie ha tendido al otro la mano más veces que nosotros! Pero si lo que quieren es la guerra, y el objetivo que se han marcado es la destrucción de la nación alemana, entonces van a saber lo que es bueno. Esta vez no tienen enfrente a una Alemania empequeñecida como durante la guerra mundial pasada, sino que ahora deben hacer frente a una Alemania unida y resuelta a todo.
Y de otra cosa tienen que estar convencidos: el Duce y yo no somos ni judíos, ni negociantes. Cuando nos damos la mano es en signo de la amistad de dos hombres que conservan integro su honor. Yo espero que esto, en el transcurso del presente año, les dará que hacer y pensar.
Quizás cifren sus esperanzas en los Balcanes. Yo no me fiaría demasiado, porque allí donde se presente lnglaterra atacaremos nosotros, y nadie ignora que somos lo suficientemente fuertes para hacerlo. Quizás cifren sus esperanzas en otras naciones. No lo sé. Pero puedo garantizarles a ustedes, compañeros y compañeras del partido, que me conocen como un hombre preocupado y con la vista siempre en el futuro, que todas las posibilidades han sido consideradas y prevenidas. Al final nos espera la victoria.
Quién sabe si no confian quizás en el hambre. Confianza débil. Hemos organizado nuestro país. Sabíamos de antemano que durante la guerra no podía existir el despilfarro. Pero el pueblo alemán no padecerá nunca hambre. ¡Nunca! Antes la padecera el inglés. De esto pueden estar seguros esos señores. ¿Materias primas? También hemos pensado y previsto eso. Para eso hicimos el plan cuatrienal. Es posible que algunos ingleses hayan caído ya en la cuenta de ello.

Únicamente les queda una esperanza: la esperanza de que el pueblo alemán crea sus mentiras e infundios. Respecto a esto sólo puedo decir que no debían haberse dormido durante tanto tiempo. Debían haber considerado un poco más el desarrollo del pueblo alemán. Con la misma falta de inteligencia han intentado separar al pueblo italiano del Duce. Un lord británico ha lanzado un llamamiento al pueblo italiano para que no continúe obedeciendo al Duce sino a su señoría. ¡Qué  idiotez! Y no ha faltado otro lord que intentará lo mismo con respecto al pueblo alemán y a su «Führer». Por mi parte, únicamente puedo añadir que ninguno de ellos ha sido el primero. Esa gente tiene un concepto muy particular sobre el pueblo alemán, el nacionalsocialismo, nuestra tarea, nuestro Ejército y nuestras masas; pero sobre todo tienen un concepto muy particular de la propaganda.
Como no estaban muy seguros del efecto de sus propias ideas han alquilado los servicios de algunos alemanes. Precisamente de los mismos alemanes que han fracaso aquí. Son los emigrantes huídos del país, ¡esos son sus consejeros! Nos podemos dar cuenta fácilmente a la vista de sus panfletos. Sabemos a la perfección quién ha escrito tal cosa y quién ha hecho tal otra. Todo con las mismas tonterias que ya decían aqui. Con la única diferencia de que antes las propagaban desde el Vossische Zeitung y ahora desde el Times. Y esa gente cree que unas cantilenas tan viejas que ya no surtían efecto en el Vossische Zeitung van a surtirlo ahora por el hecho de publicarse en el Times o en el Daily Telegraph. Se trata de una verdadera debilidad mental por parte de esos demócratas. Pueden estar tranquilos: el pueblo alemán llevará a cabo aquello que más en consonancia este con la defensa de sus intereses. El pueblo alemán seguirá a sus jefes; sabe que sus jefes sólo tienen un objetivo. El pueblo alemán sabe que hoy en día se encuentra al frente del Reich un hombre que no posee ningún paquete de acciones, ni persigue ningún fín particular.
Este pueblo alemán -y yo lo sé y me siento orgulloso de ello- me ha jurado fidelidad y me seguirá en todas las vicisitudes.



ADOLF HITLER.








ULRICH

Palacio de los Deportes berlinés, 3-10-1941.
Con ocasión de inaugurarse la Obra Social Auxilio de Invierno, Hitler anunció la culminación del Plan "Barbarroja", la marcha sobre Moscú.


Si yo, tras largos meses, vuelvo hoy a dirigirles la palabra, no es porque pretenda dar respuesta a aquellos hombres de Estado que se sorprendían hace poco tiempo de mi prolongado silencio. La posteridad sabrá ponderar y establecer que ha sido lo más importante de lo ocurrido en estos tres meses y medio: los discursos del señor Churchill o mis hechos. Hoy he venido aqui para fijar, como ya es costumbre, una directriz a la Obra Social Auxilio de Invierno. Esta vez, con todo, el regreso me ha resultado especialmente difícil, porque una vez más en nuestro frente oriental tiene lugar una nueva operación con un resultado prodigioso. Desde hace 48 horas esta operación se desarrolla con caracteres gigantescos y contribuirá a destrozar al enemigo en el Este.
Les dirijo la palabra en nombre de los millones de soldados que luchan en estos momentos y les emplazo a todos, a la patria alemana, para que asuman el sacrificio inherente al Auxilio de Invierno.
Desde el 22 de junio llevamos adelante una lucha de trascendencia universal. El alcance y los logros de este acontecimiento serán reconocidos claramente por la posteridad.
Constituyó, debo decirlo hoy, la decisión más difícil de mi vida. Cada paso en este sentido ha sido como abrir una puerta tras la cual se escondían secretos. La posteridad apreciará qué se pudo hacer y qué se hizo.
En el fuero interno puede uno arreglárselas con su conciencia. La confianza en su pueblo, en el poder de las armas y, en definitiva, en lo que dije anteriormente, en rezar a Dios para que bendiga al que se ofrece por sí mismo, santificado y dispuesto al sacrificio para luchar por su propia identidad.
El 22 de junio por la mañana emprendimos la mayor batalla de la historia universal.
Desde entonces han transcurrido algo más de tres meses y medio y hoy, al fín, puedo hacer aqui una afirmación categórica: todo ha transcurrido tal y como estaba planeado.
Lo que para el soldado o para el común de la tropa haya podido parecer sorprendente, para nosotros, para el mando, era algo previsto en el plan de acción, al extremo de que cada segundo ha respondido a este plan. Hasta el dia de hoy, cada acción se ha desarrollado con tanta exactitud, de acuerdo con el plan, que puedo afirmar que todo ha sido normal, tanto en el Este, contra Polonia, como después contra Noruega y, finalmente, en la campaña de los Balcanes y de Occidente. Aún debo añadir algo: no nos hemos engañado en lo relativo a la precisión de los planes, a su viabilidad, a la valentía, inédita en la historia, de los soldados alemanes. Tampoco nos hemos engañado en cuanto a la calidad de nuestras armas.
No nos hemos engañado en cuanto al desenvolvimiento sin obstáculos de todas nuestras operaciones en el frente, en cuanto al dominio del gigantesco territorio, ni tampoco respecto al comportamiento de la Patria alemana. Sin embargo nos ha sorprendido algo: no teníamos idea de cuán gigantescos eran los preparativos del enemigo contra Alemania y contra Europa y qué inconmensurable se presentaba el peligro de aniquilamiento de Alemania, y no sólo de Alemania sino de toda Europa. Hoy ya puedo decir esto.
Hoy puedo declarar aqui todo esto porque también puedo asegurar que este enemigo ya ha sido abatido y jamás levantará cabeza. El enemigo había acumulado un potencial orientado contra Europa del que por desgracia la mayoría no tenía ni idea y todavía hoy muchos desconocen. Si hubiésemos permitido al enemigo un avance se habría producido una nueva invasión mogola de un segundo Gengis Khan.
Que este peligro se haya evitado se 10 debemos en primer lugar a la valentía, a la resistencia y capacidad de sacrificio de nuestros soldados alemanes. Y también al sacrificio de todos aquellos que se han unido a nosotros hasta el punto de que por primera vez se ha producido como un despertar europeo que; abarca todo el continente. En el norte, Finlandia, un verdadero pueblo de héroes, lucha a nuestro lado. En medio de un extenso territorio, y a menudo en solitario, lucha denodadamente con sus propias fuerzas, con su valor, con su coraje, con su gran capacidad. En el sur combate Rumanía, recuperada ya de una de las más graves crisis políticas que haya podido conocer un país y un pueblo, gracias a la intervención de un hombre tan valiente como resuelto.
Podríamos contemplar del mismo modo todo el escenario de la lucha, desde el mar Blanco hasta el Negro. En este espacio lucha ahora nuestro bravo soldado alemán, y, en sus mismas filas, los italianos, finlandeses, húngaros, rumanos, eslovacos, croatas, y ahora se incorporan los españoles, belgas, holandeses, daneses, noruegos, incluso franceses se han unido a este frente o lo harán en fechas próximas.
Yo regresaré de esta guerra con el antiguo programa del partido, cuyo cumplimiento me parece ahora todavía más importante quizá que en los primeros días. A este convencimiento he llegado hoy mismo, no hace mucho.
Lo que se sacrifica en el frente no podrá ser desvalorizado por nada. Pero también aquello que ofrece la pátria permanecerá incólume ante la historia. Es necesario que el soldado sepa en el frente que la patria se preocupa por él, a traves de cada uno de los que han permanecido en la retaguardia, y que busca para él mejores posibilidades. Esto tiene que saberlo el soldado, y debe ser así, para que también esta patria pueda llamarse con propiedad partícipe de las acciones impetuosas de la línea de batalla. Cada uno sabe qué puede hacer en este momento; cada mujer, cada hombre, sabe qué se le exige en derecho y qué está obligado a dar.
Si usted va por la calle y duda un instante si debe contribuir de nuevo o no, dirija la vista por una vez hacia un lado: quizá se encuentre con alguien que haya hecho más por Alemania que usted mismo. Si todo nuestro pueblo alemán es capaz de una of renda común, en este caso podemos esperar que la Providencia siga asistiéndonos también en el porvenir.
Dios jamás ha ayudado a los perezosos, ni a los cobardes. En ningún caso ayuda tampoco al que no quiere ayudarse a sí mismo. Aqui es totalmente cierta la máxima: «Pueblo, ayudate a ti mismo y Dios no te negará su ayuda».


ADOLF HITLER.




ULRICH

Lowenbräukeller de Munich, 8-11-1941.
Con motivo del aniversario del golpe de 1923 Hitler habló a sus camaradas .


Esta guerra, camaradas, no es solamente importante para Alemania, se trata también para toda Europa de un combate entre el ser y el no ser.
Ya conocen a nuestros aliados empezando por ese pequeño pueblo de héroes del norte, los    finlandeses, que una vez más han sabido crecerse ante el peligro. Y a ellos se han unido eslovacos, húngaros, rumanos y fuerzas de toda Europa: italianos, españoles, croatas, holandeses, voluntarios daneses y hasta belgas y franceses. Puedo decir que quizá por primera vez en el Este combaten por el mismo ideal todos los pueblos de Europa como una vez lo hicieron contra los hunos ahora lo repiten contra ese Estado mongol de un nuevo Gengis Khan. Las cuestiones de prestigio no juegan el menor papel entre nosotros. Si alguno me dice hoy: «Pero en Leningrado se encuentran ustedes a la defensiva», puedo responderle: «Hemos llevado la ofensiva en Leningrado mientras ha sido preciso para cercar la ciudad. Ahora nos encontramos a la defensiva y los otros deben tratar de romper el cerco, pero terminarán muriendose de hambre. No estoy dispuesto a sacrificar en Leningrado un hombre más de lo estrictamente necesario.
Si hubiera alguien en Leningrado capaz de liberar la ciudad, entonces daría la orden de asaltarla y la asaltariamos. Porque quién ha sido capaz de marchar desde la Prusia oriental hasta diez kilómetros de Leningrado bien puede ser capaz de cubrir los diez kilómetros que le separan del centro de la ciudad.
Pero no es necesario. La ciudad esta cereada y nadie podrá librarla de caer en nuestras manos. Y a los que dicen que entonces  sólo será un montón de cenizas, les respondo que no tengo ningún interes en poseer una ciudad Leningrado sino en destruir el centro industrial Leningrado. Si a los rusos les pareee bien hacer explotar en el aire su ciudad, es posible que con ello nos ahorren algún trabajo. Repito que las situaciones de prestigio no tienen para nosotros la menor importancia.»

Cuando se nos pregunta: «Pero, ¿Por qué no continuamos avanzando?» Cabe responder: Porque llueve, o nieva o porque nuestras unidades no estan preparadas en ese momento. El desarrollo de nuestros avances no depende del humor de los estrategas británicos, que deciden sin embargo el de sus retrocesos; nuestros avances se llevan a cabo como queremos nosotros.
El pueblo alemán que se encuentra esta vez en guerra no es el mismo del de la Primera.
Esa es la desgracia de nuestros enemigos: el que no se han percatado todavía de ello y hacen caso a esos espantapájaros judíos que tan sólo saben decir: «Únicamente es necesario repetir lo que ya una vez hicimos.» Cosa que yo ni siquiera intento con nuestros enemigos por más que no los tenga por excesivamente inteligentes. Ni yo mismo repito dos veces la misma cosa, sino que cada vez hago algo distinto. ¡Deberian no insistir en sus viejas esperanzas! Ahora aseguran por ejemplo: «Durante la próxima etapa se producirá la revuelta.» Es posible que exista algún idiota que se deje seducir por las noticias de la radio británica. ¡Pero no durante mucho tiempo! ¡Nosotros sabemos hacer frente a esas cosas! Tales intentos conocen pronto un mal fin: hoy no tienen frente a ellos a la Alemania burguesa con guantes de cabritilla sino a la nacionalsocialista de los puños recios. Por todas partes en los territorios que ocupamos procuramos portarnos honestamente con los ciudadanos, quizás demasiado honestamente. En esos territorios no se violenta a nadie, ni los soldados alemanes estan dedicados a robar o atropellar. Estas cosas se encuentran más castigadas en los territorios de ocupación que dentro de nuestras propias fronteras. Nosotros protegemos a esos pueblos.
Pero si alguien cree que puede levantarse contra el ocupante o causarle alguna baja para aterrorizarle, en ese caso sabremos responder también con la misma fuerza con que lo hicímos en nuestra patria durante los años en que nuestros enemigos creían que podían asustarnos. Al final supimos dominar su terror. Para ello supimos poner en pie la organización adecuada. Es posible que alienten también la última estúpida esperanza de que, en Alemania se pueda producir un levantamiento, una revolución. Aquellos que podían hacer aqui una revolución han desaparecido. Hace tiempo que se encuentran en Inglaterra, en América, en Canada... No estan más entre nosotros. Y aquellos otros que quizá quisieran poderla realizar son tan pocos y revisten tan poca importancia que sería absurdo esperar algo de ellos.

Pero si efectivamente alguien cree, de modo serio, poder dañar nuestro frente, igual de dónde proceda, igual en qué campo milite, entonces ya conocen mis métodos- durante un tiempo le observo tranquilo.
Es su oportunidad. Pero inmediatamente llega el instante en que caigo como el relámpago sobre él y lo aniquilo. Y en ese instante no hay argumento que lo salve, ni siquiera el de la religión. Pero como he dicho, nada de esto será necesario porque todo el pueblo alemán está unido en un gran movimiento, cosa que nuestros enemigos no acaban de comprender; un movimiento que está presente en cada hogar y que ha despertado el sentimiento de que nunca más se pueda repetir otro noviembre de 1918. He sido a menudo profeta en mi vida, muchos se han reído de mi pero, al final, he tenido razón. Quiero ser profeta una vez más: Todo es imaginable menos una cosa: que Alemania capitule.
Cuando nuestros enemigos dicen:«En ese caso la guerra durará hasta el año 1942», cabe responder: durará lo que haga falta pero el último batallón sobre el campo de batalla será un batallón alemán.


ADOLF HITLER.





ULRICH

Discurso pronunciado en el Reichstag el 11-12-1941.
En la noche del 8 de diciembre Hitler había recibido la noticia del ataque japonés a Pearl Harbor. Cuatro días después dio a conocer durante su discurso en el Reichstag la declaración de guerra de Alemania a los EE.UU.


El nacionalsocialismo llegó al poder en Alemania el mismo año en que Roosevelt fue nombrado presidente de los EE.UU. Es importante examinar hoy cuáles han podido ser las causas que han llevado a este proceso. Ante todo las personales:
Yo me doy cuenta perfectamente de la diferencia enorme que existe entre la manera de interpretar el mundo del presidente Roosevelt y la mía. Roosevelt pertenece a una familia rica, desde el primer momento se ha contado entre esa clase de personas que por su nacimiento tienen garantizada la ascensión dentro de la sociedad democrática.
Por mi parte, soy el hijo de una familia modesta y pobre y he tenido que abrirme paso con esfuerzo, aplicación y trabajo.
La primera Guerra la vivió Roosevelt en un puesto bien protegido por Wilson aliado de los vencedores. De ahí que sólo conozca el lado positivo del enfrentamiento entre pueblos y Estados; el lado en que se realizan los grandes negocios mientras que otros afrendan su sangre.

En esos momentos una vez más mi vida se encontraba precisamente al otro lado. Yo no figuraba ni entre los que hacían historia ni entre los que hacian negocios, sino entre los que se limitaban a cumplir órdenes. Como soldado raso mi única preocupación en esos cuatro años fue cumplir con mi deber frente al enemigo. Y volví de la guerra naturalmente tan pobre como me había ido en el otoño de 1914. Yo compartí el mismo destino que millones de seres mientras Mr. Franklin Roosevelt participaba en el de los diez mil elegidos. Mientras, después de la guerra mister Roosevelt demostraba sus aptitudes para la especulación bursátil y sacaba provecho a la inflación, yacía yo en un hospital de campaña, como otros cientos de miles.
Y cuando, finalmente, mister Roosevelt inició su carrera política con su experiencia mercantil y económica, protegido por sus iguales, luchaba yo, pobre desconocido, por el resurgimiento de mi pueblo sobre el que había caido la mayor injusticia de su historia. Las fuerzas que sostenían a mister Roosevelt eran las mismas que yo combatía, tanto por lo que representaban en la desgracia de mi pueblo como por mi propia convicción interior.
El «trust de cerebros» del que declaraba servirse mister Roosevelt estaba integrado precisamente por miembros del mismo pueblo al que nosotros en Alemania calificamos de parásito de la humanidad y que hemos ido expulsando de la vida pública. Los insultantes ataques de ese llamado Presidente contra mi personalmente no merecen la menor consideración. El que me llame gangster me es tanto más indtferente cuanto que ese concepto no corresponde a sujetos de Europa sino de EE.UU.

Fuera de esto, yo no puedo ser insultado por mister Roosevelt, porque le considero, como en su día a Woodrow Wilson, un perturbado mental. Que este hombre con su camarilla judía combate con los mismos métodos al Japón lo sabemos de sobra.
No hace falta que lo repita aquí. También aquí se han aplicado. Primero incita a la guerra, después falsifica los motivos y lanza una serie de falsas acusaciones para refugiarse luego sorprendentemente en un fariseísmo cristiano y llevar lentamente, pero con toda seguridad, a las gentes a la guerra, no sin antes como corresponde a un viejo masón poner a Dios por testigo de la pureza de su comportamiento.
Me figuro que todos ustedes han sentido un cierto alivio al conocer que, por fín, un Estado se ha levantado contra este caso único en la historia de falsedad y de injusticia; ha procedido como este hombre deseaba y sobre cuyas consecuencias ahora no puede sorprenderse. Nos satisface a todos que el Gobierno japones se haya al fín cansado de soportar las trapisondas de ese falsario tras muchos años de paciencia; esto nos satisface a todos nosotros, el pueblo alemán, y creo que a todos los hombres honestos del mundo.
Sabemos qué fuerzas respaldan a Roosevelt. Esos mismos judíos que creen llegada su oportunidad para hacer con nosotros lo que temblorosos estamos contemplando en la Unión Soviética. Nosotros hemos conocido el paraíso judío en la tierra. Millones de soldados alemanes han podido hacerse personalmente una idea sobre un pueblo en el que el judaísmo internacional ha destruido bienes y personas. Quizás el Presidente de los EE. UU. no acabe de entenderlo.

Nosotros, sin embargo, sabemos que el objetivo principal de su lucha es ése precisamente. Aun cuando no estuviéramos aliados con los japoneses, no ignoraríamos que el proposito de los judíos y de su Franklin Roosevelt es destruir un pueblo tras de otro. El actual Reich alemán no tiene nada que ver con el de otros tiempos. En consecuencia, por nuestra parte vamos a comportarnos como ese provocador desde hace años espera que nos comportemos. No tan sólo porque somos aliados de los japoneses, sino también porque Italia y Alemania en el momento actual poseen suficiente sentido y fuerza como para darse cuenta de que en este historico instante se va a jugar el ser o no ser de las naciones, quizá para siempre. Sabemos lo que ese otro mundo pretende hacer de nosotros. Trajeron el hambre a la Alemania democrática y quieren aniquilar a la Alemania nacionalsocialista.
Debido a todo esto he entregado hoy su pasaporte al encargado de Negocios de los EE.UU. de Norteamérica.


ADOLF HITLER.





ULRICH

Berlín, Palacio de los Deportes, 30-1- 1942.
En vez de en el Reichstag, como tenía por costumbre, Hitler habló en esta ocasión en el Palacio de los Deportes para conmemorar la toma del poder ante los trabajadores de las fabricas de armamento, enfermeras y soldados heridos. Quería -según él- "volver al pueblo" del que había salido.


No nos ha sido fácil pasar del ataque a la defensa en el Este. Pero no han sido los rusos los que nos han obligado a ponernos a la defensiva, sino temperaturas de 38, 40, 41 y hasta 42 grados bajo cero. Con este frío no puede luchar ninguna tropa que no este acostumbrada a sufrirlo, como tampoco puede luchar en el desierto en los meses de las altas temperaturas sofocantes. En el momento en que se hizo imposible seguir he creído mi obligación y me he hecho cargo de la responsabilidad de la nueva táctica. Deseaba tener a mis soldados menos dispersos y quiero decides desde aquí, de acuerdo con la situación que presenta el frente que sé muy bien lo que rinden, pero que se también que lo peor lo hemos pasado ya.
Hoy es el 30 de enero. El invierno constituía la gran esperanza del enemigo oriental. No va a ver sus esperanzas satisfechas. En cuatro meses habíamos llegado casi hasta Leningrado y Moscú. En el Norte han pasado los primeros cuatro meses del invierno y el enemigo sólo ha conseguido avanzar unos cuantos kilómetros y esto a costa de una hecatombe de sangre y muerte. Es posible que esto le sea indiferente. Pero en pocas semanas irá desapareciendo el invierno en el Sur y la primavera se irá lentamente hacia el Norte, y comenzara el deshielo y pronto llegará la hora en que el suelo vuelva a ser duro y firme para que sobre el puedan operar de nuevo los mosqueteros alemanes con todo su armamento y les puedan llegar las nuevas armas al frente; armas con las que derrotaremos al enemigo y vengaremos a cuantos han caido víctimas tan sólo del frío. Porque una cosa puedo asegurarles: el soldado del frente no ha perdido el sentimiento de que sigue siendo superior a los rusos. Compararle con ellos sería ofenderle. Lo decisivo era que lograramos la adaptación del pase del ataque a la defensa iY lo hemos logrado! . Nuestros frentes estan estabilizados y en los pocos sitios en que los rusos han logrado abrirse paso y creído que ocupaban algún pueblo, no han ocupado ninguno sino únicamente ruinas. ¿Qué importancia puede tener esto frente a lo que nosotros poseemos, hemos puesto en orden, y a lo que nosotros en la próxima primavera o desde la próxima primavera ocuparemos y reglamentaremos?
Ignoro lo que va a pasar este año. Si durante él terminará la guerra no lo sabe nadie. Pero una cosa si se yo: alii donde surja el enemigo le seguiremos batiendo como hasta ahora. Sera otro año de grandes victorias. Y así como antes he portado siempre la bandera, asi la elevaré ahora más que nunca. Porque ¡en qué situación tan distinta me encuentro ahora!

Tenemos una gloriosa historia y uno hace gustosamente comparaciones con ella. En ella han combatido a menudo héroes germanos aparentemente en una lucha sin esperanzas en razón de su inferioridad. No debemos establecer ninguna comparación con los tiempos de Federico (el Grande), por ejemplo. No tenemos ningún derecho. Tenemos la mejor aviación del mundo. Federico el Grande tuvo que luchar contra unas fuerzas mucho más poderosas que las suyas.

Un hombre con una voluntad de hierro que contra todas las adversidades supo mantener la bandera en alto y no llevar a su pueblo al fracaso, y cuando alguna vez se sintió desfallecer supo reponerse y tomar de nuevo la enseña de la patria en sus manos fuertes. ¿Qué podemos ahora decir de nosotros?
Combatimos a un enemigo numéricamente muy superior a nosotros. Pero en la primavera cambiaran las cosas. Entonces le batiremos. Ante todo, ahora tenemos aliados; no es como durante la primera Guerra Mundial. Es incalculable lo que Japón lleva a cabo en el Oriente. A nosotros no nos queda más camino que el de la lucha y la victoria. Puede que sea sencillo o puede que sea difícil; en todo caso no lo será tanto como para nuestros antecesores. No debemos esperar, sin embargo, que nos sea fácil.
Así comprenderemos mejor el sacrificio de nuestros soldados y ¿quién puede comprender este sacrificio mejor que yo, que he sido también soldado?..............Aún hoy me sigo considerando como el primer mosquetero del Reich.

En los tiempos en que era un simple soldado supe cumplir con mi deber. Lo mismo exactamente que hoy. Pero comprendo plenamente los sufrimientos de mis camaradas; sé perfectamente lo que estan pasando. Por ello no me quiero perder en palabras, que no entenderían. Les puedo decir, sin embargo, una cosa: que la patria conoce perfectamente cuanto están haciendo por ella.
La patria sabe lo que significa estar a 35, 38, 40 y 42 grados bajo cero para defender Alemania. Y porque lo sabe quiere también poner de su parte manto pueda. iQuiere trabajar y trabajará sin descanso! Yo mismo les pido a todos: iCompatriotas en la retaguardia, trabajad y cread armas y cread municiones y más armas y más municiones! Con ello salvareis la vida de muchos camaradas.
Trabajad duramente en favor de nuestros medios de transporte, de manera que sea fácil llegar a la primera línea. Con ello podrá mantenerse el frente y nuestros soldados cumplirán con su deber y la nación alemana podrá estar tranquila, y no se cumplirá la plegaria de ese diabólico sacerdote que desea que Europa sea castigada por el bolchevismo, sino que será oída otra plegaria diferente:
Señor, danos la fuerza para que sepamos conservar la libertad de nuestro pueblo, de nuestros hijos y de los hijos de nuestros hijos, y no sólo de nuestro pueblo sino de todos los pueblos de Europa. Porque ésta no es una guerra en la que luchamos por nuestro pueblo alemán únicamente, sino una guerra en favor de Europa entera y por lo mismo en favor de toda la Humanidad civilizada.



ADOLF HITLER.






ULRICH

Reichstag, 26-4-1942.
En la ultima sesión del Reichstag, Hitler pide plenos poderes extraordinarios para poder obligar a cada uno a cumplir con sus deberes...


Me llena de gran orgullo y profunda satisfacción el que la educación nacionalsocialista de nuestro pueblo se haga notar más y más. Pese a que el partido tiene la mayoría de sus miembros en el frente, no solo la masa de afiliados, sino sus mandos, los millones de hombres de las organizaciones políticas como las SA, la NSKK, etc., que cumplen sus obligaciones como soldados, desarrollan impresionantemente sus obligaciones de mando. No sólo ayudan a la patria, acosada seriamente, con su organizacion en el Frente del Trabajo, las ayudas asistenciales del «Volkswohlfart» nacionalsocialista, sino que también prestan socorro a los soldados en la primera línea de combate. Mi llamada para la donación ha hecho posible que, en un plazo brevísimo, gracias también a alguna mejora técnica de la organización, se pueda suministrar a las tropas un equipo mucho más caliente de lo que han tenido hasta ahora.
Por ello ha de ser para todos, y hablo en primer lugar para el soldado del frente, un orgullo el saber que hemos superado el destino que hace 130 años había hundido a otros. Pero la prueba que este invierno ha supuesto para el frente y la patria ha de ser una lección para todos nosotros. Desde un punto de vista puramente organizativo, creo haber tomado aquellas medidas necesarias para que, desde un principio, quede descartada la repetición de una situación similar. Los ferrocarriles alemanes, en el invierno próximo, independientemente de dónde nos encontremos, cumplirán mejor sus obligaciones que en el presente.

Desde las locomotoras hasta los carros de combate, tractores y camiones, el Ejercito del Este tendrá un mejor abastecimiento. Más, para el hombre individualmente, incluso si se ha de repetir una catástrofe de la Naturaleza como ésta, no se volverá a dar, con la experiencia y el trabajo realizados, una situación similar. Estoy decidido a hacer cuanto sea posible para atender este compromiso; de ello no tendrán ustedes, mis viejos compañeros de lucha, ninguna duda.
Mas para ello espero algo: que la nación me de el derecho de intervenir en todas partes; alli donde en el gran servicio de la nación, donde se trata de ser o de no ser, no se cumpla con el deber. Frente, patria, Administración y Justicia han de estar regidos por una sola idea: obtener la victoria. En estos tiempos nadie puede reclamar sus bien ganados derechos sino que ha de saber que, hoy, no existen más que obligaciones.

Por eso pido al Reichstag alemán la confirmación expresa de que poseo los derechos necesarios para constreñir a cada uno a cumplir con sus obligaciones y, aquellos que, a mi parecer, no cumplen debidamente con este precepto, llamarlos a casación o condenarlos a cesar en sus puestos y cargos, sin consideración de los méritos y derechos que posean.
De ahí que no me interese en absoluto, en los casos individuales, si para un empleado o funcionario sean oportunas y convenientes unas vacaciones, y yo me prohíbo a mí mismo que estas vacaciones, que no pueden concederse, sean computadas para un tiempo posterior.
Si es que alguien se ha ganado el derecho de tener vacaciones, éstos serían ante todo nuestros soldados en la primera línea y, después,el trabajador y trabajadora que operan para el
frente. Y si, desde hace meses, no he podido conceder vacaciones al Frente del Este, no puede nadie, aqui en casa, esgrimir su «bien ganado derecho» al descanso. Espero asimismo que la Justicia comprenda que la nación no se halla a su servicio, sino que es ella quien está al servicio de la nación. Esto significa que no puede hundirse este mundo del que Alemania forma parte para que viva un Derecho formal, sino que Alemania debe sobrevivir, independientemente de cúal sea el concepto de la justicia que se vea contradicho. Yo no alcanzo a comprender -y voy a citar sólo un ejemplo)- cómo el delincuente que, casado en el 37, maltrata de continuo a su mujer hasta que ésta pierde sus facultades mentales y fallece a consecuencia de sus malos tratos, pueda ser condenado tan sólo a cinco años de prisión.

En unos momentos en que decenas de miles de magníficos hombres alemanes mueren para salvar a su patria de la destrucción por el bolchevismo, es decir, para defender a sus hijos y mujeres, estas cosas no se pueden tolerar. A partir de ahora, intervendré en todos los casos en que los jueces no se hallen a la altura de las circunstancias y los apartaré de sus cargos.

Despues de la intervención de Hitler, Göring dió lectura al solicitado "Acuerdo del Reichstag":

No puede haber duda alguna de que en el momento actual de la guerra, en la que se decide el ser o el no ser del pueblo alemán, el «Führer» ha de tener el derecho que reclama de hacer cuanto sea posible para llevarnos a la consecución de la victoria. De ahí que el «Führer»tenga, sin que este previsto por el Derecho existente, en su condición de jefe de la nación, de comandante supremo de las Fuerzas Armadas, de jefe del Gobierno, de primer titular del Ejecutivo, de primera autoridad de la Justicia y de jefe del partido, la posibilidad en todo momento de obligar a cada alemán, ya sea soldado u oficial, alto o pequeño funcionario, juez, autoridad del partido u oficinista, a cumplir con las obligaciones requeridas y, en el caso de que así no sea, proceda sin consideración de los llamados «derechos conquistados», a su castigo, y que de forma directa, sin un procedimiento previsto, le aleje de su función, de su rango o de su cargo.



ADOLF HITLER.








ULRICH

Este discurso que voy a poner en esta sección, representa uno de los más importantes o el más importante en el tema más duro de la SGM, el aniquilamiento de los judíos. Fijaros en la parte final del discurso :

Los judíos, incluso en Alemania, se rieron de mi profecía. Ignoro si se siguen riendo o si con el tiempo han perdido las ganas de reír. Pero puedo asegurar una vez más que no les van a quedar ganas de reír en ninguna parte. Y estoy seguro de que esta profecía mía también se cumplirá.

ULRICH

Palacio de los Deportes berlinés, 30-9-1942 .
En su discurso pronunciado con motivo de la Inauguración de la campaña del «Auxilio de Invierno», Hitler se refirió a los hombres de Estado británicos y norteamericanos en el tono de costumbre y anunció el aniquilamlento de los judíos.



Sobre el significado de la palabra «creer» esta claro que no podemos ponernos de acuerdo con los ingleses. Quien crea, por ejemplo, que Namsos o Andalsnes, constituyeron dos victorias, o Dunkerque la más grande de toda la historia, o cualquier expedición que dure nueve horas sea para él el signo de una nación victoriosa, con quien tal crea no podemos nosotros discutir nuestros humildes triunfos, no podemos en ningún momento compararlos.

Porque, ¿qué son en comparación nuestros éxitos? Cuando realizamos un avance de mil kilómetros no pasa de ser un «rotundo fracaso». Cuando por ejemplo, como en los últimos meses -en ese pais no se puede combatir más allá de unos meses-, llegamos al Don, del Don proseguimos la marcha hacia el Volga y alcanzamos Stalingrado -que terminaremos conquistando, de eso pueden estar ustedes seguros-, todo ello no supone a sus ojos nada en absoluto.

Nuestro avance hacia el Cáucaso tiene el mismo valor para ellos que la ocupación de Ucrania, la toma de las minas de carbon del Doniets, la incautacion del 65 al 70 % del hierro ruso y de la zona más rica en cereales del mundo, para bien del pueblo alemán y de Europa, asi como de los pozos de petróleo del Cáucaso; todo esto no significa nada. Pero el que un destacamento de tropas canadienses ligeramente reforzadas por soldados británicos desembarque en Dieppe y se haga fuerte durante nueve horas, con grandes dificultades, antes de ser aniquilado, esto constituye nada menos que la prueba irrefutable de la inasequible voluntad de victoria del Imperio británico.

Nuestros submarinos tampoco son nada digno de mención. Ya en 1939 no significaban nada según el propio Winston Churchill, que por aquel entonces afirmó tajantemente: «Puedo dar a conocer la reconfortante nueva de que el peligro submarino ha desaparecido para siempre.» ¡No!, ¡un momento!, esto no lo dijo Churchill, sino Duff Cooper; cada uno de estos bocazas es superior al otro, pero uno los confunde facilmente. Ya entonces nos habían echado a pique más submarinos de los que teníamos. El hecho de que les hayamos expulsado de los Balcanes, que hayamos conquistado Grecia, que tengamos Creta y esten retrocediendo en el Norte de Africa, no tiene la menor importancia, no significa nada. Pero si en cualquier parte desembarca un grupo de hombres y sorprende un puesto aislado nuestro, éstas sí que son hazañas, estos sí que son hechos trascendentales.

Fuera de estas hazañas poseen un gran crédito de cara al futuro. Dicen: «El segundo frente está al llegar. ¡Tened cuidado alemanes! Aún es tiempo de retroceder.»Pero ni hemos tenido cuidado, ni hemos retrocedido; al contrario, seguimos tranquilamente avanzando. Con esto no quiero decir que no nos tengamos que preparar para un segundo frente.

Churchill dice: «Dejemos a los alemanes el terror de la preocupación de cuando y donde abriremos el segundo frente.»Por mi parte puedo responder: «Señor Churchill, usted no me da miedo en absoluto». Pero en lo de que tenemos que preocuparnos tiene usted razón, porque si tuviese enfrente un enemigo de categoría sí sabría por dónde me podría atacar. Pero cuando uno tiene que habérselas con militares infantiles no puede saber por la parte que van a salir, cualquier locura es posible. Y esto es lo desagradable: que esa colección de enfermos mentales o alcohólicos empedernidos no sabe nunca lo que se trae entre manos. Desde hace poco, junto al «segundo frente» ha surgido otro medio: el hombre que ha inventado los bombardeos contra la poblacion civil asegura que en un futuro próximo piensa intensificar estos bombardeos contra Alemania. A este respecto quiero recordar algo: en mayo de 1940 comenzó Churchill los bombardeos contra la población civil alemana. Le advertí y esperé pacientemente cuatro meses a que atendiera mi advertencia.
Al comprobar que no nos hacía caso respondimos y lo hicimos de tal modo que no tardó el propio Churchill en rasgarse las vestiduras y asegurar que aquello era una barbarie y que Inglaterra se vengaría. El hombre responsable de todo esto, -si hago excepción del provocador Roosevelt-, el culpable de todo, ha intentado hacerse pasar por inocente.

Quiero prometerles algo: llegará esta vez también la hora en que respondamos. Esperemos que estos dos criminales y sus patronos judíos no comiencen a gemir y sollozar cuando le llegue a lnglaterra el fín más terrible que el principio.

El 1 de septiembre de 1939 prometí ante el Reichstag dos cosas:

Primera, que después de que se nos ha forzado a entrar en esta guerra no habrá fuerza capaz de hacernos capitular y, segunda, que si el judaísmo ha sido capaz de desatar una guerra mundial para acabar con el pueblo ario, no será el pueblo ario el que desaparezca sino el judaísmo. Los instigadores del demente de la Casa Blanca han logrado complicar en la guerra a un pueblo tras otro. En la misma medida, sin embargo, se va apoderando de un pueblo tras otro un sentimiento de antisemitismo que seguirá extendiendose de Estado a Estado que entre en la guerra, de la que saldrán todos como antisemitas convencidos.
Los judíos, incluso en Alemania, se rieron de mi profecía. Ignoro si se siguen riendo o si con el tiempo han perdido las ganas de reír. Pero puedo asegurar una vez más que no les van a quedar ganas de reír en ninguna parte. Y estoy seguro de que esta profecía mía también se cumplirá.


ADOLF HITLER.